viernes, 21 de diciembre de 2012

Especial 21 de Diciembre de 2012

VICENT


Los gritos eran lo peor.
No los gemidos de aquellas criaturas, a ese desquiciante sonido podías llegar a acostumbrarte porque, a fin de cuentas, no era más que las vacías voces de los que ya estaban muertos. Lo que me hacía perder el juicio eran los gritos de la gente normal, la gente a la que teníamos que proteger y que estaba muriendo… en resumen, el lamento de los vivos.
Todos los planes habían fallado, y lo habían hecho porque no estábamos ni remotamente preparados para lo que se nos venía encima. Pensábamos que sí, pero era mentira, un engaño, una ilusión tras la que nos escudábamos para sentirnos seguros, y cuando las defensas no resistieron el embiste de los muertos al otro lado, las puertas acabaron cediendo, y las miles de personas que habían buscado refugio en el Rico Pérez comenzaron a morir. Fuera, los muertos vivientes se contaban por decenas de miles, y tenían hambre de la carne viva que se encontraba dentro.
Los gritos eran lo peor… gritos de auténtico terror y sufrimiento, llantos de niños y adultos, de hombres y mujeres, de civiles y también de otros militares como yo.
Un hombre y una mujer pasaron corriendo frente a mí. Él cargaba en sus hombros a un niño que no tendría más de cinco años y que no dejaba de llorar. Pude ver el miedo y la desesperación en el rostro de los tres mientras huían, intentando salvar sus vidas de la masacre que se estaba produciendo a tan sólo unos metros de ellos. Me vieron acurrucado en mitad del pasillo, asustado y completamente paralizado por los nervios, y ni siquiera tuvieron la decencia de lanzarme una mirada de reproche por no estar peleando, como era mi deber, que me diera las fuerzas que me faltaban para salir de nuevo a aquel horror.
Sin prestarme ninguna atención, siguieron corriendo hacia los vestuarios, pero yo sabía que la suya era una carrera inútil. Los tres estaban muertos… estábamos todos muertos en realidad. Los reanimados eran demasiados.
Como soldado del ejército español, mi deber y el de mis compañeros era proteger a toda esa gente, pero habíamos fallado. Ellos fueron a la zona segura porque les dijimos que era el único lugar donde podían encontrar protección, y sin embargo el refugio se había convertido en una trampa mortal. Para más inri, llegado el momento de combatir a los muertos vivientes, el valor me falló y acabé buscando un escondite tan lejos del campo de batalla como me fue posible. No era un sentimiento racional por mi parte, sabía que estaba condenado desde el momento en que atravesaron las puertas, pero aun así, el instinto me decía que me escondiera, que me aferrara al poco tiempo de vida que me quedaba.
Alguien había encendido un fuego, lo veía arder en la oscuridad de la noche entre las gradas. El fuego acaba con ellos del mismo modo que consumía la carne de cualquier persona viva, pero ya era imposible acabar con todos. Habían ganado y no hacían prisioneros, se los comían.
Otro grupo de gente viva, éste formado por al menos diez miembros, pasaron corriendo también en dirección a los vestuarios. Dos de ellos tenían manchas de sangre en los brazos, y uno se agarraba dolorido una herida reciente. Instintivamente pensé que el herido había tenido mala suerte, pero la verdad era que todos estábamos igual de jodidos. Su herida era irrelevante, el resto íbamos a tener heridas similares en cuanto no quedara lugar al que correr. Él al menos ya había catado lo que los demás íbamos a sufrir tarde o temprano.
Habían cogido el fusil de un compañero caído, o quizá se lo habían robado a uno que seguía en pie, qué más daba ya… si eran inteligentes, se pegarían un tiro y acabarían con todo. Esa sería una muerte rápida, indolora y mucho menos cruel que la que la mayoría iba a padecer esa noche.
Nunca fui religioso, pero aun así recé, recé con todas las fuerzas de las que disponía. ¿Qué otra cosa se puede hacer cuando ya no se puede hacer nada? No recé por mi vida, eso ya estaba perdido, recé porque alguien hubiera podido salir de este infierno, recé porque los gritos se detuviesen y recé por encontrar el valor cuando me llegara la hora.
Como si hubiera escuchado mi plegaria, uno de aquellos seres apareció en el pasillo doblando la esquina. Cuando estaba viva debía haber sido una chica mona, con un bonito pelo castaño y un cuerpo esbelto, pero en ese momento no era más que un cadáver andante que se tambaleaba como alguien que ha bebido demasiado, con la mirada perdida y un gesto perpetuamente inexpresivo grabado en una cara demacrada por la descomposición.
Cuando giró la cabeza, pude sentir cómo sus pupilas se clavaban en mí. Me había enfrentado a seres como ella demasiadas veces desde que toda aquella locura empezara, pero nunca me había sentido tan asustado ante uno. Definitivamente había perdido el valor por completo.
La mujer estiró torpemente las manos y su boca se abrió para liberar un lastimoso gemido. Su pelo estaba lleno de coágulos de sangre, y medio pómulo le había sido arrancando de un mordisco. Gotas de sangre resecas le manchaban toda camisa, que se encontraba desgarrada por varios sitios… su aspecto era tan lamentable que costaba pensar que alguna vez había sido una persona viva.
Dudo que recuperara el valor repentinamente, debió ser el miedo en realidad lo que me impulsó a actuar, pero casi sin darme cuenta levanté el fusil, apunté a su cabeza y disparé. El impacto le entró por la frente, destrozándole lo que le quedaba de cara, y salió por detrás salpicando una sangre muy negra por todas partes. El cuerpo cayó al suelo inerte y definitivamente muerto.
—Descansa en paz, fueras quien fueras. —murmuré al tiempo que me santiguaba contemplando el cadáver de esa desafortunada mujer. Deseé tener yo su suerte y que alguien me matara del todo cuando esos seres me acabaran atrapando.
Más allá del pasillo, ya dentro del campo de futbol, la situación seguía siendo espantosa. Miles de personas gritaban de terror al ver la muerte cayendo sobre ellos, gritaban de dolor al ver a sus seres queridos siendo devorados vivos por esa jauría de muertos hambrientos, y también gritaban cuando eran ellos los que acababan siendo devorados.
Una sonrisa cruzó mi cara mientras contemplaba cómo la sangre coagulada fluía como un espeso jarabe de la cabeza de la muerta. Lo que acababa de hacer era una soberana estupidez, la mujer a la que había matado en realidad llevaba mucho tiempo muerta… si, quizá todavía se moviera, pero estaba muerta, su consciencia ya estaba muy lejos de todo aquello. Y al darme cuenta de eso, repentinamente comprendí que matar a los muertos era tan estúpido como sonaba, sólo servía para desperdiciar balas inútilmente. Matarlos para salvar tu vida o la de otros tenía sentido, pero allí ya estábamos todos perdidos. ¿Por qué seguir acabando con ellos si a ellos les daba igual?
Quizá sólo fuera un pensamiento demente producto del miedo que me atenazaba, pero creí ver muy claro qué era lo que tenía que hacer… de hecho, eso era lo único que había visto claro desde que empezó la invasión de la zona segura. Estando todos condenados, la única acción provechosa era librar del sufrimiento de una muerte horrible a cuantos pudiera antes de caer yo mismo.
Impulsado por esa repentina convicción, respiré profundamente y salí al campo de juego, como si fuera el jugador estrella de algún equipo de futbol. Pero la escena que tuve que contemplar al pisar la hierba poco tenía que ver con un partido de liga. Los reanimados habían tomado casi todo el campo y lo habían teñido de sangre a su paso. Antes de que las defensas se vinieran abajo ya teníamos un pequeño problema de hacinamiento, nuestra llamada había atraído a demasiada gente, y apenas quedaba espacio y recursos para alojarlos a todos en el área de que disponíamos; pero para los muertos andantes eso era como un banco de peces para un barco pesquero. Cientos, si no miles de víctimas de las ansias de sangre de los muertos yacían por todas partes.
Las tiendas de campaña distribuidas por todo el campo que antes alojaban a los refugiados habían sido derribadas por la marabunta humana que intentaba huir. Algunos aún corrían de un lado para otro entre gritos y sollozos, intentando escapar de sus perseguidores que, aunque más lentos, eran completamente implacables y no tenían piedad.
No vi a ninguno de mis compañeros en los alrededores. Lo más probable era que la mayoría hubieran muerto defendiendo la entrada, pero aun así se podían oír disparos a los lejos… alguien debía quedar luchando por su vida en el estadio.
Un hombre medio calvo y cubierto por un abrigo negro salió corriendo de entre dos tiendas derribadas con tres muertos vivientes a la espalda. Al verme se sintió aliviado, y razones tenía…
—¡Por Dios, ayúdame! —suplicó señalándome a sus perseguidores con una mano temblorosa, como si no pudiera verlos yo mismo.
Su cara cambió a un gesto de confusión cuando a quien apunté fue a él, un gesto que no le duró mucho después de que una bala le atravesara la cabeza como un minuto antes se la había atravesado a la mujer muerta.
—De nada. —le dije después de tragar saliva. Aun habiéndolo hecho de forma piadosa, quitar una vida a alguien no era fácil, y las manos comenzaron a temblarme cuando la idea que en mi cabeza había estado mucho más clara un momento antes se volvió dudosa… por un momento temí haber hecho una locura.
Cuando los tres perseguidores de aquel hombre llegaron a mi altura, tuve que reaccionar y moverme. Moralmente cuestionable o no, no iba a desperdiciar balas con ellos, eso era una tontería, así que corrí entre reanimados y tiendas de campaña como no había corrido nunca, y pasé al lado de un grupo de seis o siete de ellos que estaban devorando a otro desdichado en el suelo. El pobre infeliz aún movía el brazo hacia el aire rogando ayuda mientras le destripaban vivo. Él no iba a tener suerte, no tenía forma de acercarme y acabar con su sufrimiento sin que alguno de sus asesinos se me echara encima.
Un poco más adelante, una mujer de piel oscura, seguramente de origen marroquí, corría dando gritos e intentando evitar que dos muertos la agarraran, pero sin poder evadirlos terminó acorralada por otros tres con los que se topó de frente. Los reanimados se abalanzaron contra ella y comenzaron a desgarrarla a base de mordiscos. Afortunadamente a ella sí que pude meterle una bala entre las cejas antes de que acabara como el hombre de antes.
Fue mucho más sencillo hacerlo la segunda vez. Era una estupidez haber dudado, ¿acaso no era más piadoso acabar con ellos de un indoloro e instantáneo disparo que dejarles morir descuartizados como animales?
A lado de la portería todavía quedaba una tienda de campaña de buen tamaño en pie, y un grupo de muertos estaba entrando dentro. De su interior surgían gritos, que por lo agudo que eran atribuí a niños. Los cadáveres andantes, por lo menos cinco o seis, acudían como locos atraídos por el olor de la carne viva, y los ocupantes de la tienda comenzaron a patalear histéricos hasta que la tienda cedió y cayó sobre ellos, convirtiéndose en bultos atrapados dentro de la tienda con un montón de monstruos caníbales dentro deseando devorarlos.
No sabía cuándo había empezado a llorar, pero tenía lágrimas en la cara. No podía entrar ahí a matarlos, pero dejarlos morir de esa forma me parecía aún peor. Después de todo, sólo eran niños.
Normalmente no nos permitían llevarlas dentro de la zona segura, pero cuando los reanimados llegaron a las puertas se nos armó a todos los soldados con una granada de mano, y yo aún llevaba la mía colgando del cinturón. Ignoraba si tendría las fuerzas necesarias para hacerlo, pero la cogí y me acerqué a la tienda con ella en la mano. Dos de los reanimados que atacaban a los niños seguían fuera porque, cuando se les desarmó delante de sus narices, fueron incapaces de encontrar la forma de entrar a la tienda. Intenté evitarlos dirigiéndome hacia el flanco posterior de la misma.
Los gritos de terror de aquellos críos me desgarraban los oídos mientras se retorcían bajo la tela, acompañados por los cuatro muertos vivientes que si habían logrado alcanzarles. Tenía que darme prisa o esos chiquillos lo pasarían muy mal antes de morir, así que rajé la tela con mi machete para abrir un pequeño hueco por el que poder meter la granada. Le quité el seguro y respiré profundamente… la explosión y la metralla a tan corta distancia serían suficientes para matarlos al instante, sin sufrimiento, sin dolor.
Llegado el momento, abrí el hueco de la tela y eché la granada en el interior. Ya iba a salir corriendo cuando una pequeña manita logró encontrar el agujero y sacar la mano fuera.
—Lo siento, lo siento mucho. —susurré aun sabiendo que no podía escucharme por encima de los llantos de sus amigos, familiares o lo que fueran entre si esos críos.
Me marché corriendo de allí, no quería pensar en lo que había hecho porque podía volver a derrumbarme, y no me podía permitir eso otra vez.
La granada explotó y yo caí al suelo de rodillas. No por la explosión, me había alejado lo suficiente como para no tener que preocuparme por eso, sino porque necesitaba vomitar.
¿Cómo habíamos llegado a esa situación? Se suponía que las zonas seguras eran el único lugar a salvo de los muertos vivientes, les habíamos pedido a los civiles que vinieran encarecidamente cuando ya no tenían otra opción si querían vivir… ¿cómo podía haber acabado todo así de mal?
La distracción casi me sale cara, un reanimado me clavó una mano putrefacta en el hombro y se abalanzó contra mi cuello. Reaccioné a tiempo y con la culata del fusil puse espacio entre su boca y yo mismo. Después, de un empujón lo tumbé en el suelo y pude verle cara a cara.
Andaba descalzo, con unos pantalones imposibles de reconocer de lo destrozados y sucios que se encontraban, no llevaba camisa y su pecho estaba cubierto de heridas infectadas, mordiscos si mis ojos no me engañaban. Su rostro era tan inexpresivo como el de todos los suyos, y no pude determinar su edad, aunque calculaba que había pasado de los cuarenta hacía tiempo.
De nuevo no me molesté en dispararle, lo único que hice fue marcharme de allí todo lo rápido que pude para así alejarme de él y de la tienda de campaña. No quería ni mirar atrás para ver los efectos de mi granada, prefería no saber cómo había terminado aquello porque vomitaría otra vez.
Llegué hasta el otro lado del campo sin cruzarme con ninguna otra persona viva. ¿Sería posible que yo fuera de los últimos que habían quedado en pie? Parecía difícil de creer…
Los reanimados que había ido dejando atrás me andaban siguiendo, eran por lo menos cincuenta y todos me miraban hambrientos con ojos vidriosos y rostros cadavéricos. Apartando a un par de muertos que se interpusieron en mi camino con el fusil, salí del césped y entré al interior del estadio pensando que si quedaba alguien con vida se encontraría allí. De un disparo acabé con la poca vida restante de un hombre que tenía un mordisco en la muñeca antes de que pudiera pedirme socorro, y siguiendo el largo pasillo que recorría todo el estadio me encontré con pequeños grupos de muertos vivientes devorando los cadáveres de a quienes habían logrado cazar.
Finalmente me topé con otros soldados en las escaleras. Eran tres, iban armados también con fusiles y pude ver en sus caras el mismo miedo que había tenido yo unos minutos atrás, antes de darme cuenta de que ya estábamos muertos, y de lo que debía hacer. Alrededor de ellos había como una docena de cuerpos tirados en el suelo, que por el estado de descomposición y el olor que desprendían sólo podían ser reanimados abatidos. Era posible que tuvieran tanto miedo como yo, pero éste no les había paralizado, y les odié por eso.
Al verme llegar me hicieron un gesto para que me acercara. No tenía intención de dispararles, ellos tenían armas, tenían la capacidad de matarse a sí mismos cuando llegara el momento. Dos aún conservaban el casco, pero el otro debía haberlo perdido en la batalla. De los dos con casco, uno se pasaba la lengua por los labios a cada momento, y el otro tenía todo el cuerpo lleno de pecas.
—¡Ven! Arriba hay civiles ¡Ayúdanos a cubrir la escalera! —me pidió el que estaba más adelantado, el de las pecas.
¡Menudos idiotas! Les habría disparado por estúpidos. Había muchas más escaleras que seguro que nadie estaba cubriendo y por donde podían subir los reanimados, y aunque no fuera así, ¿cuatro soldados para luchar contra una horda infinita de muertos vivientes?
“¡Gilipollas! Subid arriba y matad a los civiles limpiamente antes de que los muertos los devoren” me hubiera gustado gritarles, eso y muchas más cosas, pero también tenía preguntas que hacerles, de modo que me acerqué a ellos y me coloqué en posición de cubrir la escalera.
—Las salidas, por donde no había reanimados, ¿las abrieron? —les pregunté.
—Sí, tío, una de las laterales —respondió el que no llevaba casco. Debía tener mi edad, y no lo había visto antes, igual que a los otros dos. Habíamos sido más de quinientos hombres protegiendo la zona segura, de modo que era imposible llegar a conocerlos a todos—. Era tarde, para cuando la abrimos, ya no pudieron escapar demasiados, pero vi salir al menos a cien personas, y sigue abierta, así que supongo que alguien más lo habrá hecho. De la otra no sé nada.
Era un alivio saber que por lo menos unos cuantos lograron escapar. La mayoría de las salidas habían sido selladas a cal y canto para evitar tener que vigilarlas y para que los seres tuvieran menos puntos de entrada, así que no sabía exactamente cuántas salidas había allí, pero sí que la que utilizaban los que tenían misiones fuera del estadio antes que de los muertos la bloquearan con su número era la principal, y también que había un par más en los laterales.
—Si son listos, irán al sur, hacia el castillo de San Fernando. Allí seguro que no hay demasiados de estos mierdas. —masculló el pecoso. Uno de esos mierdas se acercó desde el fondo del pasillo. Lo encañoné, igual que hicieron los demás, pero nadie disparó. Aún esperaríamos a que estuviera mucho más cerca para eso, los muertos vivientes eran previsibles en sus movimientos, y un tiro certero valía por dos—. Luego… no sé, podrían intentar bajar hasta la estación y salir de la ciudad por las vías del tren, ¿no creéis?
Me detuve a pensar sobre ello durante un segundo. Para seguir la ruta que sugería tendrían que atravesar sanos y salvos la avenida de Salamanca. Un grupo de soldados lo tendría bastante difícil, por el centro de la ciudad los reanimados se contaban por millares, pero para un grupo grande de civiles era imposible. Sólo su número podría salvarles: mientras la mayoría morían, algunos podían conseguir huir… era descorazonador pensar en ello.
—Mejor que nosotros van a estar. —continuó el que no llevaba casco, y no pude sino darle la razón. Los que habían logrado salir al menos tenían una oportunidad.
Apretó el gatillo y acabó con la miserable existencia del reanimado al que todos apuntábamos. No fue un mal disparo, en pleno centro de la frente.
—¡Mierda! —gruñó enseguida el tercer soldado.
Por el pasillo se acercaba una horda numerosa de muertos vivientes… demasiado numerosa. ¿Podrían haber sido los que me iban siguiendo? Era una posibilidad, no había forma de despistarles en tan poco espacio, y al entrar debían haber visto por qué lado del pasillo giré. Lo fueran o no, lo que hicimos fue empezar a disparar contra ellos.
Cayeron varios… dos, tres, cuatro, seis, tres más unos segundos después… pero no les estábamos diezmando, se acercaban demasiados como para que unas cuantas bajas se notaran.
—¡Mierda, mierda y mierda! —maldijo el de las pecas dando un paso atrás.
Todos lo dimos con él, y fuimos retrocediendo por la escalera conforme ellos se iban acercando, pero nos ganaban terreno paso a paso.
—¡Dispersémonos! —les propuse dejando de disparar. ¿De qué valía matar a uno o a diez más si había cientos de ellos?—. Van a subir igual, intentemos dividirlos.
Eso último podía ser verdad, pero me daba igual que lo fuera o no porque mi intención real era apartarme de ellos y encontrar a los civiles. Tenía que matarlos antes de que esa horda que se acercaba llegara hasta ellos y murieran igual, pero de una forma mucho más cruel.
Asustados como estaban, no pudieron rechazar un plan que suponía retroceder, así que me hicieron caso, y cuando terminamos de subir las escaleras el pecoso se paró para acabar con unos pocos más, mientras que los otros dos se largaban cada uno a un lado del pasillo.
—¡Corred! ¡Corred! —gritaban mientras ellos mismos seguían sus propias indicaciones.
“¿Correr a dónde?” pensé con desdén. Las tres salidas quedaban más allá de nuestra capacidad para llegar hasta ellas, así que estábamos atrapados, los muertos subían por las escaleras y a esas alturas también debían estar esperándonos en ambas direcciones de los pasillos superiores.
El pecoso se fue por una dirección cuando se cansó de disparar a los que subían, y yo me fui corriendo por la otra, precedido por el soldado sin casco y un grupo de civiles que corría delante de él. Al pasar junto a la salida a las gradas varios de ellos se separaron del grupo principal y tomaron esa dirección. Esos serían los afortunados. El soldado siguió adelante con la mayor parte del grupo, sólo él sabía a dónde, y yo seguí a los otros.
La visión del campo de futbol desde un piso más arriba era dantesca. Docenas, cientos o quizá miles de muertos vivientes caminaban de un lado a otro, devoraban los cuerpos de los que acababan de matar, buscaban nuevas víctimas en las pocas tiendas de campaña que quedaban en pie o simplemente merodeaban, que es lo que hacían siempre que no tenían a nadie contra quien lanzarse.
El grupo de vivos que seguía estaba compuesto por seis personas, dos de ellos debían ser pareja por cómo se cogían de la mano el uno al otro, y todos eran jóvenes, sólo la pareja y otro más debían tener más años que yo. Asegurándome de tener balas para todos me acerqué a ellos, estaban hablando entre sí, mirando en todas direcciones buscando una escapatoria a aquel horror. Al verme, una chica rubia y larguirucha se me acercó. Era bastante guapa, con unos ojos verdes espectaculares… lástima que fuera a morir.
—¡Podemos ir por allí! —gritó para hacerse oír por encima del ruido de la masacre que estábamos presenciando—. Pero sólo si nos ayudas.
Me señaló la entrada al vestuario, justo al otro lado del estadio y a nivel del suelo. Tan sólo cuatro muertos vivientes se interponían en el camino que pretendían seguir.
No era extraño que hubiera tan pocos porque a los cadáveres andantes les resultaba difícil desenvolverse entre escalones. Eran demasiado torpes para subirlos con soltura al carecer de la coordinación necesaria para ello, y bajando solían ser más rápidos porque la mitad terminaban cayendo rodando y arrastraban consigo a la otra mitad.
—Es la salida que desbloquearon —insistió la chica—. Ahora está abierta, si nos abres paso con tu arma podemos escapar.
Me detuve un segundo para meditar sobre su idea al darme cuenta de que cabía la posibilidad de que fuera realizable. Llegar corriendo hasta el otro lado no era muy difícil, en la grada apenas había reanimados, y si la puerta estaba abierta como ella decía, era una oportunidad a considerar. El inconveniente era que no sabía lo que podíamos encontrarnos una vez en el interior del estadio, pero por lo demás, podía funcionar.
—Tengo esto —añadió sacando una granada de mano de un bolsillo de su chaqueta—. Se la cogí a un soldado muerto, a lo mejor ayuda…
Aunque no me hacía gracia volver a sujetar una granada después de lo que había tenido que hacer con la última, se la quité de la mano rápidamente. Nadie debería jugar con una granada de mano, pero mucho menos una civil que no sabía manejarla.
—La llevaré yo, vamos. —respondí colocándome en la cabecera del grupo para abrir la marcha.
No perdía nada por intentar buscar una salida con ellos. Si al final no había otra solución, siempre podía dispararles como pretendía, pero si encontrábamos un lugar por donde escapar, les habría salvado la vida llevándoles hasta él… no había cuestiones que hacerse.
Llegamos hasta el otro grado de la grada moviéndonos entre los asientos, y sin más contratiempo que un cadáver casi completamente devorado que se había revuelto al vernos pasar y había agarrado a la chica rubia del brazo. El pobre desgraciado ya no tenía la musculatura necesaria para alzarse y morder, así que de un golpe con la culata del fusil hice que aquel monstruo la soltara.
No hubo tiempo de que me diera las gracias, teníamos que continuar o llamaríamos la atención de más reanimados.
En cuanto bajamos unas cuantas filas tuve que cargarme a dos muertos más, no sin cierto fastidio al darme cuenta de que esas balas podía necesitarlas para las personas que me acompañaban si el camino que estábamos siguiendo resultaba ser un callejón sin salida. Finalmente entré bajo techo de nuevo cuando saltamos de la grada y nos metimos por el pasillo que llevaba a los vestuarios. La salida de la que habían hablado no quedaba muy lejos, pero los muertos vivientes ya habían llegado allí.
Me alarmé al ver cómo un reanimado a mi lado devoraba el cuerpo de un hombre tirado boca abajo. Sin embargo, al tener comida que llevarse al estómago, no me prestó la menor atención. Yo tampoco le presté atención por el momento, me limité a buscar la salida con la mirada, y no me hizo ninguna gracia lo que vi cuando la encontré. Había una verdadera jauría de muertos custodiándola. La mayoría de ellos estaba en el suelo, devorando a la gente que había intentado salir y no lo habían conseguido, los cuales no eran preocupantes porque estaban ya ocupados, como el que tenía al lado. El verdadero problema era la docena que aún estaba de pie, merodeando entre sus congéneres y los cuerpos que se habían convertido en su almuerzo.
Si éramos rápidos podríamos pasar la mayoría de nosotros, pero lo más probable era que cogieran a alguien, y si disparaba para matarlos, estaríamos aún más perdidos, porque el ruido llamaría la atención de los que comían y se unirían al ataque.
Cuando los demás se colocaron a mi espalda, el reanimado que tenía al lado levantó la vista y me lanzó un gruñido antes de que le reventara la cabeza contra la pared de una patada. La bota y el pantalón se me llenaron de sangre, y algunas gotitas llegaron incluso hasta mi cara, pero la criatura murió. El grupo apartó la vista cuando los restos destrozados de la cabeza del muerto cayeron al suelo… me pareció realmente patético que tuvieran tantos remilgos después de ver morir a miles de personas delante de sus narices un momento antes.
—Hay muchos, ¿qué hacemos? —preguntó el hombre que agarraba la mano de su mujer como si tuviera miedo de perderla si la soltaba.
Sólo había una cosa que podía hacer para sacarlos a todos de allí, no era el mejor de los planes, pero era el que se me había ocurrido.
—Vamos a correr hacia la puerta, ignorad a los reanimados. —les indiqué señalando la salida con el dedo. En sus rostros pude ver la confusión producto de las ansias por salir de allí y el miedo por tener que atravesar una horda de esos seres para conseguirlo—. Yo dispararé a los que se acerquen, eso llamará la atención de los demás, pero para entonces ya estaremos fuera.
Esperaba que funcionara. En mi cabeza sonaba bien… bueno, sonaba jodidamente mal, pero podía funcionar. Si no lo hacía, moriría como un héroe de mierda intentando salvar sus vidas, lo que no estaba nada mal para alguien con facilidad para quedarse bloqueado por el miedo.
—Esto no va a salir bien… —murmuró temerosa la chica rubia.
—Saldrá bien —insistí yo, sabiendo que “bien” era un término muy relativo. Al menos confiaba en que la mayoría de ellos lograra escapar—. No hay tiempo que perder. ¡Vamos!
Fuimos corriendo, pero en esa ocasión no abrí yo la marcha. Me quedé detrás porque los que iban delante era probable que pudieran salir sin problemas, pero los más rezagados necesitarían que les abriera paso.
Y así ocurrió. La chica rubia y el matrimonio, que eran los primeros, saltaron por encima de un cadáver, y para cuando los reanimados se dieron cuenta de que estábamos allí ya estaban casi al lado de la puerta. Disparé a los dos más cercanos. A uno lo maté, pero al otro sólo le di en el cuello.
Los muertos vivientes que comían en el suelo se enderezaron al escuchar el sonido de más de mis disparos, con los que conseguí abatir al que había alcanzado antes y a otro más. El matrimonio y la chica tocaron la puerta, y los otros tres estaban cerca, pero los muertos nos acorralaban contra la pared cada vez más.
Los tres de la delantera se perdieron por fin fuera del estadio de futbol… tres estaban a salvo, los había salvado, y tal y como estaban las cosas eso era mucho. A partir de entonces tendrían frente a ellos el reto de atravesar una ciudad de Alicante arrasada por hordas de muertos vivientes hasta poder ponerse a salvo, si es que podían ponerse a salvo en algún lugar.
Los demás, sin embargo, nos encontrábamos en un apuro mayor. No podía mantener un ritmo aceptable de muertes, y cuando se me acabaran las balas no tendría tiempo ni para recargar antes de que nos cogieran.
Sin pensarlo más, puse el modo automático. No podría matarlos disparando a lo loco, pero con los impactos de las balas les empujaría hacia atrás.
—¡Rápido, joder! —les grité a los tres que quedaban por salir, e inmediatamente abrí fuego.
Las balas se lanzaron disparadas contra los cuerpos de los muertos abriéndoles profundas heridas que salpicaban una sangre espesa y negra, y durante un segundo eso los retuvo. Las balas se acababan siempre más rápido de lo que a uno le gustaba en modo automático, y enseguida me vi sin munición.
Otro logró salir, un muerto le dio un tirón y le rasgó la chaqueta, pero salió. El siguiente le dio un empujón al mismo reanimado y pudo salir también. Sin embargo, nadie más escaparía de la masacre. Por lo menos cuatro de ellos bloquearon la salida, y yo ya había tenido que zafarme de dos a golpes… los teníamos encima, estábamos perdidos.
Mi último acompañante, una mujer morena en la que no me había fijado demasiado antes, dio un grito desgarrador cuando un reanimado le mordió en el brazo, arrancándole un buen pedazo de carne en el proceso. Ya estaba muerta, aunque pudiera quitarle a los reanimados de encima, no valdría de nada, la infección la mataría igualmente. El problema era que yo iba detrás de ella, y por lo tanto también estaba muerto.
No teníamos escapatoria, la puerta había sido completamente bloqueada por media docena de muertos vivientes, y el grupo se nos había echado tanto encima que no teníamos ni la posibilidad de retroceder e intentarlo por otra parte.
Como no tenía balas, no tuve más remedio que hacer lo que hice para acabar con todo. Agarré la granada que le había cogido a la chica rubia y le quité la anilla.
Un muerto viviente me agarró del otro brazo y se lanzó contra mi nuca, mordiéndome. El dolor fue atroz cuando estiró su cabeza hacia atrás llevándose consigo un trozo de mi cuello, y la sangre comenzó a brotar de la herida a borbotones.
“Sólo quedan unos segundos” me dije aguantando el dolor con estoicismo.
A mi lado, otros reanimados estaban dando cuenta de la mujer, que finalmente había caído al suelo y ya tenía a dos de ellos encima. Uno le mordió en la cadera, mientras que el otro seguía desgarrándole el brazo. La pobre se revolvía histérica intentando quitarse a los muertos de encima, llorando y gritando como si la estuvieran desollando, que más o menos era lo que le estaban haciendo… no soportaba escuchar esos gritos.
“Aguanta, sólo son un par de segundos más”.
Estiró la mano sana e intentó agarrarme, suplicando ayuda, pero yo no podía ayudarla. Otro de esos seres malditos se me echó encima y me mordió en el estómago mientras la sangre que me brotaba del cuello se esparcía por el suelo.
La zona segura había caído, y Alicante estaba completamente perdida. Los pocos que habían logrado escapar y que sobrevivieran allí fuera eran todo lo que quedaría de los habitantes de la ciudad. Los muertos vivientes habían ganado y el premio eran nuestras vidas… en unas horas, el estadio, que al caer la noche servía de refugio a más de dos mil personas, sería sólo un campo regado de sangre, cuerpos mutilados y muertos andantes paseándose entre ellos.
Mi vida no pasó por delante de mis ojos, como se dice que suele ocurrir, pero me acordé de mis padres, que debían haber muerto en algún lugar del estadio, y de los pocos amigos que me quedaban vivos y que también se habían refugiado allí. Decidí que mis últimos pensamientos fueran para ellos, y mis últimas esperanzas para el deseo de que alguno fuera uno de los cien que lograron escapar.
La mujer gritó… los gritos eran lo peor, pero afortunadamente para ambos la granada explotó de una vez por todas.

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