domingo, 10 de mayo de 2015

Crónicas zombi, Orígenes: Capitulo 25, Irene



CAPÍTULO 25: IRENE


Me estremecí, no sabía si por el frío que hacía en aquella sierra o porque notaba la ropa húmeda incluso después de haberla tenido varias horas secándose frente a la hoguera. Desde luego ya no era la sensación de la noche anterior, cuando creí que la hipotermia iba a matarme y viví lo que sin duda serían las peores horas de mi vida, pero todavía tenía frío.
Llevaba caminando un buen rato, a paso lento para no forzar la pierna herida, en dirección desconocida. Sabía orientarme, el sol salía por el este, de modo que estaba caminando en dirección norte, el problema era que no sabía en qué dirección se encontraba el camino más rápido para salir de allí. De todas formas, aquello no eran los Andes, fuera en la dirección que fuera acabaría encontrando una salida tarde o temprano, así que en eso al menos me mantenía optimista.
No podía decir lo mismo de todo lo demás: no tenía nada para comer, beber o defenderme, y por tanto estaba completamente a merced de la madre naturaleza. Por si eso fuera poco, no creía haber salido indemne de mi escarceo con la congelación, y agotada como me sentía tras la noche anterior, tenía la sensación de que aunque descansara eso no iba a mejorar… alguna enfermedad se incubaba en mi cuerpo, algo esperable tras el baño en agua helada, y no tardaría en dar síntomas. Lo único que podía descartar era que se tratara de la mordedura de un resucitado, esos, por suerte, no habían llegado a tocarme.
No caminaba muy deprisa también porque intentaba forrajear mientras lo hacía. Ya había pasado más de veinticuatro horas sin comer el día anterior, y no me apetecía repetirlo, así que inspeccionaba cada árbol y cada arbusto en busca de cualquier cosa comestible que pudiera haber en ellos.
No era una experta en supervivencia, de modo que tampoco sabía qué buscar exactamente y cómo hacerlo, por lo que iba prácticamente a ciegas, y la suerte no me estaba acompañando, a decir verdad… ni en eso ni en nada, salvo que al menos no tenía que preocuparme de los muertos vivientes. Aquella zona era tan salvaje que pocas visitas humanas debía haber recibido en el pasado.
Durante el camino traté de hacer memoria y recordar cualquier cosa que hubiera leído en una revista, visto en un documental o escuchado de la forma que fuera sobre supervivencia en la sierra. Incluso me pasé un buen rato intentando recordar la conversación que tuve una vez con un alpinista en un bar, donde me contó con pelos y señales cómo una vez se perdió en la montaña y tuvo que apañárselas por sí mismo durante dos días con la intención de camelarme. Sirvió para que me metiera en su cama, pero para nada más, porque no podía acordarme prácticamente de nada.
El terreno era bastante escarpado por la zona en la que me encontraba. No había ninguna ruta preestablecida que seguir, tan sólo caminaba sobre la hierba y las piedras intentando mantener una línea recta, aunque por culpa de la frondosidad de los árboles no tenía ningún punto de referencia más allá de la inclinación de la montaña. Quería llegar a alguna zona elevada y despejada de la misma para poder observar qué tenía a mi alrededor.
Moverme también me servía para entrar en calor. Tenía la impresión de que esa sensación helada que casi me había consumido por la noche no iba a desparecer del todo nunca, pero poniendo los músculos a funcionar lograba paliarla un poco.
Resultó bastante irónico que, cuando ya tenía el sol justo sobre mi cabeza, además del estómago pidiéndome comida comenzara a sentir sed. Había tenido agua más que de sobra el día anterior, pero en ese momento habría dado lo que fuera por un poco más… en especial porque beber me preocupaba más incluso que comer, y tenía aún menos idea de dónde podía encontrar agua cuando no sabía ni cómo volver al pantano.
“Paciencia, Irene” me dije a mí misma para tratar de mantener la compostura. El cuerpo me pedía estrangular a alguien, aunque si me hubiera cruzado con alguien en realidad le habría comido a besos si me sacaba de allí. “Todo se arreglará, sólo ten paciencia y piensa, sobre todo piensa.”
Mantener la mente fría era vital para no desesperar. A todos los efectos, estaba perdida en la montaña, y no había una guardia civil que fuera a buscarme, ni gente que se movilizara para encontrarme. Si quería salir de allí, tenía que hacerlo con mis propios medios, con mi propia habilidad, y para eso era imprescindible pensar con claridad.
Más arriba no creía que fuera a encontrar agua, pero en cuanto tuviera una perspectiva más general de la zona sin duda lo haría. En esa maldita sierra había un río con un embalse, sus aguas discurrirían por alguna parte, y no podía ser muy difícil de localizar. Además, si podía seguir su cauce, tarde o temprano saldría del aquel territorio salvaje, y a dónde me llevara después me daba completamente igual. Teniendo en cuenta cómo estaba el mundo, si hubiera tenido más dotes de supervivencia me habría quedado allí, viviendo de lo que diera la naturaleza.
Cuando llegué a la parte superior de la montaña, donde los árboles comenzaron a ser más escasos, me sentía tan agotada que dudaba que pudiera seguir adelante. Una caminata no era lo más deseable después de todo lo que ya arrastraba conmigo, y tuve que sentarme sobre una enorme roca a recuperar el aliento, y de paso tratar de orientarme de una buena vez.
Desde esa altura sólo podía ver más montañas, todas ellas cubiertas de árboles salvo en las cumbres de las más altas, que todavía conservaban la nieve de las últimas borrascas. Si algo saqué en claro fue que no tenía ni la más remota idea de dónde me encontraba. Aquella sierra sin duda era importante debido a su tamaño, y más o menos sabía que quedaba al norte de Madrid, pero no conocía demasiado sobre espacios naturales de la zona, y no fui capaz de posicionarme o reconocer alguno de los picos más elevados.
Tampoco fui capaz de encontrar el dichoso río, y aunque eso me desanimó un poco, me esforcé en conseguir que no me afectara demasiado… perder el ánimo era algo que no podía permitirme. Estudié con mayor atención el paisaje que me rodeaba con la intención de establecer una ruta, y al final me decidí por dirigirme hacia una de las montañas más altas que había por allí. A mi espalda todo eran montes llenos de árboles que se perdían hasta donde me alcanzaba la vista, de modo que la civilización tenía que encontrarse tras la línea que esa montaña, junto con algunas más pequeñas, formaban al frente, ocultando de mi visión lo que pudiera haber tras ellas.
Lo tenía decidido, aquella sería mi ruta. Me dirigiría hacia esa enorme montaña y la rodearía una vez en su base.
Sin embargo, no consideré prudente seguir caminando aquel día. Me sentía muy fatigada, por no hablar de la falta de sueño que me tenía hasta mareada, y agotar mis fuerzas no me iba a ayudar. Si me quedaba por allí podría preparar un campamento en condiciones, y tal vez incluso buscar comida y agua con un poco más de ahínco en los alrededores.
Me instalé en la parte baja de la roca donde me había subido a otear el horizonte. Allí estaría resguardada del viento, aunque lamenté mucho no tener una mísera manta con la que cubrirme cuando descubrí que quedándome quieta los temblores me volvían. Como la única solución para eso era no quedarse quieta, al menos hasta que pudiera hacer una hoguera, tras recuperar un poco las fuerzas me dispuse a registrar a fondo el terreno circundante.
De nuevo, no fue difícil encontrar multitud de ramas secas con las que encender un fuego, pero con la comida hubo mucha menos suerte. Todo allí estaba lleno de plantas y árboles, y sin embargo, ninguno de ellos parecía capaz de dar algún fruto comestible.
“Me muero de hambre” pensé llevándome una mano al estómago, que famélico, no dejaba de rugir exigiendo comida. Luego me reprendí a mí misma por haber hablado de la muerte tan a la ligera; no procedía después de lo que había sufrido el día anterior.
Por supuesto, haber encontrado algún animal salvaje que se dejara cazar habría sido lo ideal, pero la única fauna que había visto eran pájaros de pequeño tamaño revoloteando sobre las copas de los árboles. Como hacía frio, hasta los insectos se escondían… aunque jamás me habría comido un insecto. No estaba tan desesperada.
Tras un buen rato buscando, me topé con algo que creía iba a solucionar uno de mis problemas: entre un grupo de grandes rocas había una llena de agujeros donde el agua del rocío de la mañana, o de las últimas lluvias tal vez, se había depositado. No era mucha, pero sería más que suficiente para saciar un poco la sequedad que sentía en la garganta.
Los agujeros eran tan pequeños que prácticamente tuve que pegar los labios a la piedra para absorber el agua, la cual tragué sin saborear siquiera acompañada de algo de tierra. No obstante, eso no me importó en absoluto, no existía mejor sensación en el mundo que beber agua cuando te estás muriendo de sed, y ésta sirvió para al menos evitar la deshidratación por el momento.
Regresé algo más satisfecha, aunque también más hambrienta, hasta el lugar donde tenía previsto acampar. Allí, de nuevo con el mechero, mi única pertenencia además de un cuchillo y la ropa que llevaba puesta, encendí una hoguera y traté de relajarme.
Todo aquello estaba suponiendo una experiencia bastante dura para mí, una que no le habría deseado ni a mi peor enemigo en realidad… bueno, tal vez a Maite sí. Pese a las reflexiones que hiciera el día anterior, cuando luchaba por no morir de hipotermia, había decidido de nuevo que era mucho más fácil culpar a los demás que a mí misma de todos los males por los que estaba pasando. Ya me encontraba lo bastante al límite como para añadir culpabilidad a mis cargas, no podía permitírmelo si quería sobrevivir, y sobrevivir era el único impulso que aún tenía sentido para mí. Culpar a otros, sobre todo a la zorra de Maite, suponía un desahogo al que no iba a renunciar.
La leña de la hoguera se consumía inoportunamente rápido, de modo que tuve que hacer un esfuerzo para recoger toda la que pude antes de que la noche cayera, con vistas a mantenerme caliente durante la misma. Comenzaba a sentirme un poco febril, sin duda debido al frío que había sufrido, pero todavía podía aguantarlo sin mucha dificultad.
Pese a lo agotada que acabé entre la caminata y dos noches de poco o ningún sueño, me fue difícil dormirme. Cada dos por tres mi cerebro me despertaba enviándome espasmos nerviosos, como si temiera que si dormía demasiado fuera a no despertar nunca más. Aunque aprovechaba cada vez que me despertaba para mantener viva la hoguera, seguía teniendo frío. Mi grueso abrigo no era suficiente por las noches, cuando las temperaturas bajaban dramáticamente, y lamenté mucho haber quemado la mugrosa ropa aquellos cuatro imbéciles que me atacaron en lugar de quedármela.
Sólo logré dormir unas pocas horas seguidas al final de la noche; lo supe porque cuando desperté el sol ya había salido, y la última vez que recordé estar despierta estaba todavía oscuro. No obstante, ese día amanecí incluso más débil que cuando me acosté. Sentía que la puñetera herida del muslo me ardía, y cuando me quité los pantalones para echarle un vistazo me la encontré todavía más infectada que antes… aquello no estaba curándose, muy al contrario, iba cada vez a peor, y no sabía cómo iba a acabar la cosa.
Tenía mucha hambre, mucha, hasta el punto de plantearme si las ramas que sobraron de la hoguera serían comestibles, igual que la hierba del suelo o las hojas de los árboles. Si algunos animales se alimentaban de ellos, ¿por qué yo no? No trataba de defender una dieta basada en el pasto, pero para llenar el estómago en caso de extrema urgencia, ¿qué problema podía haber?
Dudaba que eso no se le hubiera ocurrido a nadie antes, y precisamente porque jamás escuché a alguien decir que sobrevivió comiendo hierba, no me atreví a hacerlo yo. Lo que sí hice fue volver a la roca de los agujeros y chupar hasta la última gota de rocío que se almacenó en ella. Aquello me ayudaría a mantener las fuerzas un poco más.
La mañana la dediqué a bajar de lo alto de la montaña, y por tanto fue un camino inusualmente agradable al ser todo cuesta abajo. Me vino bien que así fuera, porque entre las molestias de la pierna y que comencé a moquear y a sentirme cada vez más enferma tal vez no hubiera resistido si me hubiera tocado ir cuesta arriba.
Mi objetivo seguía siendo la montaña grande. Era el plan que establecí el día anterior, y no veía ningún motivo para cambiarlo, salvo que descubriera que había un restaurante todavía operativo en otra parte.
A mediodía más o menos alcancé por fin el valle. El terreno dejó de bajar tan abruptamente y la arboleda se volvió más densa, aunque también más fácil de transitar al tener un suelo llano. De nuevo no había encontrado nada de comer, y tampoco de beber, y aunque el rocío me había regalado un poco de agua, volvía a sentir la garganta seca.
Un sonido entre unos arbustos llamó mi atención cuando pasé junto a ellos. Mi primer impulso fue dar un paso atrás, pero enseguida recapacité… un arbusto moviéndose podía significar que había algún animal dentro, y un animal era comida.
No tuve tiempo ni de dar un paso en dirección a la planta, porque antes de poder hacerlo, un pequeño animal rojizo salió disparado alejándose de mí. Era un zorro, y no muy grande. Además se movía lento porque llevaba algo en la boca, un animal muerto del tamaño de un conejo que le costaba arrastrar.
—¡Eh! —le grité al ver mi oportunidad. Me apresuré en agarrar unas piedras del suelo y después comencé a perseguirle—. ¡Eh, tú! ¡Maldito bicho!
El zorro huyó de mí como un humano cualquiera huiría de un resucitado, y para intentar detenerle comencé a lanzarle piedras. Ni por un segundo pensé que podría acertarle con ellas, era demasiado rápido para eso, y mi puntería tampoco se podía decir que fuera la mejor, pero si le asustaba lo suficiente, dejaría caer al bicho muerto que llevaba en la boca, y eso sería comida para mí.
—¡Ven aquí, animal de mierda! —exclamé al lanzar las dos últimas piedras. Al final, el zorro se vio tan acosado por ellas que soltó el cadáver y siguió corriendo, ahora más deprisa, hasta perderse en la espesura—. ¡Eso es! ¡Y no vuelvas!
Satisfecha por mi inteligencia humana superior, me apresuré en abalanzarme sobre el animal muerto con la boca haciéndoseme agua… no iba a perder ni un segundo en encender una hoguera y guisarlo allí mismo.
Sentí cómo la cabeza me dolía al terminar la persecución del zorro. El esfuerzo había sido demasiado para mí, y cuando recogí al animal descubrí además que tan sólo era una carroña. Debió ser un conejo o algo parecido en algún momento, pero estaba muerto, mordisqueado y no precisamente fresco.
Pese a todo, me lo llevé. Era la única comida que encontraba en dos días, y no podía permitirme desperdiciarla sin más. Aunque tuviera que quitar las partes menos frescas, me lo comería.
Tan entusiasmada estaba con aquel pedazo de carroña que me detuve a hacer una hoguera para cocinarlo en cuanto reuní la suficiente leña. El estómago me rugía como si tuviera dentro un dragón, y no creía que fuera a aguantar más tiempo sin comer.
Como no tenía ningún recipiente para poder cocinar al animal, tras desollarlo y quitar los trozos menos apetitosos con el cuchillo lo asé como si fuera un espeto. El tiempo que tardó en alcanzar el punto la carne se me hizo eterno, tanto que cuando por fin estuvo listo comencé a devorarlo con una avidez muy poco elegante.
Decir que sabía bien habría sido mentir miserablemente. En condiciones normales, aquella carne correosa y pasada la habría escupido nada más metérmela en la boca, pero en las que me encontraba hasta me supo bien, e incluso me chupé la grasa de los dedos una vez hube repelado hasta el último hueso del animal.
El frugal banquete no sirvió para saciarme, tenía el estómago demasiado vacío como para que unos pocos trozos de carne lo hicieran, pero al menos le metí algo de combustible al cuerpo antes de seguir la marcha.
El resto del día, sin embargo, no fue tan bien como la mañana. El sol comenzaba a ponerse a toda prisa, y yo, con la nariz llena de mocos, la garganta irritada y cada vez más fiebre, seguía caminando sólo porque no tenía otra alternativa. De buena gana me habría liado en una manta y me habría tirado al suelo a intentar dormir, pero ni siquiera tenía mantas, y encima, por culpa de los árboles que cubrían la visión, no podía saber si había avanzado en la dirección correcta para llegar a la montaña.
No sólo fueron los efectos del más que previsible constipado fruto de la noche helada, o que el dolor del muslo comenzara a volverse insoportable… una sensación molesta en el estómago empezó a crecer poco a poco, y no le di importancia hasta que me sobrevino una arcada.
—Puto zorro… —murmuré apoyándome en un árbol para que se me pasara. Sin duda era la carne en mal estado la que me estaba provocando aquello. En mi desesperación había acabado comiéndome lo que fuera, incluso algo que a todas luces estaba ya pasado.
“Debí darme cuenta al ver que hasta el zorro prefirió abandonarlo a luchar por él” me dije.
La arcada se me pasó enseguida, pero un sudor pegajoso comenzó a invadirme todo el cuerpo, y antes de poder dar dos pasos más, un retortijón repentino me obligó a quitarme rápidamente los pantalones y agacharme allí mismo, entre unos matojos. Cuando terminé tuve que limpiarme con unas hojas, y después de hacerlo me sentía más enferma que antes de empezar.
Consideré que lo más adecuado era acampar allí, aunque todavía quedara al menos otra hora de luz, y tratar de descansar, pero aquél resultó ser sólo el primero de una serie de retortijones que me sobrevino. Mi estómago enfermo no me dejó avanzar ni cien metros en ese tiempo, y viendo que el ataque de diarrea se estaba volviendo grave, comencé a asustarme.
Necesitaba agua, no podía llevar dos días habiendo bebido sólo lo poco que el rocío dejó en una piedra, y menos sufriendo fiebres y un ataque de diarrea, pero ignoraba cómo conseguirla. Estaba segura de que debía existir algún truquito de mierda con hojas, botellas y telas para recogerla, pero no conocía ninguno.
Todo se me estaba acumulando: el frío, la infección de la pierna, la falta de alimento, el estómago… empezaban a ser demasiadas cosas, y no creía que fuera a poder con todas al mismo tiempo. El total de mis fuerzas se concentraba tratar de mantener el ánimo alto, pero no veía la forma de seguir siendo positiva cuando absolutamente todo se volvía contra mí.
“Me muero de sed” me dije luchando por humedecer la sequedad de mis labios, pero la saliva se me había vuelto pastosa y no lo conseguía. Si seguía así, pronto la deshidratación me haría perder la cabeza, y sin la mente despejada no veía la forma de escapar de esa situación tan límite que estaba viviendo.
No podía creer que, en un mundo dominado por monstruos antropófagos muertos vivientes, lo que acabara al final conmigo fuera un puto bosque que se merecía haber sido arrasado para construir una urbanización con campo de golf en él.
—Tengo que… —dije en voz alta con la intención de infundirme un poco de ánimo, pero no supe cómo terminar la frase. ¿Tenía que buscar agua? Eso ya lo sabía. ¿Comida? La última vez me fue como el culo, literalmente. ¿Qué tenía que hacer?
La noche acabó cayendo una vez más, y me vi de nuevo frente a una hoguera sabiendo que aquella tampoco iba a dormir demasiado. El estómago revuelto me mantenía en vela, y los constantes apretones me obligaban a alejarme del fuego para hacer de vientre un poco apartada del lugar donde también pretendía descansar.
En esas me encontraba, apoyada al tronco de un árbol y a una roca, cuando escuché un murmullo que no pude identificar como alguna parte de mi cuerpo quejándose. Tras escucharlo con curiosidad durante unos segundos, los ojos se me abrieron como platos cuando finalmente lo reconocí como el murmullo del agua… de la bendita y deliciosa agua.
Me puse en pie tan rápidamente que por poco me tropiezo con mis propios pantalones. Si había encontrado agua estaba salvada, así que me lancé corriendo, o lo más parecido a correr que podía hacer a esas alturas, en dirección al sonido. Tuve que buscarlo con ahínco porque la noche siempre era cerrada bajo el manto de los árboles y la visibilidad prácticamente nula, pero al final di con un pequeño arroyo que transcurría por su cauce transportando agua limpia y fresca.
—¡Gracias, Dios, gracias! —exclamé casi a punto de echarme a llorar cayendo de rodillas al suelo.
Lo primero que hice fue meter la cabeza en ella. No me importaba que estuviera tan helada que parecía cortar, la fiebre me había subido y tenía que bajarla… y luego bebí, bebí como si no hubiera un mañana dando grandes tragos, hasta que estuve tan saciada que creía que podría criar peces en mi estómago. Estaba fresca, y me supo mejor que el manjar más exquisito que nunca probara.
Puede que no fuera una experta en supervivencia, pero sabía que no se debía acampar cerca del agua porque los animales acudían a ella a beber. Sin embargo, una vez descubierto aquel tesoro, no estaba dispuesta a alejarme de él, así que recogí la leña que tenía guardada y monté otra hoguera junto al arroyo, y allí pasé el resto de la noche, que entre la fiebre y los retortijones se me hizo muy larga.
Cuando amaneció por fin me sentía morir. Había tenido la intención de aprovechar el agua que tenía para lavarme un poco, así como las prendas que vestía, pero desperté con tanta fiebre que no me vi capaz de ponerme a ello. Ese día no avancé nada, no sólo porque no quisiera separarme del arroyo, sino porque no creí poder hacerlo. La infección de la pierna estaba alcanzando niveles catastróficos, la congestión no me permitía respirar por la nariz, y después de no haber comido prácticamente nada en tanto tiempo sentía que me faltaban las fuerzas.
Sin embargo, tampoco podía mantenerme ociosa, así que haciendo un esfuerzo sobrehumano lavé por lo menos mi ropa interior y le quité algunas manchas al abrigo. Una serpiente se arrastró entre la hierba en mi dirección mientras frotaba la ropa en el agua, no era muy grande, algo menos de un metro de largo, pero sí bastante gorda. En condiciones normales habría salido espantada al ver un reptil como ese, en especial cuando cabía la posibilidad de que fuera venenoso… pero casi sin darme cuenta comencé a salivar como un perro ante la comida cuando la vi deslizándose sobre la hierba.
La serpiente se detuvo cuando la tenía a dos metros de distancia. Lentamente, para no espantarla, agarré el cuchillo y apreté los dientes dispuesta a lanzarme contra ella.
—No eres más que una culebrilla, ¿verdad? —murmuré moviéndome muy despacio hacia ella—. Una inofensiva culebra que no hace nada, ¿a que sí?
Fue prácticamente un duelo de miradas, y lo gané yo, que estaba mucho más desesperada. En cuanto me abalancé cuchillo en mano contra ella, se dio la vuelta e intentó escapar perdiéndose entre la maleza, pero yo no podía dejar que lo hiciera… logré agarrar su pringosa cola con una mano y le lancé una cuchillada con la otra. No alcancé con ella al ofidio, que no debía ser venenoso porque tan sólo intentaba huir, porque intentó enrollarse sobre sí mismo, pero le tenía atrapado.
Lo levanté en el aire, y sólo entonces comenzó a revolverse y a intentar morderme la mano con la que la sostenía. Lancé otra cuchillada y le hice un profundo corte que no la mató, y al final tuve que dejar que apoyara la cabeza en el suelo para poder pisarle el cuello, o lo que podía llamarse cuello en ese animal. Una vez inmovilizada, le rebané la cabeza y acabé por fin con su vida.
Cansada pero satisfecha, levanté mi trofeo decapitado y lo observé con detenimiento. Allí tenía que haber carne suficiente para un almuerzo fuerte, que era justo lo que necesitaba para reponer fuerzas.
La despellejé, destripé y asé con mi estómago gruñendo de felicidad. No es que un reptil fuera un bocado apetitoso, menos al tener que limpiarlo para cocinarlo yo misma, pero era carne de verdad, carne fresca que necesitaba cuando por fin los efectos de aquel dichoso conejo podrido habían desaparecido.
Cuando la probé, me animó descubrir que no sabía para nada mal. Era como comer carne de pollo, y aunque echaba en falta un poco de sal para darle sabor, acabé engulléndola por completo.
El estómago lleno y agua para dar y regalar era justo lo que necesitaba, y me habría sentido en la gloria de no ser porque a media tarde comenzó a subirme la fiebre.
—Mañana estaré mejor —me prometí a mí misma mientras improvisaba con mi propio sujetador una compresa empapada en agua fría para bajarme la temperatura—. Mañana estaré mejor, y llegaré de una vez a la montaña.
La alta cumbre que era mi objetivo estaba muy cerca, si podía caminar un poco, acabaría encontrándola, y luego por fin de vuelta a la civilización, vuelta a los buenos tiempos, cuando la única preocupación era si los muertos te acabarían matando y comiendo o si los vivos te acabarían violando y matando… ¡cómo los echaba de menos!
Pese al malestar generalizado, tuve fuerzas para encontrar un buen palo y comenzar a tallar con el cuchillo una punta. El arroyo era demasiado pequeño para contener peces, pero si otro animal decidía aparecer por allí quería tener algo más con qué cazarlo.
Sin embargo, cuando la noche llegó ya no estaba en condiciones de cazar nada. Volvía a tener hambre, pero era un hambre más normal, como la que se tiene cuando se ha pasado la hora de cenar, no la agonía famélica anterior a la serpiente. No obstante, el problema más grave fue la fiebre que ni la compresa pudo bajar, y que acabó derivando en una sensación de debilidad muy desagradable.
“No tengo un maldito respiro” me dije al darme cuenta de que no solucionaba un problema cuando ya tenía otro encima.
Volví a no dormir bien, lo que a partir de entonces comenzaría a llamar “dormir normal”, porque ya ni me acordaba de lo que era pasar una noche plácida y del tirón. Me costó quedarme dormida por culpa de la fiebre, y cuando todavía apenas había cerrados los ojos me desperté sobresaltada al escuchar algo grande moverse a mi alrededor.
Me incorporé hasta quedar sentada y tanteé en busca de mi nueva lanza. La hoguera seguía ardiendo, de modo que, tal y como creía, no podía haber dormido demasiado, pero aun así tenía frío, mucho frío, tanto que incluso me entraban temblores, lo que resultaba irónico teniendo en cuenta que también sudaba a chorros.
Volví a escuchar aquello moverse entre la maleza. Por el tamaño, temí que pudiera ser un lobo o un oso, no tenía ni puñetera idea de cuál era la fauna de esa zona y todo era posible… pero la sangre se me heló mucho más de lo que ya estaba cuando distinguí que lo se movía entre los árboles era en realidad una silueta humana.
—¿Quién anda ahí? —pregunté temerosa. Un humano no era algo que me diera miedo a esas alturas, sabía aparentar ser poco peligrosa y luego resultar mortífera, como ciertos imbéciles comprobaron, pero en mi estado no suponía un peligro para nadie, salvo de contagio.
La figura no se movió al escucharme, tan sólo se quedó allí parada mirándome, o creía que mirándome, porque no le podía ver los ojos… la oscuridad lo cubría todo.
—¡No tengo ni comida ni amas, y no sé cómo se sale de este bosque! —exclamé—. ¡Además estoy enferma y llevo dos días cagándome encima, así que no creo que quieras bajarme las bragas! ¡No tengo nada que puedas querer!
Esperaba que, de ser hostil, con eso le hubiera persuadido para dejarme en paz, y si era amistoso, le hubiera dado suficiente pena como para que se parara a ayudarme, algo que no estaba en condiciones de poder rechazar a la ligera.
La silueta eligió dar un paso al frente, y cuando entró en el radio de luz de la hoguera y le vi la cara fui yo quien se arrastró hacia atrás horrorizada.
—Es imposible —balbuceé como una idiota—. Estás… estás muerta.
—¡Estaré lo muerta que me dé la puta gana! —respondió adelantándose hasta la hoguera y sentándose junto a ella con brusquedad para entrar en calor. Érica tenía exactamente el mismo aspecto que presentaba cuando la maté, con sus vendajes ensangrentados cubriendo los disparos que la hirieron incluidos—. Parece que pronto lo vas a estar tú también. Qué putada, ¿verdad?
—¡No es cierto! —le espeté… me sentía mal, eso no podía negarlo, pero sobreviviría, eso era lo único que tenía claro. Pasara lo que pasara viviría, esa era mi voluntad, mi motivación, mi único objetivo—. ¡La única muerta aquí eres tú! ¿Crees que puedes venir a atormentarte, maldita zorra? ¡Intentaste matarme! ¡Jódete y púdrete bajo tierra!
—Como quieras —replicó ella encogiéndose de hombros—. Pero deberías saber que no soy la única que te espera al otro lado, puta, y te vamos a dar una recepción como te mereces cuando vengas con nosotros —añadió antes de desaparecer de mi vista.
Tuve que parpadear un par de veces para asimilar lo que acababa de ocurrir, y me convencí de que sólo había sido un delirio provocado por la fiebre antes de volver a recostarme contra el suelo para intentar seguir durmiendo, aunque ya no pude hacerlo con tranquilidad.
La mañana siguiente fue demoledora… no por el recuerdo de aquella aparición, que con el paso de las horas se fue volviendo tan confuso que terminé pensando que sólo lo había soñado, sino porque mi salud fue a peor. La fiebre me provocaba mareos, sudores fríos y temblores. Sentía frío y calor al mismo tiempo, y por si eso fuera poco, comenzó a crecer en mí una sensación como de estar siendo observada que me tenía muy alterada. A veces me parecía ver sombras moviéndose en el bosque por el rabillo del ojo, pero cuando me volvía lo único que había eran árboles y plantas, aunque la sensación seguía estando muy presente.
Intenté despejarme metiendo la cabeza en el arroyo de agua fresca, algo que no sirvió de mucho. Sabiendo que mi tiempo estaba cada vez más limitado, me forcé a levantarme y caminar… y cuando apoyé la pierna en el suelo casi vi las estrellas. La infección de la herida del muslo había alcanzado niveles grotescos, ya me dolía con sólo mirarla.
Pero no fue el dolor lo que más me preocupó. Si caminaba cojeando, más o menos podía desenvolverme bien. Lo que más me alarmaba era la posibilidad de que la fiebre no estuviera producida por el constipado, sino por la infección de esa herida, en cuyo caso tenía todavía peor cura.
Sabía que necesitaba ayuda médica, ayuda médica profesional, viendo el nivel de asquerosidad que había alcanzado la herida, y en mitad del bosque no iba a encontrarla. Tenía que salir de allí cuanto antes, y la salida ya no estaba lejos, me encontraba muy cerca del pie de la montaña, sólo tenía que realizar un esfuerzo más.
El camino se volvió confuso conforme sentía que la cabeza me iba y me venía. Mis síntomas sólo iban a peor, y llegó un momento en el que ni siquiera sabía hacia dónde me estaba dirigiendo, por lo que necesité detenerme y tratar de aclarar mis pensamientos para recordar que quería subir la montaña, aunque una cuesta arriba en esos momentos fuera poco menos que una tortura.
—¿Qué quieres? —pregunté en voz alta—. ¡Déjame en paz!
Intenté espantarle dando manotazos al aire… pero allí no había nadie. No sabía a quién había intentado ahuyentar, pero ya no estaba allí.
—Se me va la cabeza. —murmuré limpiándome con la manga del abrigo el pegajoso sudor de la frente.
—Eso no es algo nuevo. —replicó una grave voz masculina a mi espalda.
Óscar, el sectario de Santa Mónica que maté a puñaladas, se acercó a mí con su cara de pánfilo y sus cuchilladas abiertas y sangrantes aún en el cuerpo. Le miré detenerse a mi lado con la boca abierta, no por la impresión de verle allí, sino para poder respirar por culpa del taponamiento de nariz que sufría… por raro que sonara, mi mente no parecía tener ningún problema en asumir que ese hombre muerto estuviera delante de mí. Un cerebro sobrecalentado por la fiebre no era el más racional del mundo después de todo.
—¿No lo recuerdas? —me preguntó dirigiéndome una mirada acusadora—. Me mataste sin ningún motivo, yo sólo fui amable contigo, quise ayudarte a ti y a tu grupo.
—No eran mi grupo —le espeté—. Nunca lo fueron, me despreciaban.
—Sí, pero no tanto como tú a ellos —afirmó—. Hiciste lo mismo con mi gente: te uniste a nosotros, pero en realidad nos despreciabas. ¿Por qué te empeñas en unirte a gente que desprecias?
—Os necesitaba para sobrevivir —contesté. No sabía por qué, pero sentía la imperiosa necesidad de hablar con aquella aparición, aunque no me gustara lo que dijera—. Lo de tu gente no debió pasar, la cosa se me fue de las manos… sólo quería que no me despreciaran también.
—Tal vez —concedió—. Pero tú nos despreciabas hasta el punto que no sentiste ningún remordimiento a la hora de matarme. Para ti sólo era un sectario estúpido y bobalicón cuya vida no valía nada.
No supe qué responder a eso. Tenía toda la razón.
—¿Sabes lo que creo? —continuó—. Que ese desprecio en realidad es sólo una forma de proyección. Los desprecias de manera preventiva, porque así crees que correspondes el sentimiento que crees que mereces por todo lo que has hecho.
—¡Qué estupidez! —repliqué con desdén.
—¿Tú crees? —inquirió alzando una ceja—. Yo creo que es tu conciencia la que te hace sentir así. Sabes que has cometido atrocidades que no merecen el perdón, que están más allá de la redención… por eso, en el fondo, sabes que lo que te está pasando ahora es merecido.
—¡Largate! —bramé al sentir crecer la ira dentro de mí—. ¡Vete, fuera!
La figura de Óscar se encogió de hombros con indiferencia y se difuminó hasta desaparecer. Necesité un par de segundos para, de nuevo en mi ser, darme cuenta de que todo había sido algún tipo de alucinación, como lo de Érica la noche anterior.
Continué adelante tratando de ignorar las apariciones a las que mi mente me sometía con no sabía qué oscuro propósito. No podía preocuparme por eso en aquellos momentos, donde lo único importante era forzarme a dar un paso más para seguir avanzando. Cuando la pendiente comenzó a pronunciarse, y caminar requirió un esfuerzo todavía mayor, comencé a echar de menos el arroyo y las sabrosas serpientes que pudiera haber en él. Tenía la boca seca como si hubiera estado comiendo cenizas, y notaba humedad en la parte del pantalón pegada a la herida infectada, señal de que mi cuerpo debía estar supurando algún líquido repugnante a través de ella.
—Sólo un poco más —me dije tratando de infundirme ánimos, aunque éstos cada vez tenían menos efecto en mí—. Sólo un poco más…
—Óscar se equivoca, tú no tienes conciencia. —exclamó una irritante y aguda voz de mujer.
Alarmada, me detuve y miré a mi alrededor buscando su origen, pero sólo localicé a la persona que la producía cuando volví la vista al frente de nuevo… estaba allí, junto a mí, y tenía un aspecto horrible.
No podía negar que Raquel había sido una chica mona, el sueño de cualquier adolescente onanista, como su novio, pero la muerte no le había sentado nada bien, y al verla con profundas laceraciones en rostro y cuerpo, así como la ropa quemada y hecha jirones, no pude evitar dar un paso atrás asustada.
—Tú ni siquiera sabes lo que es la conciencia. —me espetó frunciéndome el ceño.
—¡Apártate de mí! —exclamé haciéndome a un lado para esquivarla y seguir mi camino. No iba a dejar que cada puto idiota que había muerto por mi culpa me acosara. Si los había matado era para que dejaran de molestar.
Sin embargo, de detrás de un árbol surgió Aitor, que al igual que Raquel presentaba un aspecto lamentable, con el rostro quemado y su uniforme militar convertido en auténticos harapos. En su estómago todavía conservaba la puñalada que le di para evitar que escapara de los sectarios.
—¿Por qué nos hiciste esto? —me preguntó interponiéndose en mi camino—. ¿Qué necesidad había?
No respondí, me aparté de él y traté de seguir caminando montaña arriba… pero ella me estaba esperando detrás de una roca.
—No tenías que hacer nada, pudiste dejar que nos marcháramos —me increpó—. No ganabas nada, lo hiciste sólo porque eres una zorra sin conciencia.
—Y una asesina. —añadió Aitor posicionándose a su lado.
—¡Dejadme en paz de una puta vez! —grité al borde de un ataque de histeria. Quise pasar de largo una vez más, pero al cruzarme con Aitor, me puso la zancadilla y acabé precipitándome al suelo.
Me golpeé dolorosamente la barbilla con una piedra al caer, también me raspé las manos y mi pantalón se rasgó desde el tobillo hasta la rodilla. Al notar líquido en la boca, escupí al suelo saliva pastosa mezclada con algo de sangre, pero cuando volvía a sentir la boca ensangrentada tragué… aquello era lo más parecido al agua que bebía en todo el día.
Logré incorporarme con torpeza, y para mi sorpresa, tanto Raquel como Aitor seguían allí, mirándome con desprecio.
—¡Que os jodan! —bramé—. ¡Que os jodan a los dos!
Comencé a correr montaña arriba empleando todas las fuerzas que me restaban para huir de ellos, pero apenas había avanzado unos pocos metros cuando cinco pequeñas figuras se materializaron frente a mí. Eran los niños del colegio, y los cinco lucían en sus cabezas ensangrentadas los disparos con los que les ejecuté.
Les esquivé y seguí corriendo mientras sentía cómo los ojos se me llenaban de lágrimas. ¿Cuánto más iba a durar ese acoso? La parte superior de la montaña estaba al alcance de mi mano, pero esas siniestras apariciones parecían hacer todo lo posible por entorpecerme el camino.
—¿Crees que mereces salir de aquí? —me preguntó Jesús, el planificador de la comunidad de Santa Mónica, un hombre que en vida fue menudo y más bien tirando a cobarde, y que pese a eso me miraba desafiante—. Tú sólo mereces morir en este bosque.
—Con sufrimiento —añadió Veltrán, el hombre que dirigía esa misma comunidad—. Habiendo perdido la cabeza como la estás perdiendo y acosada por tus fantasmas. Tal vez así todos tus crímenes se vean compensados.
—Sería lo justo —afirmó la propia Santa Mónica, que con una capa roja y un báculo con una cabeza de resucitado clavada en él se materializó junto a los dos hombres—. ¿No te parece?
Intenté balbucear unas palabras, pero no pude, así que me limité a seguir corriendo montaña arriba hasta que los árboles desaparecieron y por fin pude ver lo que había más allá de ella.
—¡No! —exclamé cayendo de rodillas y llevándome las manos a la cabeza, completamente desesperada—. ¡No, no, no…!
Bosque, lo único que me rodeaba era más y más bosque hasta donde alcanzaba la vista. Más allá de esa cumbre no había nada, sólo naturaleza virgen, y probablemente mi muerte.
—¡No! —repetí una vez más gastando mis últimas reservas de agua en las lágrimas que comenzaron a brotar de mis ojos—. ¡La culpa es vuestra! —bramé volviéndome hacia las apariciones, que convenientemente habían desaparecido—. ¡Todo esto es por vuestra culpa! ¡Si no…! ¡Si no…!
No supe cómo terminar la frase, y tirándome de los pelos me tumbé en el suelo con ganas de revolverme, sollozar, suplicar o lo que fuera, ni yo lo sabía… pero entonces miré hacia arriba y lo vi, y cuando lo hice, sólo pude echarme a temblar.
No sabía si era Dios, un espíritu de la montaña o el ideal de justicia encarnado, pero la formación rocosa que componía la cima de la montaña en la que me encontraba se transformó en un rostro que me miraba desde lo alto con dureza, y ante semejante manifestación no alcancé a incorporarme, sólo a abrir la boca y balbucear sin poder creer lo que estaba viendo.
La mirada de aquella entidad penetró en mí y me rompió por dentro en mil pedazos. Con ella no había secretos, no había excusas ni mentiras que me hicieran sentir mejor… sólo valía la verdad, y esa verdad me hacía sentir desnuda y vulnerable, porque era una verdad terrible: me había convertido en un monstruo asesino.
—Te crees muy lista, pero eres incapaz de pensar —dijo Maite, que apareció acuclillada a mi lado para poner punto y final a esa historia—. Eres incapaz de pensar en las consecuencias de tus actos, y por eso te has convertido en un monstruo. Mientes, asesinas y manipulas de forma mezquina para que otros hagan lo mismo por ti, ¿creías que eso no tenía un precio? ¿Creías que el universo no haría justicia contigo?
Me incorporé dispuesta a huir de esa maldita mujer lo más rápido que pudiera. Ella era la única persona a la que no quería ver, era la única que me caló desde el principio… era la única que me daba miedo.
—¿Dónde te crees que vas? —rugió antes de agarrarme del cuello y lanzarme de nuevo al suelo con una fuerza irresistible—. Es hora de que pagues por todo el mal que has hecho, ¿crees que puedes escapar de mí?
No sabía si podía, pero lo intenté, tenía que intentarlo, así que me incorporé otra vez y salí corriendo montaña abajo… tenía que alejarme de aquella mujer, y también de aquel ser de piedra que no dejaba de mirarme.
—¡Vuelve aquí! Todavía no he acabado contigo. —exclamó empujándome de nuevo y lanzándome contra el suelo. Rodé sobre unas piedras haciéndome trizas la espalda, y para cuando salí del aturdimiento que eso me produjo ya tenía a Maite encima, agarrándome del cuello.
—¡Si! ¡Soy un monstruo asesino! ¿Y qué? ¡No me arrepiento de nada, de nada! —le escupí, a lo que ella respondió dándome un puñetazo en la cara, acompañado de un segundo, y luego de un tercero.
Por un segundo perdí la consciencia. Sólo podía ver estrellas blancas brillando frente a mis ojos, y tardé un buen rato en recuperarme y darme cuenta de que seguía tirada en el suelo, junto a unos árboles y sobre una piedra, con el cuerpo magullado hasta el último músculo además de todos los síntomas anteriores que ya arrastraba por diversas causas.
Maite no estaba allí, y la cima de la montaña volvía a ser sólo un conglomerado de tierra y rocas, pero aun así, con la aparición que acababa de sufrir todavía muy presente, me incorporé entre dolores y me alejé cojeando del lugar, aunque no sabía a dónde.
Estaba perdida en mitad de un bosque inmenso, y no iba a sobrevivir mucho más tiempo. No sabía si por la pulmonía que incubaba, la infección que me enfermaba, la inanición o el zorro que volviera a por mí buscando venganza, pero iba a morir. Maite tenía razón, el fantasma de la montaña lo había visto en mi alma y conocía la verdad: todo el mal que había hecho lo iba a pagar con mi vida. Para eso el destino me había llevado a ese bosque maldito, para hacerme sufrir y devolver la justicia al universo.
Nunca creí que existiera algo así como una fuerza que pusiera a cada uno en su sitio, y quizá por eso, en mi arrogancia, me había creído que saldría impune, o incluso beneficiada, de todas las atrocidades que había cometido. Nada más lejos de la realidad al parecer.
Aun así, seguí adelante. No podía rendirme, si tenía que enfrentar mi voluntad contra la del cosmos, que así fuera… sobrevivir seguía siendo mi única motivación, lo último que me quedaba en la vida, y no iba a sucumbir sin luchar.
Cada paso se convirtió en una tortura, pero bajé la montaña y volví a pisar terreno llano cuando caía la tarde. Haciendo acopio de fuerzas, levanté una pesada roca en una zona húmeda y me encontré con un hormiguero lleno de diminutas hormigas, que se revolvieron cuando su hogar se vio expuesto. Sin ningún tapujo, comencé a comerme las pequeñas larvas blancas que dejé al descubierto.
Estaba segura que algún país de mierda del mundo aquello debía ser un manjar, aunque para mí sólo fue algo que acabé vomitando minutos más tarde. Después de hacerlo quedé postrada junto a un tronco, y en algún momento debí dormirme, porque cuando quise darme cuenta ya era de noche.
No había hecho fuego, pero tampoco tenía fuerzas para levantarme. Todo el cuerpo me dolía, en especial la herida infectada, y casi me convencí a mí misma de que aquél sería mi lecho de muerte. Mi fuerza de voluntad tenía sus límites, y al parecer había llegado a él, ya no valía el orgullo o la arrogancia, la montaña había visto la verdad bajo la piel y no podría burlarla así.
—Lo siento —susurré con los labios resecos por la sed—. Lo hice mal, lo hice todo mal desde el principio. “Charli” y el otro tipo, los niños, Érica, Óscar, Aitor y Raquel, la gente de la comunidad… me equivoqué, y lo siento.
No me quedaban ni lágrimas para llorar, pero tampoco habría servido de nada porque las lágrimas sólo eran apariencia, y la época de las apariencias había pasado. Sólo estábamos la montaña y yo.
—He aprendido la lección, lo juro —exclamé suplicante dirigiendo mi vista al cielo—. Una oportunidad, sólo pido eso, una oportunidad lejos de toda la gente a la que he hecho mal. Déjame salir de aquí y juro que cambiaré, me comportaré como una persona civilizada haría… lo juro…
Pero ni siquiera los fantasmas que me perseguían se dignaron a aparecer. ¿Para qué? Estaba a punto de reunirme con ellos, y como había dicho Érica, me tenían preparada una recepción que no podría olvidar… ya había tenido un pequeño adelanto de ella.
Dicen que antes de morir se siente un subidón de fuerza, que el cerebro descarga adrenalina para permitirte despedirte de los tuyos en condiciones antes de desaparecer para siempre, y eso fue lo que debí sentir al amanecer del quinto día, porque alcancé a ponerme en pie de nuevo y comenzar a caminar… o tal vez se debiera a que ya me había acostumbrado al sufrimiento y empezaba a llevarlo mejor.
Hambrienta, mugrosa, herida, febril y destrozada física y psicológicamente, el guiñapo en el que me había convertido caminó sin saber en qué dirección dirigirse.
No supe cuánto tiempo permanecí así, pero llegado cierto momento la densidad de árboles se volvió mucho mayor, hasta el punto de que se me hizo difícil seguir caminando, y luego di con un claro… no un claro cualquiera, el suelo de ese claro extrañamente alargado era plano, liso y gris oscuro.
“Una carretera” me dije, y conforme esa idea fue penetrando en mi cerebro sentí crecer la euforia en mí, y con ello también fui recuperando la lucidez, porque una carretera significa que estaba salvada.
Miré con ansiedad en ambas direcciones buscando hacia qué lugar se encontraba la salida de aquella sierra, y aunque no pude verla, seguí el camino en la dirección en que bajaba.
—¡Gracias! —exclamé volviendo la mirada hacia la cumbre de la montaña que había dejado atrás—. ¡Gracias!
Todavía tuve que caminar durante unas cuantas horas, pero físicamente lo soporté porque había recuperado la motivación: no me habría sacado de allí para dejarme caer en mitad de una carretera, eso no tendría sentido, de modo que iba a vivir. La montaña así lo quería.
Por culpa de mi estado apenas era consciente del entorno que me rodeaba, y por eso tardé en darme cuenta de que había alcanzado el límite de la sierra. A partir de allí el terreno montañoso quedaba atrás, y al frente tan sólo había una llanura infinita.
Vislumbré un par de siluetas humanas de pie sobre la carretera a penas cien metros. No sabía si eran personas de verdad o algún otro fantasma que había acudido para atormentarme, pero no tuve tiempo para descubrirlo porque, antes de poder dar un paso más, las fuerzas me abandonaron del todo y acabé desmayándome sobre el asfalto.



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