miércoles, 22 de enero de 2014

Crónicas zombi, Orígenes: Capitulo 15, Luís



CAPÍTULO 15: LUIS


Espera, espera, más despacio… ¿cómo es eso de que dejó que le mordiera un resucitado? —exclamó Toni después de que Maite, Judit y Raquel nos contaran a todos lo que habían visto y oído durante su estancia en la comunidad de Colmenar Viejo.
—La cabeza de un resucitado. Y no olvides que la tenía clavada en un báculo —matizó Maite, que no había salido de aquel lugar demasiado convencida de que fuera el lugar a salvo que andábamos buscando.
Tenía que reconocer que cuando Sebas regresó con la noticia de que Aitor no sólo estaba vivo, sino que además había encontrado un grupo bien organizado y una zona segura donde vivir, me hice ilusiones. Aquello podía ser el golpe de suerte que tanto necesitábamos después de que nuestra situación no avanzara precisamente a mejor valiéndonos simplemente de nuestros propios medios.
Sin embargo, cuando Maite volvió empecé a temer que se produjera una verdadera escisión en el grupo. Lo que había visto allí no le había gustado nada e intentaba convencernos de que no nos uniéramos a aquella comunidad, trabajo que prometía ser harto difícil para ella, porque la posibilidad de tener un lugar a salvo de los muertos vivientes, con comida y muros que nos protegieran, no era fácil de rechazar para nadie.
Tras observar la forma de comportarse de la gente después de que los resucitados asolaran el mundo, había aprendido a ser muy cauteloso, así que no podía decir que las noticias que nos traían me parecieran alentadoras, pero por otra parte, la idea de unirnos a esa gente resultaba muy tentadora.
—¿Entonces está muerta? —quiso saber Toni, al que la historia se le hacía difícil de comprender por lo bizarra que sonaba—. Si la mordió un muerto viviente es lo que pasa, ¿no? Que yo sepa nadie ha sobrevivido a algo así.
—Por lo que sabemos hasta, ahora es imposible sobrevivir a un mordisco —confirmé yo, que creía que dando mi opinión médica aclararía las cosas—. Si se ha dejado morder, está muerta. Nadie sobrevivió a uno más de un par de días, y eso con un mordisco pequeño en un cuerpo sano y robusto, al final la infección te mata irremediablemente. El organismo no es capaz de combatirla… pero sólo por lo que sabemos, que tampoco es mucho.
—¿Cuál es el problema entonces? —intervino Sergei, a quien las revelaciones de Maite habían impresionado mucho menos que a los demás—. Cuando esa zorra chiflada esté muerta, y ese grupo de meapilas descabezados, se acabó toda esa estupidez de cabezas cortadas.
—No se va a morir —afirmó Raquel con seguridad—. Le vi el brazo, no era la primera vez que hacía algo así… dejarse morder, digo. Ya lo ha hecho antes, y toda la congregación reaccionó con júbilo al verlo. Aquello no era un suicidio, era sólo una parte más de la ceremonia.
—Tampoco sería descabellado pensar que pudiera haber gente inmune a la mordedura —añadí intentando matizar un poco mis palabras anteriores—. Todas las enfermedades del mundo han tenido grupos de gente que, por un motivo u otro, son capaces de resistirla. Hasta el Ébola tiene una tasa de mortalidad de sólo el noventa y ocho por ciento, o sea, que dos de cada cien infectados sobreviven.
—Pero no hay registros de algo así —me contradijo Judit, que al igual que Maite no había vuelto de la visita a aquel lugar con buenas sensaciones—. En la universidad, cuando aún trabajábamos con el ejército, teníamos miles de historiales médicos de pacientes que fueron infectados con los que trabajar, y en ninguno se mencionaba nada parecido.
—Eso no significa que no pudiera existir —insistí—. Dada la naturaleza de la enfermedad, es posible que esos casos pasaran desapercibidos… no sirve de nada ser inmune a la transformación si te está devorando una manda de esos muertos vivientes. Pero no sería ninguna tontería pensar que alguien que descubrió por casualidad ser inmune a la infección haya creado una especie de culto divino a su alrededor. ¿Quién iba a impedírselo?
—Eso podría ser —admitió Judit—. O también que no hubiera mordisco en realidad. Un ilusionista podría hacer cualquier tipo de truco o efecto visual para engañar los sentidos con facilidad.
—Sí que hubo mordico —insistió Raquel—. Todos lo vimos, tenía el brazo bien, luego la cabeza le mordió y ella sangró… y además, repito que tenía en el brazo marcas de mordiscos anteriores. No sé explicar cómo puede sobrevivir a eso, pero lo hace.
—Entonces es que lo que le mordió no era un muerto viviente en realidad. —se empecinó la otra chica cruzándose de brazos, poco dispuesta a admitir una explicación de carácter sobrenatural a aquello, como sí estaba Raquel, a quien como todo ser humano cuyas creencias se ven cuestionadas parecieron molestarle sus intentos de desacreditar a esa mujer que se dejaba morder por los muertos.
—Sí que lo era —protestó frunciéndonos el ceño a todos los presentes—. ¿Por qué os cuesta tanto plantearos siquiera la posibilidad de que aquello fuera real?
—¿Por qué estás tú tan dispuesta a creerlo? —le espetó Maite—. Esa mujer es sólo una embaucadora que tiene engañado a un grupo de gente demasiado necesitada de esperanza como para pensar por sí mismos y ver detrás de los embustes a los que están siendo sometidos.
—Yo sé lo que sentí en la ceremonia —se defendió agachando la cabeza, quizá un poco avergonzada—. Eso no lo puede simular.
—En realidad… —fue a decir Judit, pero Sergei la interrumpió.
—¿Por qué no nos centramos en lo práctico? —propuso alzando la voz para terminar con aquella discusión, que sabía tan bien como yo que no nos llevaba a ninguna parte—. Si aceptamos que no va a morirse por el mordisco, o lo que sea, todavía tenemos una oferta de un grupo grande y bien defendido para unirnos a ellos en este mismo momento. ¿Qué es lo que tenemos que pensar tanto? Si decís que nos van a esperar en las afueras del pueblo, deberíamos recoger nuestras cosas y largarnos de aquí. Podríamos volver dormir calientes y seguros, sin tener que preocuparnos de que esos putos cadáveres revividos aparezcan. ¿No es eso lo que andábamos buscando?
—En otras condiciones te daría la razón sin dudarlo —admitió Maite—. Yo habría sido la primera en cargar las cosas en el coche e ir allí hoy mismo. Pero dada la naturaleza de la mujer que dirige ese lugar, creo que deberíamos pensarlo más a fondo. Al ir allí estaríamos aceptando pasar a formar parte activa de una especie de secta fatalista, que básicamente piensa que los reanimados están aquí para purificar el mundo de pecadores, y que su líder es una especie de santa a la que los muertos no pueden matar por la gracia de Dios.
—Eso es raro, vale —declaró Sebas, que había permanecido callado y en un discreto segundo plano hasta entonces—. Pero tendríamos nuestras propias casas, comida, camas… ¿cómo vamos a rechazar algo así?
—Opino igual —apuntó Sergei—. ¿Qué importa seguirle el rollo a una chalada con complejo de mesías? Hacemos el paripé y listo, joder. ¿Es que ninguno ha ido a una celebración religiosa sólo por compromiso? Sería más o menos lo mismo. Yo creo que a esa tía le da igual lo que creamos en realidad, siempre que no le desmontemos el chiringuito.
—¿Y qué chiringuito es ese? —replicó Maite—. En un grupo que sigue ciegamente a una líder, esa líder puede pedirnos cualquier cosa, y seguramente serán cosas poco razonables. ¿Es que no habéis visto nunca lo que hacen en según qué sectas? Le estaríamos dando a esa lunática completos poderes sobre nosotros para hacer lo que le diera en gana.
—¿Y si fuera verdad? —se empecinó Raquel—. ¿Y si lo que predica es cierto? ¿Y si realmente es una especie de… enviada de Dios, como ella dice?
El silencio que siguió a esas preguntas duró un par de segundos, hasta que Toni, cojeando, dio dos pasos al frente y encontró las palabras para responder.
—Raquel, seamos serios… lo que dices es imposible —dijo con suavidad—. ¿Cómo va a ser esa mujer ninguna enviada…?
—¿Por qué no? —insistió ella sin darse por vencida, y sin sentirse cohibida porque nadie más la apoyara—. Estos seres, los muertos vivientes, no son naturales… la ciencia no puede explicarlos, ¿y si realmente son seres sobrenaturales? ¿Y si todo lo de Dios y la Biblia es cierto, tenemos la prueba delante y no queremos verla?
—La ciencia no puede explicarlos… todavía —apuntó Judit—. Si a cada cosa que la ciencia no puede explicar aún le otorgáramos naturaleza divina acabaríamos… no sé… creyendo todo tipo de disparates.
—Como que Jesucristo se ha reencarnado en Madrid. —se mofó Toni.
—Como dijo Mijaíl Bakunin, no podemos poner nuestra ignorancia en un altar y llamarla “dios”. —añadió Judit encogiéndose de hombros.
—Insisto en que eso es un asunto completamente irrelevante —razonó Sergei—. Si es una enviada de Dios bien por ella, felicidades, y si no lo es da igual, sólo queremos de ellos esos muros, la comida y la protección del grupo, nada más.
—Sí que es relevante —le contradijo Maite—. Si nos unimos a ese grupo, posiblemente tengamos que vivir allí el resto de nuestra vida. ¿De verdad queréis hacerlo bajo esas condiciones? Os recuerdo que esa mujer se deja morder por muertos vivientes, se cree una especie de mesías y tiene una cabeza cortada clavada en un bastón… y todos allí lo aplauden. Si nos unimos a ellos tendremos que aplaudirlo con los demás, ¿eso os parece bien?
—Creo que ella tiene razón. No pretenderás meter a Andrei en un sitio como ese, ¿verdad? —le murmuró Katya a Sergei en voz lo suficientemente baja como para que nadie más pudiera escucharlo, pero al encontrarme justo a su lado yo también, no me pasó desapercibido el comentario, ni tampoco la respuesta del ruso.
—Tú cállate —le espetó él con no muy buenos modos—. ¿No ves que ésta puede ser la mejor oportunidad que tengamos?
—¿Y qué otra opción nos queda? —preguntó Irene desde una esquina, consiguiendo que todos se volvieran hacia ella, que no había abierto la boca desde que Maite y las demás volvieran.
Dado que mató al grupo de niños que cuidó el tiempo que estuvo encerrada en la escuela mientras el mundo se hundía a su alrededor, pese a ser parte del grupo no contaba con demasiadas simpatías. Maite no había intentado disimular la animadversión que le despertaba en ningún momento, y Sergei tampoco… cosa que podía comprender cuando ambos tenían hijos. El resto del grupo, salvo Aitor, que no se encontraba allí, simplemente la tolerábamos. Era posible que, por pura humanidad, no quisiéramos dejarla sola y abandonada a las afuera de Madrid cuando la conocimos, pero se hacía difícil querer entablar amistad con alguien que había sido capaz de matar a sangre fría a unos niños inocentes. Debido a aquello, no solía ser muy participativa en ese tipo de debates, ella misma se daba cuenta de que no le convenía meterse en polémicas que no la ayudarían a conseguir amigos.
—Sí, ¿qué otra cosa propones que hagamos en su lugar? —añadió algo sorprendida de que todos la miráramos de aquella manera—. Si no nos unimos a ese grupo, ¿cuál es el plan para seguir vivos a largo plazo?
Por supuesto, aquello puso en un apuro de considerables dimensiones a Maite. Sabía de sobra que no tenía ningún plan mejor, sólo su plan de siempre: buscar otro lugar... pero eso no le iba a valer, no cuando ya nos estaban ofreciendo un lugar razonablemente bueno.
—Este grupo puede parecernos la salvación —declaró dando un paso al frente—. Y sin duda es lo que pretenden que parezca a cualquiera con quien se crucen porque con eso añaden más fieles a sus filas, y así a su vez se hacen más fuertes y más irresistibles. Pero también son la prueba de que hay grupos organizados ahí fuera, de que podemos encontrar alguno que no esté lleno de chiflados que juegan con cabezas cortadas y que creen que su líder es una especie de divinidad.
—Sí, pero verás, esto no es como ir al supermercado y elegir de entre todos el grupo que más nos guste y unirnos a él —rebatió Sergei poniéndose en pie—. El próximo grupo que encontremos podría ser hostil en lugar de amistoso, o quizá sean buena gente pero no puedan permitirse más bocas que alimentar en lugar de ofrecernos un lugar entre ellos. Es más, quizá no lleguemos vivos hasta el siguiente grupo, o a lo mejor ni siquiera llegamos a encontrarlo nunca. Rechazar esta oferta ahora es una locura, no hacéis más que llorar por toda la gente a la que habéis perdido, ¿es que queréis seguir perdiendo gente? Porque eso es lo que va a pasar si seguimos aquí, ayer mismo podríamos haber perdido a Aitor mientras buscábamos uno de esos “sitios mejores”.
—¿Y lo de los militares? —argumentó Maite, que se mantuvo razonablemente serena pese a la mención a Aitor por parte de Sergei. Aunque todo se hubiera solucionado, ella se seguía culpando por haberle dejado tirado… sin embargo culpaba todavía más de ello a Sergei, y que utilizara esa casi desgracia a su favor debió parecerle pueril como poco—. Su historia bien podría ser mentira, ¿y si mataron a toda esa gente sólo para dirigir ellos al grupo y no estar bajo las órdenes de ningún militar?
—También podría ser completamente cierta —replicó él para acto seguido señalar la pierna herida de Toni—. ¿Y desde cuándo confiáis en los militares? Que fueran del ejército ya no significa que sean gente de fiar, y aquí todos tenemos las manos manchadas de sangre. Yo tengo una familia y debo pensar en su futuro, así que voto por darle una oportunidad a la comunidad.
—Esa mujer es un fraude —sentenció Judit sin dejarse convencer por los argumentos del ruso—. Estoy segura de eso, no quisiera vivir en un lugar dirigido por alguien así, de modo que voto que no.
—No pienso meter a mi hija en esa jaula de locos, yo también voto que no. —repuso Maite cruzándose de brazos.
—O podría no serlo —insistió Raquel una vez más—. Si todo lo que dice es cierto, unirnos a ese grupo sería la decisión más acertada del mundo. Voto que sí.
—En resumen, que tenemos cuatro posturas distintas —intervine yo para hacer síntesis de todo lo debatido—. Por un lado los que votan que sí porque esa mujer que los dirige es realmente una santa, y los que votan que sí porque nos ofrecen un lugar seguro donde vivir. Por otro lado los que votan que no porque ese grupo es demasiado parecido a una secta y no quieren vivir entre sectarios perturbados, y los que votan que no porque la líder podría ser una farsante y no quieren vivir bajo las reglas de una mentirosa.
—Más o menos esa es la idea —asintió Toni—. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Votamos y lo que diga la mayoría?
—¿Qué necesidad hay de eso? —bufó Sergei—. Quien quiera ir que vaya. Los que no, que se las apañen por su cuenta… yo pienso ir allí diga lo que diga vuestra “mayoría”. No soy idiota y no pienso desaprovechar esa oportunidad, mi familia y yo vamos.
—Yo no quiero ir —protestó Katya asustada—. Ese lugar es…
—¿Quieres que Andrei acabe siendo devorado por un muerto? —le espetó él furioso—. ¿Quieres ver a tu hijo convertido en uno, o es que quieres acabar tú así? Porque eso es lo que terminará pasando si seguimos aquí fuera, así que cierra el pico. Nosotros vamos.
—Tú no puedes obligarla a ir si no quiere hacerlo —se interpuso Maite—. ¿Qué hay del “quien quiera ir que vaya” de hace un segundo?
—No te metas en los asuntos de mi familia —le advirtió Sergei lanzándole una mirada asesina—. Preocúpate de la tuya propia.
—Propongo que nos tomemos un tiempo para pensar en todo esto —me entrometí para detener aquello antes de que fuera a más—. Mi opinión es que, por muy claro que creamos que lo tenemos ahora mismo, deberíamos tomarnos un tiempo para pensarlo en profundidad. Sugiero que lo dejemos por hoy, pensemos esta noche sobre ello y mañana por la mañana nos volvamos a reunir para tomar una decisión en conjunto.
Nadie dijo nada, pero como todos comenzaron a levantarse y a marcharse cada uno por su lado, supuse que aceptaban tácitamente mi propuesta.
—No me gusta nada ese hombre. —murmuró Maite cuando me acerqué a ella mientras los demás se dispersaban. Sergei levantó de un tirón del brazo a su mujer y casi la arrastró fuera de la ermita, seguidos por un cohibido Andrei.
—Ya me lo habías dicho. —Lo cierto era que a mí tampoco me gustaba nada. Me había fijado en Katya y en el niño porque sospechaba que pudiera haber maltrato, pero no vi en ellos ninguna marca que pudiera probarlo, aunque sin duda ella le tenía miedo. No todos los malos tratos eran físicos, así que posiblemente Sergei fuera muy bueno intimidándola, cosa que no me habría sorprendido—. No niego que tienes motivos.
—También tengo motivos para desconfiar de esa secta —me aseguró mirándome con dureza—. ¿Qué piensas tú? Los demás puedo intuir lo que van a decidir antes de que hablen, pero reconozco que tú siempre me terminas sorprendiendo a la hora de las votaciones
Asimilé estoicamente la puya porque no quería tener que volver a justificar mi voto a favor de que Irene se incorporara a nuestro grupo de unos días atrás. Entendía que le hubiera sentado mal, pero voté con la conciencia… que aquello hubiera sido una buena o una mala idea estaba por ver.
—¿Y qué crees que van a votar los demás? —le pregunté con curiosidad. Yo también tenía mis cávalas, y quería ver cómo de similares eran a las suyas.
—Sergei no va a cambiar de opinión, Judit tampoco porque nunca votaría por algo en lo que no cree, ella es así. Raquel podría hacerlo, pero con Aitor allí lo dudo —enumeró—. De entre los que no se han pronunciado creo que votarán a favor todos, lamentablemente. No niego que mis objeciones no han sido demasiado escuchadas, están demasiado emocionados por la posibilidad de dormir en una cama caliente de nuevo como para hacer caso a lo que sólo son suposiciones por mi parte. Pero eso no hace que ese lugar me dé menos mala espina.
—La verdad es que intentar escandalizarles con cabezas cortadas impresiona poco. Admitámoslo, a estas alturas todos hemos visto cosas mucho peores que eso —añadí asintiendo con la cabeza. Estaba de acuerdo en todo lo que había dicho hasta entonces, e incluso me sentía un poco orgulloso de que se hubiera dado cuenta de que sus argumentos no eran tan buenos como le hubiera gustado—. Quizá Toni atienda a razones, pero sólo porque no es lo bastante sumiso para aceptar la religión de esa gente ciegamente, ni tan falso como Sergei para fingir que lo hace.
—Podría tener buenas razones —exclamó con una idea repentina—. Y creo que sé dónde encontrarlas: en la base militar.
—¿La base militar? —repetí atónito—. ¿Y cómo ibas a encontrar ahí nada? Espera un momento, ¿no estarás pensando…?
—En ir allí, sí —asintió muy convencida—. Debería ir mañana y darme prisa, antes de que los demás decidan nada, pero puede hacerse. Eso sí, necesitaré que te quedes con Clara otra vez, si no te importa, y que intentes conseguirme tiempo.
—Esa chiquilla lo pasa muy mal cuando no estás —intenté disuadirla para que no cometiera aquella locura. Después de cómo había acabado su primera incursión, aquello no me parecía una buena idea—. Y es normal, su padre murió y nosotros no somos más que un grupo de desconocidos para ella. Necesita a su madre, ¿de verdad te parece sensato marcharte otra vez? ¿Qué pretendes encontrar allí? Dijiste que estaba completamente desierto.
—No me parece sensato criar a mi hija en una secta —replicó apretando los dientes—. Pero la mayoría va a votar que sí, ya lo sabes, ¿qué podremos hacer entonces? No podemos quedarnos Clara, Judit y yo solas, así que, si todo el mundo va, no nos quedará otro remedio que unirnos también, por eso es imprescindible que les disuada de hacerlo. Me gusta tan poco seguir aquí fuera muriéndonos de hambre como a los demás, pero hasta eso me parece mejor que formar parte de esa extraña religión, ¿entiendes?
—Perfectamente —asentí—. Pero aún no sé qué pretendes encontrar en la base militar que no vierais cuando fuisteis ayer.
—Al tipo que tocó las campanas. —declaró.
—¿Qué? —exclamé sin entender nada—. ¿Buscas a un tipo, si es que no es algo que te imaginaste, que intentó mataros?
—Tengo la intuición de que si hizo aquello fue porque pensaba que éramos miembros de la secta —aseveró ella con determinación—. Estoy segura de que él sabe más de todo lo que ha pasado allí. Si consigo que me cuente la verdad, tendría un argumento y las pruebas que convencerían a los demás para no unirse a ellos.
—Aunque fuera así, ¿qué te hace pensar que no se confundirá de nuevo y volverá a intentar matarte? —inquirí cada vez menos convencido de aquel plan. Estaba claro que aquella idea tan poco recomendable sólo podía ser fruto de la desesperación.
—Nada, pero lo que no podemos hacer es meternos a ciegas allí dentro —se defendió—. Tendré que arriesgarme a eso si quiero averiguar la verdad de todo este asunto.
—Yo iré contigo —se ofreció Judit entrando de nuevo por la puerta. Al parecer lo había estado escuchando todo desde el otro lado, y ese extraño idealismo intelectual mezclado con inocencia de ella la había llevado a considerar aquella escapada como una buena idea—. Nada me proporcionaría más placer que desacreditar a esa farsante.
Sabía que contando con apoyo, aunque fuera el de Judit, no podría convencerla de lo contrario, así que ni lo intenté… o quizá se debiera a que yo tampoco me fiaba de aquel grupo de sectarios. La facilidad con la que habían convencido a Raquel del carácter divino de esa mujer que jugaba con cabezas de muertos me daba un poco de miedo. Eran tiempos muy desesperados, y la clase de gente que orquestaría una farsa semejante precisamente era especialista en aprovecharse de la desesperación de los demás para su propio beneficio.
—De acuerdo, me quedaré con Clara y haré lo posible por daros tiempo —cedí finalmente, aunque no sin algunas reticencias que preferí guardarme para mí—. Pero si no encontráis nada, o si resulta que la historia con los militares es cierta…
—Entonces no nos quedará más remedio que asumir que esa mujer será nuestra nueva líder, y que lo que dice, sea verdad o mentira, va a misa —suspiró Maite—. Al final tendremos que creernos que es una enviada del Todopoderoso.
—Eso lo dudo mucho... —replicó Judit con un desdeñoso bufido.

Aunque el resto de la tarde fue bastante tranquila, gracias a que sólo un par de muertos vivientes se acercaron a la ermita que nos hacía de refugio, y entre Sebas y Sergei dieron cuenta de ellos, en realidad el ambiente estaba bastante tenso. Pese a que entre nosotros no volvió a haber ninguna discusión, las conversaciones habituales para matar el tiempo se habían visto sustituidas por momentos de reflexión. No podía decir que no lo entendiera, nos enfrentábamos a un dilema que podía marcar nuestras vidas y, aunque muchos ya tenían clara su decisión, habían tenido en cuenta mi consejo de meditar sobre ello antes de pronunciarse definitivamente. Sólo Clara y Andrei parecían ajenos a todo aquello mientras jugaban en la parte trasera de la ermita, bajo la atenta mirada de Katya, que no parecía demasiado contenta, y Maite, que probablemente estuviera más pendiente de su viaje del día siguiente que de lo que los niños hacían.
—¿Y tú qué opinas, doc? —me preguntó Toni mientras le limpiaba la herida de la pierna. Aunque estaba curando bien, la bala que le alcanzó era de un fusil de asalto, de modo que el daño fue considerable, y pese a que no tenía motivos para pensar que no acabaría recuperando toda la movilidad del miembro, sin duda aquello le llevaría todavía una buena temporada.
—¿Qué opino de qué? —repliqué distraído.
—Sobre lo de ese sitio —me aclaró—. Fuiste el único que no dejó clara su postura, y no creo que no vayas a decir nada al respecto mañana.
—Quizá porque mi posición no está del todo clara —respondí comenzando a vendarle de nuevo. Por suerte teníamos suministros médicos para una temporada gracias al sacrificio de Agus.
—Eso no me gusta —refunfuñó frunciendo el ceño—. Quería convencerme a mí mismo de que vuestras reticencias se debían simplemente a una sana cautela, lo cual no me parece mal, pero empiezo a pensar que debe haber algo más que eso cuando Maite está tan convencida de que unirnos a esa comunidad no es buena idea, y ahora resulta que tú también estás dudando.
—No son decisiones que se deban tomar precipitadamente. —dije tratando de ser diplomático, o más bien intentando no mojarme con una respuesta más concreta.
—Un lugar seguro como el que describen es más de lo que me atrevía a pensar que encontraríamos —confesó—. Sí, tienen sus cosas, como lo de la cabeza del muerto, pero en realidad tampoco es para tanto. Sólo es un jodido muerto.
—Lo que dices puedo entenderlo perfectamente —le aseguré—. Pero estamos hablando de una comunidad de sectarios. Lucharan contra los militares de la base, como dicen ellos, o los asesinaran, como cree Maite, no tienen las manos limpias, y utilizan resucitados en sus rituales religiosos… creo que son motivos más que de sobra para pararse a valorarlos antes de unirse a ellos, ¿no crees? En realidad no sabemos mucho de sus creencias.
—Con la pierna así, tampoco tengo mucha elección. No puedo correr delante de un muerto viviente, o de un loco con un rifle —lamentó—. Sergei tiene mujer y un hijo, no me extraña que no quiera arriesgarse tampoco a seguir aquí fuera. Lo que no entiendo es cómo Maite puede rechazar esta oportunidad tan felizmente teniendo una cría.
—No creo que la rechace felizmente —le contradije—. Maite siempre se ha preocupado de su hija, y tiene buen instinto. Verla tan convencida de que ese lugar no nos conviene me hace dudar todavía más sobre si de verdad no nos conviene. Dudo que se jugase la seguridad de su hija sólo por idealismo u orgullo, ¿no te parece?
—Esa niña vio cómo se comían a su padre, ha malvivido un mes en una tienda de campaña helándose de frío y pasando hambre, estuvo presente cuando le volaron la cabeza a Silvio, a Félix y herían a su madre después de intentar… bueno, ya sabes… y además lleva viendo como todo el jodido mundo muere a su alrededor constantemente —enumeró Toni—. Si fuera mía, la llevaría a cualquier secta de tarados que pudiera para sacarla de todo eso sin pensarlo lo más mínimo. No sé cómo Maite puede tener la sangre fría suficiente como para considerar que corre más peligro en ese grupo que aquí fuera, con todos esos putos muertos vivientes.
—Quizá porque ya se ha dado cuenta de que los vivos son más peligrosos que los muertos. Creo que eso se lo dijiste tú —le recordé terminando de colocarle el vendaje—. Listo, en un par de días volveremos a cambiar las vendas… o lo harán los médicos que haya allí, según acabe todo esto.
—Te escucho, Luis, pero supongo que sabes que si ahora se produce una votación Sergei, su mujer, Raquel, Irene, Sebas y yo votaremos a favor —me dijo mirándome a los ojos—. Maite y Judit se quedarían solas, salvo que decidas apoyarlas. Veo bien lo de pararse a pensarlo con detenimiento, pero esto ya está prácticamente decidido… joder, hasta Aitor lo tenía tan claro que ni siquiera ha querido volver.
—Aitor es sólo un chaval —le recordé—. Las decisiones precipitadas rara vez son las más acertadas, y antes de dejarse seducir por los beneficios hay que examinar a fondo los perjuicios. Maite pretende salir mañana por la mañana, y Judit va a acompañarla.
—¿Salir? ¿A dónde? —se extrañó.
—Van a la base otra vez, creen que pueden encontrar pruebas de lo que ocurrió de verdad entre esa gente y los militares de allí. —le expliqué.
—Eso podría ser jodidamente peligroso. La última vez que fueron, casi no logran salir, y por poco la palma Aitor. —señaló él.
—Sí, y lo sabe, pero aun así va a arriesgarse —afirmé—. Y no lo hace por ella, ella ya sabe que no quiere ir, lo hace por nosotros, para que sepamos de verdad dónde nos estamos metiendo. Creo que, en consideración por ese gesto podemos esperar a que regrese con lo que haya encontrado antes de decidir nada en un sentido u otro, ¿no?
—¿Esperar? —repitió con suspicacia—. ¿Cuánto?
—Van a salir mañana a primera hora, así que deberían tenerlo resuelto esa misma mañana —respondí confiando en que Maite y Judit se dieran cuenta de lo difícil que iba a ser alargar aquello demasiado, sobre todo cuando la decisión ya parecían tenerla tomada esa misma tarde.
—Supongo que por esperar unas horas no pasará nada —cedió finalmente—. Pero no me gusta alargar esto demasiado. Si esa gente se cansa de esperar, podríamos perder la mejor oportunidad de volver a dormir sin preocupaciones que tenemos desde que toda esta mierda empezó.
—Soy consciente de ello. —asentí antes de que él se marchara del improvisado consultorio en el que había transformado una de las habitaciones internas de la ermita. Además de consultorio, también era el lugar donde dormía por las noches, aunque distaba de ser un lugar cómodo. Sin embargo, eso era más culpa de que tuviera que dormir en un saco que de la propia ermita.
Unos segundos más tarde, cuando ya tenía todo el material médico de nuevo recogido, limpio y ordenado, alguien llamó a la puerta con suavidad.
—Pasa. —dije mientras guardaba el rollo de vendas en la bolsa, con el resto del material.
—Hola —saludó Irene dando un par de pasos dentro de la habitación—. Me preguntaba… desde ayer tengo un dolor entre el hombro y el cuello que no termina de irse, supongo que se debe a la tensión o al estrés, pero como eres médico, he pensado…
—Siéntate, por favor —la invité señalándole el taburete donde hasta un momento antes había estado Toni—. Seguramente será lo que dices, pero echémosle un vistazo, ¿vale?
—Gracias —dijo ella sentándose y apartándose la camisa para dejar expuesto el lugar donde decía que le dolía—. He oído lo que hablabais Toni y tú antes.
—¿Ah, sí? —repliqué con fingida indiferencia comenzando a examinarla—. ¿Te duele aquí?
—No, es más arriba… ¿sabes? No sois los únicos que habéis hablado —afirmó—. Sé que no eres idiota, así que iré al grano y sin rodeos: ese ruso hijo de puta está convencido de que el grupo decidirá unirse a esos tarados, pero me ha dejado muy claro hace un momento que no está dispuesto a permitir que les acompañe, ni a que me acepten como a una de ellos.
—Me pregunto por qué habrá dicho algo así. —repuse con cierta ironía, aunque no demasiado pronunciada. Sin embargo, ella la captó perfectamente, y me lanzó una amarga mirada.
—Ya, vale, quizá me lo haya ganado, no quiero discutir sobre eso, pero como comprenderás, esa actitud me preocupa un poco. Sé de sobra que hay división de opiniones sobre mi pertenencia al grupo, y que aunque la mayoría dejasteis que me quedara, no se puede decir que cuente con ningún ferviente admirador entre vosotros. Al menos no tan ferviente como lo son mis detractores.
En eso tenía razón. Si bien yo había votado que se quedara, no creía que nadie fuera a dar la cara por ella… salvo quizá Aitor, pero Aitor ya había tomado su decisión, y en esos momentos era parte de la secta.
—Veo cuál es el problema, pero no sé por qué me lo cuentas a mí —le dije mientras le palpaba el cuello—. No es como si yo pudiera hacer algo, ¿no?
—No, y no te estoy pidiendo nada, sólo quiero que me respondas a una cosa: ¿crees que Maite puede controlar a ese hombre? —preguntó sin darle más vueltas.
—Esa no es la cuestión —respondí negando con la cabeza—. Aunque lograras que Maite se le enfrentara por ti, cosa que dudo que hiciera porque tampoco te tiene en demasiada estima, y aunque consiguiera que Sergei reculara, una vez estando en la comunidad, la jerarquía del grupo quedaría disuelta por completo. Lo que Maite quiera o no quiera que haga Sergei dará igual, el problema será que si cuenta a esa gente lo que les hiciste a esos niños no es probable que te permitan ser parte de ellos… pero ni Maite ni nadie pueden evitar que termine contándolo, ¿entiendes?
—Entonces estoy jodida del todo —resumió con bastante tino—. Mañana podría acabar viéndome sola y en la calle… Creía que muchos, entre ellos tú, habíais votado ya una vez en contra de eso.
—No creo que podamos hacer nada al respecto —le contesté—. Por mucho que votemos, no podemos ocultar lo que hiciste, no mientras haya una sola persona dispuesta a contarlo. Quizá apelando a su humanidad Maite se ablande, pero no creo que a Sergei le quede mucho de eso, visto lo visto.
—Está claro que no. —lamentó suspirando profundamente.
—Tu dolor seguramente se deba a la tensión, como decías. Te daré un calmante —dije buscando uno de la bolsa donde mismo había sacado los medicamentos para Toni—. Mañana debería estar bien.
—No sé cómo, visto que la tensión y el estrés no van a disminuir —me contradijo agarrando la pastilla y llevándosela a la boca—. Pero gracias de todas formas.
—De nada. —le respondí antes de que se levantara y se marchara por donde mismo había venido.
Me quedé con muy mal sabor de boca al verla salir. Con alguien como Sergei sabiendo lo que sabía, dudaba que a esa chica le esperara algo bueno en aquella comunidad, si es que acabábamos formando parte de ella. Sus delitos eran demasiado graves para ignorarlos, y dudaba que una secta religiosa fuera a ser comprensiva respecto al asesinato de unos niños. Pero me parecía tan injusto ese trato hacia ella como lo que hizo con esos niños, todos merecíamos una oportunidad de sobrevivir, y dejándola abandonada a su suerte no tenía ninguna. ¿Estábamos también condenando a muerte a esa mujer si votábamos que sí a unirnos a aquella comunidad?
Sin embargo, ya por la noche, mientras me disponía a coger el sueño, se me ocurrió pensar que bien podía estar equivocado, como me solía pasar a veces al juzgar a la gente. ¿Y si Maite tenía razón e Irene había tenido algo que ver también con la muerte de Érica? En un principio no me lo pareció, esa chica estaba muy malherida y era propensa a los arrebatos de furia, una mezcla poco recomendable cuando tu médico te ha recomendado reposo. Quizá ella misma se buscara su destino, pero también cabía la posibilidad de que hubiera tachado demasiado radicalmente las sospechas de Maite hacia Irene como prejuicios contra ella. Maite se equivocaba a veces, pero solía tener buen instinto.
Claro que quizá únicamente quería culpabilizar a Irene para no sentirme mal por ella si terminaba quedándose sola, y así poder conciliar el sueño…

—Tengo que preguntarlo una vez más, ¿estás completamente segura de hacer esto? —le dije a Maite la mañana siguiente.
“Mañana” por decir algo, porque apenas estaba saliendo el sol en el horizonte y el cielo aún seguía oscuro. De hecho, la mayoría del grupo continuaba durmiendo, sólo Judit, que iba a partir con ella, y Clara, que salía a despedir a su madre, habían madrugado tanto como nosotros dos.
—Completamente —me aseguró dejando el rifle junto al asiento del conductor antes de agacharse para abrazar a su hija—. No te preocupes, cariño, estaré de vuelta enseguida, ya verás, y luego ya no iré a ninguna parte. Te lo prometo.
La niña no respondió, sólo se dejó abrazar y miró con una cara triste cómo su madre se metía en el vehículo pintado de camuflaje y lo arrancaba. Judit se sentó en el asiento del copiloto, quizá más convencida todavía que Maite de hacer aquello, cosa que no sabía si me parecía buena o mala señal. Judit era una mujer lista, eso era innegable, pero me parecía más lista en la teoría que en la práctica, y no sabía si era del todo consciente del peligro que corría haciendo lo que iba a hacer.
Aun así, no quise decirles que tuvieran cuidado. En primer lugar porque ya lo sabían, y en segundo porque no quería preocupar más a Clara. Su madre la había convencido de que su ausencia sería corta y no tenía ningún riesgo, así que no quise darle la impresión contraria diciendo algo inapropiado.
—Intentaré que esperen a que volváis antes de tomar una decisión. —les prometí a las dos.
—Gracias, Luis —respondió ella antes de que el vehículo comenzara a rodar carretera abajo y atravesara el espacio entre los muros, perdiéndose de vista tras los árboles.
—¿Quieres que vayamos a desayunar? —le pregunté Clara, que parecía como ausente.
—Vale —consintió con desgana antes de ponernos en camino de vuelta al interior de la ermita—. Luis, ¿por qué mi mamá siempre tiene que irse?
La pregunta me pilló un poco desprevenido, y como hacía muchos años que mi hijo no era un niño pequeño, estaba un poco oxidado en el trato con críos. Aun así, traté de explicárselo de forma sencilla.
—Tu mamá se está asegurando de que el sitio donde nos han invitado a ir es lo bastante bueno como para quedarnos a vivir allí —le expliqué—. Tú no te preocupes, cuando regrese ya no volverá a irse, como te ha dicho antes, ya lo verás.
—¿Quién se ha ido? —me sorprendió la voz de Raquel desde la puerta de la ermita—. He oído un coche, ¿se ha ido alguien?
—Maite y Judit. —confirmé asintiendo con la cabeza.
—¿Las dos solas? —se extrañó—. ¿A dónde?
—A la base militar. —confesé.
—¿A la ba…? —replicó ella atónita—. ¿Por qué? ¿Para qué?
—Quieren encontrar alguna prueba de que esa gente no son lo que dicen ser —le aclaré—. Creen que pueden encontrar algo allí que les incrimine en el asunto los militares muertos.
—¡Oh Dios! —gimió, pero se cortó cuando vio a Clara a mi lado—. ¿Y te han dejado sola, cariño?
—Sí. —admitió ella agachando la cabeza.
—No te preocupes —le dijo Raquel arrodillándose a su lado—. Seguro que mamá vuelve enseguida, como siempre, ¿verdad?
—Verdad —respondí yo al darme cuenta de que esa última pregunta iba dirigida hacia mí—. Y cuando haya vuelto veremos que nos cuenta y votaremos si vamos a ese sitio o no. ¿Puedes llevarla a desayunar algo? Quiero hablar con los demás de esto cuanto antes.
Raquel asintió, pero no me quitó el ojo de encima cuando me encaminé al interior de la ermita. Sebas o Irene no iban a ser ningún problema a la hora de convencerle de alargar la espera, uno por sumiso y la otra porque le convenía, la prueba más difícil iba a ser convencer a Sergei de que esperara a que ellas volvieran antes de decidir nada.
Me imaginé que era mejor que lo habláramos en privado, no delante de todo el mundo. Lo último que quería era que aprovechara para soltar un sermón oportunista que hundiera mis intentos de darle tiempo a Maite, así que para ello fui hasta la habitación que él y su familia utilizaban como dormitorio y llamé a la puerta.
—¿Qué pasa? —gruñó no de muy buen humor tras abrirme.
—¿Podemos hablar un momento? En privado. —le pedí amablemente.
Como no había nadie en el pasillo, se limitó a salir y cerrar la puerta de la habitación.
—¿Qué ocurre? —inquirió frunciendo el ceño.
—Vamos a posponer lo de decidir si vamos o no a ese sitio unas horas. —le dije con suavidad.
Esperaba que estallara, pero lo único que hizo fue cruzarse de brazos y mirarme con curiosidad.
—¿Y eso por qué? —exigió saber.
—Vamos a esperar a que Maite regrese. Ha salido con Judit hacia la base militar, creen que pueden encontrar al tipo que hizo sonar las campanas y averiguar lo que pasó realmente allí con los de la secta.
—¿Y eso quién coño lo ha decidió? —exclamó conteniendo la ira—. ¿Ella misma por su cuenta?
—Sí —reconocí—. No es una idea que me guste, por el peligro que representa, pero estoy de acuerdo en saber todo lo posible de esa gente antes de unirnos a ellos.
—Y vienes a contarme esto el último, después de haber convencido a todos los demás de retrasar la decisión  y que ella esté fuera, ¿no? —observó sagazmente—. Muy listo, doctor. Ya me pareció que no tenías un pelo de tonto, pero no sabía que estabas tan pegado al culo de Maite como para ser su perrito faldero.
—Esto no es una lucha de egos, Sergei —intenté hacerle comprender pasando por alto su ataque—. No se trata de quien la tienes más larga, si tú o Maite, se trata de nuestro futuro, del de todos, porque si os vais la mayoría los que no lo tenemos tan claro tendremos que hacerlo también si queremos alguna posibilidad de sobrevivir.
—No, doctor, de lo que se trata es de que esa gente no va a esperarnos para siempre —me contradijo él—. ¿Crees que no tienen nada mejor que hacer que quedarse ahí plantados hasta que les digamos algo? Por lo que a mí respecta, esto es sólo un intento de Maite para forzar la decisión. Como sabe que no puede ganar la votación, la retrasa todo lo posible a ver si con un poco de suerte el tío que nos tiene que esperar en el pueblo se ha largado.
—¿De verdad crees que Maite sería tan retorcida? —afirmé espantado ante aquella acusación.
—¡Espabila! ¿En qué mundo crees que vives? —repuso exasperado—. La cosa está jodida y la gente hace lo que le conviene para sobrevivir, y vosotros, como idiotas, picáis siempre el anzuelo. ¡Si hasta aceptasteis a una asesina de niños entre vosotros! ¿Qué clase de líder permite algo así?
—Ella tenía tan pocos motivos como tú para quererla entre nosotros…
—Eso no será más un problema. Cuando estemos con nuestra nueva gente, esa tía será carne de resucitado —dijo con total indiferencia—. Entiende una cosa, doc, si he accedido a esto hasta ahora es por puro altruismo, porque sin mí seguro que acabaríais desperdiciando esta oportunidad dejándoos convencer por ella. Pero ninguna votación va a cambiar mi decisión, ya lo dije ayer y lo repito hoy: decidáis lo que decidáis, mi familia y yo vamos a unirnos a esa comunidad, estén lo tarados que estén y hayan hecho lo que hayan hecho… y no vamos a esperaros eternamente. Si a mediodía no habéis tomado una decisión nosotros nos largaremos sin más prórrogas ni dilaciones, ¿entiendes? Vuestra “líder” que os maree lo que quiera a vosotros, pero a mí no.
“Si no quieres una líder que te maree, no pretendes ir al lugar adecuado” pensé, pero me cuidé mucho de comentarlo en voz alta. No creía que ese hombre apreciara ese tipo de bromas.
—Vale. —accedí.
Le había conseguido a Maite unas cuatro horas, lo cual no estaba mal. Pero sería mejor que eso fuera suficiente, porque de lo contrario Sergei se marcharía, y probablemente con él alguien más, forzando de igual manera la decisión para el resto.



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