domingo, 21 de junio de 2015

ORÍGENES: Capítulo 31: Irene



CAPÍTULO 31: IRENE


El tiempo no hacía más que mejorar conforme las semanas pasaban, y para cuando ya se habían cumplido los dos meses desde que llegué al parador, más o menos a mitad de Abril, se podía dormir perfectamente con una sábana y una manta no muy gruesa. Vivir en la sierra siempre hacía que el frío fuera mayor que metros más abajo, pero aun así, el tiempo de los abrigos y los edredones había acabado, y pronto nos estaríamos quejando del calor.
De hecho, como el aumento de las temperaturas no hacía más que revolucionar a todos los insectos de la zona, podía comenzar a quejarme ya. Hormigas, polillas, mosquitos y toda clase de bichos se estaban convirtiendo en una auténtica plaga. La naturaleza, en ausencia de una humanidad que pudiera imponerse a ella, recuperaba lo que era suyo poco a poco.
Pero en realidad, si me quejaba de un problema tan nimio como el de los insectos era sólo porque no tenía nada más de qué hacerlo. La vida fuera del parador se había convertido a esas alturas en un mal recuerdo, uno que bien podría pertenecer en realidad a una mujer distinta a mí. Todo me iba bien, y ni siquiera el sonido de la lámpara de la mesita de noche cayéndose al suelo, que me despertó sobresaltada, pudo cambiar mi humor.
—Perdón. —se disculpó Héctor antes de agacharse a recogerla del suelo y volver a colocarla en su sitio—. Le he dado sin querer, ¿te he despertado?
—Sí —gruñí desperezándome y dando un bostezo tan profundo que casi se me desencaja la mandíbula—. ¿Qué haces?
—Me estaba vistiendo —contestó—. Tengo que salir a montar guardia.
—Todavía es muy temprano. —protesté al ver por la ventana que el sol apenas había salido. No debían ser ni las siete de la mañana, aunque las horas del día habían dejado de importar hacía mucho tiempo.
—Ya lo sé, pero se la cambié ayer a César con la que tenía que hacer por la tarde —me explicó—. Nunca le ha gustado madrugar.
—No es el único. —rezongué arrebujándome de nuevo bajo las sábanas. Estaba tan cómoda que no habría podido sacarme de allí ni un camión.
—Ya lo sé, cariño, no quería despertarte —me aseguró—. ¿Te bajo la persiana? La dejé subida para que me despertara la luz, pero si te molesta…
—Sí, por favor. —le rogué.
Lo hizo, y cuando la habitación estuvo a oscuras, se acercó a la cama y se agachó para darme un beso en la cabeza.
—Me voy ya, sigue durmiendo tranquila. —dijo.
Desde luego eso pensaba hacer, y eso hice en cuanto se marchó… sin embargo, tan sólo conseguí amodorrarme un par de minutos antes de que alguien llamara muy bajito a la puerta de la habitación.
“Se ha dejado la llave” pensé con fastidio. Con el rollo de la lámpara, al final Héctor no había cogido la llave de la habitación, y había vuelto para recogerla.
—Ya voy… —rumié sin ninguna gana de levantarme. No llevaba nada de ropa, y estaba demasiado oscuro para buscarla, de modo que como había confianza me enrollé la sábana alrededor del cuerpo y me acerqué a abrir—. Menuda cabeza que tienes por las mañanas…
Pero cuando giré el pomo y abrí, a quien me encontré frente a mí no fue a Héctor, sino a su hermano, que sin mediar palabra se coló en la habitación y volvió a cerrar la puerta.
—¿Qué haces? —exclamé alarmada. ¿Acaso se había vuelto loco?— Como te haya visto alguien…
—Nadie me ha visto —aseguró agarrándome de la cintura y atrayéndome hacia él—. Todos están durmiendo, y Héctor está arriba.
Definitivamente estaba loco, ¿cómo se le ocurría colarse en mi habitación de esa manera? Si su hermano decidía volver, o si Marga y su madre, que dormían en el mismo piso, le llegaban a ver hacerlo…
—¿Qué quieres? —le pregunté tratando de cubrirme los hombros con la sábana para no sentirme tan expuesta a su mirada. Ya sabía lo que quería, y era una estupidez que lo quisiera en ese momento.
—¿Tú qué crees que quiero? —replicó él lanzándose a besarme, pero aparté la cabeza para que no pudiera hacerlo.
—¿Haciendo esto? Que nos pillen, sin duda —le espeté—. ¿Te parece normal colarte aquí un segundo después de que Héctor se vaya? ¡Todos dormimos en este piso!
—Ya lo sé, anoche os escuché —dijo notablemente molesto—. Sé distinguir muy bien cuando finges, y conmigo no has tenido que hacerlo nunca.
Di gracias a que estuviera lo bastante oscuro como para que no se diera cuenta de que me había sonrojado. No es que Héctor fuera un mal amante, al contrario, pero tenía que admitir que César era mejor, o al menos los dos éramos más compatibles, y en los últimos tiempos, cuando estaba con Héctor, era incapaz de terminar en condiciones.
—Eres un puto engreído —gruñí desembarazándome de él por fin y dándole la espalda, pero no se rindió tan fácilmente, y con un tirón de la sábana que me cubría consiguió que ésta se me cayera—. ¡Cesar!
—Admite que te encanta que sea un engreído. —me susurró al oído después de lanzarse contra mí y comenzar a acariciarme los hombros.
Sí que me encantaba, era el rasgo que más le diferenciaba de Héctor, siempre tan correcto y formal. César tenía un punto canalla que últimamente se me hacía irresistible, y por eso al final terminaba consiguiendo lo que quería.
Todo comenzó con lo que pasó en la caravana. Me engañé diciéndome que había sido un error, un desliz por mi parte que no volvería a pasar jamás… no podía haber estado más equivocada. Volvió a pasar, y más de una vez. César estaba loco por mí, mucho más de lo que su hermano había estado nunca, y no iba a rendirse. Y a mí cada vez me gustaba más él, me gustaba su manera de idolatrarme, de desearme, de querer estar conmigo pasando incluso por encima de su propio hermano.
Toda aquella situación me hacía sentir dudas, por supuesto. No es que Héctor hubiera dejado de gustarme, de ser así, me habría limitado a romper con él… simplemente eran dos amores distintos. Él era el bueno, el correcto, el amable, la buena influencia que necesitaba cuando llegué al parador para salir del oscuro agujero en el que estaba metida, y cualquier posibilidad de redención que pudiera tener como persona se la debía a él, a sus cuidados, su caballerosidad y sus atenciones. César, sin embargo, representaba una relación mucho menos adulta, basada más en el deseo y la pasión, una relación que podía volver a tener después de convertirme de nuevo en una persona civilizada, una que no nos comprometía a nada más que el placer mutuo, y que por tanto me exigía mucho menos.
Y en esa zozobra sentimental mi velero iba esquivando las olas, que se traducían en culpabilidad por estar engañando a Héctor y miedo a que pudieran descubrirnos, con las terribles consecuencias que ello tendría.
No quería hacer daño a nadie, sólo buscaba un poco de felicidad, y la encontraba por igual charlando de banalidades con Héctor acurrucados en un sillón de la sala de estar como revolcándome junto al arroyo con César, lejos de las miradas de cualquiera. Sumida en una estupidez complaciente, prefería no pensar en lo insostenible que era esa situación que había creado casi sin querer, y en que el tiempo sólo hacía que fuera a peor.
“Cuán fácil sería si pudiera tenerlos a ambos” pensé mordiéndome el labio inferior mientras las manos de César comenzaron a hacer su juego en mi cuerpo. El mundo había cambiado, las antiguas reglas ya no contaban para nada, y estaba segura de que, de no haber estado por medio tanto la madre como otra hermana, podría haberles convencido a ambos para que aceptaran ese trío. A fin de cuentas, tampoco es como si tuvieran más mujeres entre las que elegir.
Pero no podía ser, y aunque sus caricias conseguían que mi cuerpo débil se sintiera tentado, me pareció un poco excesivo que acabáramos fornicando como dos adolescentes en celo sobre la misma cama en la que dormía con su hermano.
—No, déjame —le pedí apartando sus manos de mi antes de recuperar la sábana y cubrirme de nuevo con ella. La mirada de decepción en su rostro me hizo sentir un poco culpable, a fin de cuentas, era yo quien había provocado esa situación, así que me pareció oportuno darle más explicaciones—. Es una falta de respeto, César. En esta cama, en este dormitorio… además, alguien podría oírnos, o Héctor podría volver.
—Está bien, como quieras —dijo levantando una mano en señal de que no necesitaba más explicaciones—. Será mejor que me vaya entonces.
Me sentí muy mal viéndole caminar hacia la puerta como si se acabara de llevar un mazazo terrible. Héctor seguía siendo mi pareja, y bastante mal le estaba haciendo ya como para encima participar de las fantasías de jugar en el campo de su hermano que tenía César, pero al mismo tiempo entendía lo duro que tenía resultarle a él ver cómo precisamente en esa habitación su hermano se acostaba con la mujer que quería.
—Espera —le llamé cuando ya tenía la mano en el pomo—. Si quieres, podemos sentarnos un rato en la cama y hablar.
Me lanzó una mirada desde la puerta en la que me pareció ver reflejado cierto desdén que no me gustó nada.
—Para eso ya tienes a mi hermano, ¿no? —exclamó abriéndola con brusquedad, y sin decir más, se marchó dejándome con la palabra en la boca.
 “Será gilipollas” pensé con rabia tirando las sábanas de la cama al suelo de una patada.
Tal vez me lo mereciera un poco, no iba a discutirlo; era yo la que me desenfrenaba con él, pero luego seguía junto a su hermano. Debía sentirse de forma parecida a cómo me sentía yo en ese momento cada vez que nos veía a Héctor y a mí besándonos, cogiéndonos de la mano o simplemente tonteando. Pero aunque así fuera, ese comportamiento conmigo estaba de más.
Ya no me sentía con ganas de intentar dormir de nuevo, de modo que subí la persiana para dejar pasar la luz del sol a la habitación y me dirigí al cuarto de baño con la intención de acicalarme un poco y vestirme. Si de algo no podía quejarme era de que, gracias a que aquel parador no dejaba de ser como un hotel, tenía a mi disposición un surtido infinito de toda clase de productos de higiene para mantenerme aseada, e incluso artículos de belleza como cremas hidratantes y mascarillas para cuidarme un poco. En primavera lo noté menos, pero con lo que se me secaba la piel en invierno fue todo un alivio contar con todo eso.
Cuando salí de la habitación ya era pleno día. Tenía un poco de sueño por haber madrugado, y también debido al hecho de que los días se hacían poco a poco más largos, y por tanto las horas de oscuridad eran menos, pero lo solucionaría con una siesta. Aquel día me tocaba montar guardia ya bien entrada la tarde, de modo que tenía tiempo de sobra.
Llegué al comedor y me encontré tan sólo con Marga y Guille allí. Héctor todavía vigilaba desde el ático, y Angelines debía estar esperando que él fuera a ayudarla a levantarse, como cada mañana. César no tenía la menor idea de dónde podría estar, pero esperaba que no estuviera demasiado enfadado conmigo.
—Buenos días. —saludé a mis dos únicos acompañantes antes de sentarme en un sillón con ellos.
—No del todo. —replicó Marga, que no traía buena cara.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté preocupada. Estaba muy pálida y se encogía como si le doliera el estómago.
—Creo que la cena de anoche no me sentó del todo bien. —confesó arrugando el gesto.
La comida había empezado a convertirse en un problema urgente en los últimos días. Tras dos meses viviendo allí, prácticamente habíamos acabado con todo. Todavía teníamos para al menos semana o semana y media, pero el fantasma de la desaparición de la última lata pendía sobre nuestras cabezas… y lo que nos quedaba tampoco era lo que se encontraba en mejores condiciones.
Algunos productos sencillamente habían caducado, fueron comprados como muy tarde en diciembre del año anterior y estábamos ya en Abril, de modo que era natural. Otros habían comenzado a estropearse por la llegada del calor y la falta de refrigeración, un problema que tenía muy mala solución, a decir verdad. Tratábamos de comer lo que veíamos que podía estropearse, pero a veces no llegábamos del todo a tiempo, y la noche anterior fue una de esas ocasiones.
Nadie más parecía haber dado síntomas, desde luego ni Héctor, ni César, ni yo, pero Marga tenía un estómago más sensible, y no era raro que algunas comidas no le sentaran del todo bien.
—Había pastillas para eso en el botiquín del restaurante, ¿no? —inquirí. No era la primera vez que tenía que hacer uso de ellas. Incluso yo las había usado una vez, y fueron mano de santo.
—Se gastaron —afirmó—. Menuda nochecita he pasado, pero ahora me siento peor… en fin, no es nada, se me acabará pasando.
Asentí con la cabeza. Una indigestión no había matado a nadie, así que no era preocupante. Lo que sí lo era para mí fue la ausencia de César, que no se dignó a aparecer en toda la mañana. Ni siquiera cuando Héctor, acabada su guardia, bajó llevando del brazo a su madre para que desayunara.
“No quiere ni verme” deduje con no muchas posibilidades de estar equivocada. El desayuno junto a la hoguera, aunque por el cambio de estación la hoguera hubiera desaparecido la mayor parte de las ocasiones, era casi un ritual sagrado entre nosotros.
—¿Y César? —preguntó Héctor agarrando unas latas que había traído desde el restaurante para comenzar el desayuno.
—Creo que tampoco se sentía muy bien. —le disculpé yo mintiendo miserablemente, aunque en cierto modo tampoco era una mentira.
—Sí, la de anoche fue una cena pesada de verdad —asintió antes de ponerse a luchar por abrir su lata de alubias—. Bueno, y hablando de otra cosa, ¿os podéis creer que llevemos desde enero sin ver a nadie…? Menos a ti, cariño.
—Mejor solos que mal acompañados. —replicó Angelines por lo bajo, dirigiéndome al mismo tiempo una de sus habituales miradas de desagrado, como si quisiera dejar claro que la indirecta iba dirigida a mí.
Ya me había acostumbrado a ese tipo de puyas, y las ignoraba con una maestría que seguramente su hija envidiaba, porque ella era, junto a César, el segundo blanco favorito de sus ataques. Le encantaba recordarle cómo se fue de casa y volvió con el rabo entre las piernas y un bombo, y que fuera ella quien mantuviera con su dinero a ese hijo bastardo. A César sólo le ponía a parir comparándole constantemente con su hermano, ese ojito derecho suyo cuya única falta en la vida era haberse liado conmigo.
—¡No diga eso, madre! —exclamó Héctor—. Estar aquí tan solos es una de las cosas que más me deprimen de todo lo que ha pasado. Empiezo a pensar que no queda nadie vivo allí fuera.
—Ella tiene razón —intervine yo para, con todo el dolor de mi corazón, apoyar a Angelines—. Sí hay gente viva, pero buena parte de ella no es buena, la mayoría son incluso peligrosos, así que estamos mejor solos.
Podían parecer las palabras de una experta en el mundo exterior, pero lo cierto es que no tenía ni idea de cómo evolucionaba la situación ahí fuera. ¿Seguirían los humanos muriendo a manos de los muertos o de otros humanos de manera constante, como cuando yo estaba allí? ¿Se estarían organizando en comunidades o incluso un frente común? ¿Se estarían matando entre grupo rivales, luchando por los pocos recursos libres de los muertos vivientes? ¿Estarían todos muertos…? No tenía forma de saberlo, y eso me resultaba frustrante porque, o mucho me equivocaba, o más pronto que tarde tendríamos que aventurarnos fuera nosotros también.
Sólo de pensar en volver me hacía sentir escalofríos, aunque quien se estremecía de verdad era Marga, que al final se rindió ante la indigestión que estaba sufriendo.
—No puedo más con esto, voy a mi cuarto a tumbarme un rato —anunció poniéndose en pie—. ¿Podéis echarle un ojo a Guille?
—Tiene un hijo por tonta y luego no sabe qué hacer con él… menuda madre. —murmuró por lo bajo Angelines, pero por una vez Marga no estaba en condiciones de sentirse ofendida.
—Tranquila, tú descansa —le dije yo antes de volverme hacia el niño—. ¿Te quedas con la tita Irene esta mañana y dejas descansar a mamá?
—¡Vale! —exclamó él entusiasmado.
El gesto de odio de Angelines al escuchar lo de “tita Irene” hizo que mereciera la pena aguantarla el resto de la mañana, que no la pasó del mejor humor posible a raíz de aquello, y no dudó en lanzarme alguna que otra indirecta hiriente más.
Cuando terminamos de desayunar y Héctor la ayudó a volver a su habitación, salí con Guille al aparcamiento para que le diera el aire y estirara las piernas un poco. Allí se encontraba nuestra autocaravana, el vehículo que un mes atrás habíamos limpiado y adecentado por si alguna vez teníamos que abandonar el parador. Con aquel momento cada vez más cerca, no pude evitar sentir un poco de aprensión al verla allí, casi amenazando con quitarnos nuestro hogar para convertirse ella en el nuevo.
—¿Puedo jugar dentro? —me preguntó Guille señalándola. Al parecer no había visto una caravana en su vida antes de ese momento, y le gustaba eso de que todo lo necesario en una casa cupiera en un espacio tan pequeño.
Envidié esa inocencia infantil. Cuando lleváramos días y días los seis allí hacinados acabaríamos deseando que un tráiler se la llevara por delante.
—No, ya habrá tiempo de echar de menos el aire libre más adelante —respondí—. Además, ¿vas a hacer tú las camas si las deshaces, como siempre?
Con una negativa como respuesta, puso la misma cara que su tío unas horas antes al conseguir de mí tan sólo un “no” descorazonador, y se entretuvo como solía hacer siempre: empleando las cosas del hotel como si fueran juguetes.
Verle jugar así siempre me hacía recordar a los niños del colegio, que también se entretenían con los pocos juguetes de que disponían y dibujando con ceras de colores. No me gustaba pensar en ellos, ya no eran parte de mi vida, yo era otra persona distinta a esa mujer que acabó perdiendo la cabeza y jamás sería otra vez la misma. Pero la verdad era que el tiempo que pasé cuidando de ellos, al menos hasta que tuve que matar gente para alimentarnos, me reconciliaba un poco conmigo misma. En mi vida habitual no fui una persona especialmente solidaria o entregada a los demás, y ese acto desprendido de quedarme cuidándoles fue lo que me demostró que, bajo la psicópata en la que me convertí, había una persona decente que merecía vivir.
Unos minutos más tarde, Héctor salió fuera también, y lo hizo acompañado de Marga, que seguía con mala cara y que se sentó en una pequeña banqueta junto a la puerta principal. Llamé a Guille y los dos nos acercamos juntos a ver cómo seguía.
—Igual —dijo después de que le preguntara—. He salido a que me dé un poco el fresco porque dentro me agobiaba.
Que no se le hubiera pasado todavía comenzó a preocuparme. No porque pudiera tener algo grave en ese momento, sino porque la cosa fuera a peor. No teníamos médicos, ni nada remotamente parecido siquiera, de modo que, si empezaba a manifestar otros síntomas, como fiebre o vómitos, podíamos acabar con un problema de verdad entre manos.
Dejé a Guille apoyando a su madre y me hice a un lado con Héctor.
—Tal vez deberíamos volver abajo. —le sugerí.
Con “abajo” me refería al grupito de casas del cruce que se encontraba a un par de kilómetros del parador. Entre ellas, además de un restaurante había una pequeña farmacia, que sin duda tendría todo lo que pudiéramos necesitar no sólo para la indigestión de Marga, sino también para tratar cualquier enfermedad o herida que sufriéramos cuando nos tocara salir de allí.
—¿Volver? —replicó no muy convencido. A lo largo del mes habíamos bajado varias veces para saquear toda la comida que pudiera quedar, y siempre nos encontrábamos con algún muerto viviente nuevo que se paseaba entre las casas, de modo que nunca era una visita agradable—. ¿Tan grave te parece la cosa?
—No sé si es grave, pero no quiero que se vuelva grave —argüí—. Mejor prevenir que curar, aunque no sé si eso es aplicable a este caso.
—Vale, pero no creo que sea buena idea dejarla sola —dijo él rascándose la barbilla pensativo—. ¿Y si necesita ayuda? Mi madre no está en condiciones de hacerlo.
—Que se encargue tu hermano. —sugerí sin entender cuál era el problema.
—No sé yo si César… —titubeó, y como respuesta fruncí el ceño.
—No es tan inútil como tu madre dice —le defendí. Si esa familia supiera el daño que le hacía con esa actitud la abandonarían de inmediato, pero los hermanos, incluso Marga, tenían las enseñanzas de Angelines demasiado metidas en la cabeza—. Y tampoco es como si fuera a pasar algo…
Me interrumpí cuando vi salir precisamente a César por la puerta. Traía una cara de orgullosa indiferencia con la que, me imaginaba, pretendía minarme la moral y hacerme creer que lo de aquella mañana no le había afectado, cuando no era más que un síntoma de todo lo contrario.
Sin embargo, Héctor, ajeno a aquella riña, vio en él la solución al dilema.
—Podéis bajar los dos —resolvió con satisfacción—. Yo me quedaré aquí, cuidando de ella y de madre. Ya lo habéis hecho antes, ¿no? Y la cosa ha ido bien.
—¿Ir a dónde? —inquirió César con suspicacia al llegar a nuestra altura.
—Tenemos que bajar a la farmacia a por medicinas, Marga no se encuentra bien —le resumí—. No es nada grave, pero de todas formas deberíamos hacer acopio, por si las moscas.
—¿Y quieres que vayamos tú y yo? —me preguntó directamente a mí alzando una ceja. Por suerte, Héctor no podía ni sospechar que esa pregunta iba con segundas.
La respuesta, siendo sincera, habría sido que no. Prefería ir con Héctor, pero en cierto modo ya me había acostumbrado a la devoción que éste sentía hacia su familia, así que no me sorprendía que no quisiera apartarse de un miembro enfermo… dos, si tenía que hacer caso de las quejas de Angelines sobre su salud.
—Sí —contesté finalmente. Al menos tendríamos un poco de intimidad para hablar de lo de antes—. Tu hermano tiene razón, es mejor que vayamos nosotros dos.
Héctor quedó satisfecho porque pensaba que había cedido ante sus argumentos para enviar a César, y César, aunque no lo demostrara, quedó satisfecho porque le gustaba pasar tiempo a solas conmigo. Así que una vez resuelto aquello nos dispusimos a marcharnos en ese mismo instante, y con suerte volver para la hora de la comida, si todo iba bien.

La primera mitad del trayecto la hicimos en un completo e incómodo silencio. Pese a que había accedido a hacer ese viaje conmigo, no parecía tener ningún interés en dirigirme la palabra, y eso consiguió enfadarme un poco.
—¿Vas a seguir sin hablarme mucho más tiempo? —le espeté cuando terminó de hartarme.
—¿No te hablo? —replicó él sin apartar la vista del camino.
—No, no desde lo de esta mañana —exclamé—. Y precisamente deberíamos hablar de ello.
—No hay nada de qué hablar, está claro que no querías —dijo todavía sin mirarme—. Teniendo en cuenta que insistes en seguir siendo la novia de mi hermano, hace que me pregunte qué nos queda si ya no tenemos ni el sexo.
—No se trata de que no quisiera, sino de que no era correcto hacerlo allí, en esa misma cama. —traté de hacerle ver.
—¡No hay nada correcto en esto! —estalló—. ¡No deberías engañar a Héctor, y no deberíamos vernos de manera furtiva! Tendrías que dejarle de una vez y estar conmigo.
Odiaba cada vez que sacaba ese tema. El eterno sufrimiento del suplente que quería ser titular no me era algo desconocido cuando tenía que organizar equipos de futbol para los niños del colegio, y podía ver esa frustración reflejada en el rostro de César de la misma forma que en los críos que quedaban en el banquillo.
No supe qué responder a la que podía ser ya su enésima declaración, así que no dije nada. Por suerte, fue él mismo quien rompió el silencio en esa ocasión.
—¿Por qué no nos vamos? —me propuso.
—¿Irnos? —inquirí alzando una ceja—. ¿Irnos a dónde?
—No sé, lejos —respondió encogiéndose de hombros—. Cogemos la caravana, algo de comida y nos vamos los dos de aquí. Solos, sin nadie más, y muy lejos.
—Definitivamente te has vuelto loco —dije negando con la cabeza—. ¿Estarías dispuesto a abandonar a tu familia así, tan a la ligera?
—Ya conoces a mi familia lo suficiente como para saber que está podrida —masculló frunciendo el ceño—. Mi madre es una bruja y mi hermano su mono amaestrado… estaríamos mejor sin ellos, tú y yo solos.
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo. —repliqué consternada ante el desapego que mostraba hacia los suyos.
Sin duda su familia tenía sus cosas, era evidente hasta para el menos avispado que Angelines les había atado bien en corto desde pequeños, y eso les había afectado, pero tanto como para querer abandonarles... el complejo de inferioridad que su madre había creado en él a base de menospreciarle en favor de su hermano era mucho más grave de lo que creía si estaba dispuesto a algo así. Separarse de la familia después de la llegada de los resucitados significaba que probablemente no volvieras a verla jamás, no sólo porque no había forma de comunicarse con ella, sino porque la muerte acechaba detrás de cada esquina.
No volvió a mencionar el tema en lo que restaba de trayecto, pero su actitud indiferente hacia mí se relajó, aunque tenía muy claro que el tema no había quedado cerrado ni mucho menos, y que no tardaría en volver de nuevo a él con mayor insistencia.
Llegamos al cruce unos minutos más tarde, y como cada vez que iba hasta allí, no pude evitar quedarme mirando con un poco de aprensión la forma en que la naturaleza iba recuperando terreno frente a las construcciones del ser humano. No sabía si sería igual en todas partes, supuse que tener un bosque justo al lado influía bastante, pero la carretera prácticamente había desaparecido bajo un manto de tierra, barro seco y hojas caídas. La hierba crecía descontrolada en cualquier rincón y los tejados de las casas estaban tan sucios como el suelo.
—Qué barbaridad… y sólo han pasado unos meses. —comenté en voz alta. Cuando hubieran pasado unos años, aquello serían prácticamente unas ruinas tragadas por el bosque.
—No sé por qué no hemos vaciado del todo este sitio ya —gruñó César con una mueca de desagrado—. Hemos tenido tiempo de sobra para hacerlo, y la farmacia debió ser lo primero.
Tal vez tuviera razón, pero lo cierto era que yo ni me aproximaba a ser una experta en la materia. Si había sobrevivido ese tiempo era porque tenía apoyo de gente mejor que yo, o porque la vida era fácil en el parador. Cuando me quedé sola ya se vio el resultado, y en cuanto a las medidas a tomar para que un grupo funcionara, tan sólo alcanzaba a saber que debíamos ir a buscar algo cuando lo necesitábamos…
—Démonos prisa, por muchas veces que vengas, aquí siempre queda algún resucitado. —le pedí.
—Ahí está la farmacia, vamos. —dijo señalando el cartel con la cruz verde de la tienda, que se encontraba en lo único que se podía llamar edificio de esa zona: un bloque con espacio para tres comercios al lado del restaurante.
Desgraciadamente, como el resto de lugares allí, la farmacia había sido cerrada a cal y canto antes de ser abandonada, y con las persianas metálicas echadas se hacía difícil entrar.
—Vamos a tener que cargarnos la cerradura. —afirmó César, que inmediatamente se descolgó la mochila que cargaba a la espalda y sacó de ella una cizalla.
Encontramos la herramienta en el parador un día que hicimos limpieza a fondo del sótano, y sustituyó al desencofrador como herramienta para forzar candados inmediatamente. Tan sólo le habíamos dado uso para romper el cierre que el celoso dueño de una casa había colocado en la puerta de la suya, pero la llevábamos siempre que bajábamos, y en esa ocasión en concreto más, sabiendo por visitas anteriores que la farmacia estaría cerrada a cal y canto.
—Procura no hacer mucho ruido. —le recomendé. No es que pudiera evitarlo, pero si el estruendo era demasiado grande acabaríamos atrayendo a cualquier muerto viviente que rondase por los alrededores, y por una vez quería irme de allí sin pringarme de sangre, que luego se secaba y costaba horrores limpiarla.
El cierre saltó por los aires con un chasquido, aunque más escandaloso fue subir las persianas para poder entrar después. Un sonido así resultaba molesto hasta en una calle transitada, de modo que en mitad del silencio impuesto en el mundo por los muertos vivientes sonó como si se hubiera estrellado un coche contra un muro. Al menos sabíamos que el interior estaría limpio porque los resucitados, que yo supiera, no atravesaban paredes.
No tuvimos más remedio que cargarnos la cristalera de la entrada a golpes para poder pasar, la puerta era resistente, y a la quinta patada César acabó más lastimado que ella.
—Echa la persiana de nuevo, no quiero que nos acorralen dentro. —le dije cuando estuvimos por fin en el interior. El lugar no era grande, pero como no había sido saqueado, tenía de todo.
En el parador disponíamos casi cualquier cosa que pudiéramos necesitar, y como la salud de todo el grupo, incluida la de Angelines, que lo único que tenía eran muchos años, era en general buena, no habíamos ido allí antes para nada. Pero Marga sufría una indigestión aguda, así que en cuanto César volvió a bajar la persiana comencé a buscar algo que pudiera aliviarla.
Aunque no podía contarle que estaba liado con sus dos hermanos, y por tanto no era de mucha ayuda en esa zozobra sentimental mía, Marga era lo más parecido a una amiga que tenía desde hacía mucho tiempo, y me sentía bien yendo allí a buscar algo que le sirviera de ayuda. Esa era la clase de sentimientos que tenía una persona sana mentalmente, y de los que estaba muy orgullosa.
—Supongo que con esto valdrá —afirmé después de guardar un par de cajas del medicamento que buscábamos en mi mochila—. Tenemos que coger también todo lo que pueda sernos útil.
—Esto puede sernos útil —exclamó César acercándose a mí con una caja en la mano. Eran preservativos, y antes de que pudiera siquiera replicar algo, ya le tenía pegado e intentando meterme mano—. ¿O me vas a decir que este lugar tampoco es apropiado?
Lo que no era apropiado era hacer eso mientras en el parador su hermana sufría esperando a que le lleváramos algún remedio, pero lo cierto fue que, por algún motivo, me dio mucho morbo que nos lo montáramos en una farmacia, y habría sido una tonta rechazándole dos veces seguidas cuando yo también me moría de ganas de hacerlo, y terminar así esa pequeña crisis que arrastrábamos precisamente debido a ese tema.
César despejó de un manotazo el mostrador mientras los dos nos besuqueábamos, y me subió a él antes de comenzar a quitarme los pantalones. En cuanto estuve libre de la prenda, empezó a bajar hasta deslizar su cabeza entre mis muslos.
—¡Oh, Dios…! —gemí agarrándole del pelo con una mano y apoyándome en el mostrador con la otra para mantener el equilibrio.
Tanto me concentré en el placer que me daba que acabé dando un respingo sobresaltada cuando alguien golpeó la persiana de la ventana de la farmacia. Un muerto viviente, al que seguramente habíamos atraído nosotros mismos con el ruido que hicimos al entrar, nos había visto y trataba inútilmente de abrirse paso lanzando manotazos contra la reja metálica que cubría la ventana.
—¿Qué es eso? —exclamó César alarmado levantando la cabeza.
—Sólo es un resucitado voyerista —le dije devolviéndole a su trabajo entre mis piernas—. Tú no te distraigas…
Pero la que se distrajo al final fui yo. Con aquella criatura dando golpes y gruñendo como un animal salvaje no había manera de concentrarse en lo importante, y tuve que rendirme al ver que aquello no tenía forma de culminar de manera satisfactoria.
—¡Joder! —gruñí frustrada bajándome del mostrador y recogiendo los pantalones.
—Deberíamos matarlo antes de que atraiga a más. —sugirió César, todavía arrodillado en el suelo.
—¡Anda y que le jodan! —exclamé yo—. Terminemos de recoger las cosas y larguémonos, que se pelee con la ventana si…
Me interrumpí al fijarme mejor en el muerto viviente y descubrir que vestía un roído y manchado uniforme de policía. Si cuando vivía era uno de ellos, cabía la posibilidad de que todavía conservara su arma reglamentaria… y un arma de fuego nos sería más útil incluso que las medicinas si teníamos que irnos del parador.
—¿Qué pasa? —me preguntó César al ver que me había quedado pensativa con el pantalón a medio poner.
—Creo que sí que vamos a matarlo —respondí—. Si tiene un arma, nosotros vamos a necesitarla más que él.
—No es mala idea —admitió rascándose la barbilla—. Voy a por él.
—¡Espera! —dije estirando una mano para intentar detenerle.
—Hay que librarse de él antes de que atraiga a más. —replicó desenvainando su cuchillo y dirigiéndose hacia la persiana de la puerta.
No alcancé a seguirle hasta que tuve los pantalones bien puestos, y para entonces ya se encontraba fuera, y el muerto viviente había dejado de dar golpes. Sin perder un instante, salí corriendo al exterior para unirme a la pelea, pero cuando doblé la esquina el resucitado estaba en el suelo, con el cuchillo de César clavado en la nuca.
—¿Lo has matado? —le pregunté acercándome a él, que observaba con curiosidad la pistola que le había quitado al policía de su funda.
—Ha sido fácil. —dijo volviéndose sonriente hacia mí. Pero cuando lo hizo, vi que en la manga de la camisa tenía un desgarro ensangrentado, y horrorizada di un paso hacia atrás.
—¿Te ha mordido? —inquirí con el corazón en un puño.
—¿Esto? No es nada —me aseguró mirando la herida de su brazo sin darle importancia—. Sólo me ha clavado los dientes un poco, no pasa nada… lo importante es que tenemos la pistola, como querías.
Con la boca abierta por culpa de la consternación, casi no presté atención al hecho de que se acercara y me pusiera el arma en las manos. El muerto viviente le había mordido, y daba igual que no hubiera llegado a desgarrar, el mordisco significaba la muerte.
—¿Por qué pones esa cara? —me preguntó extrañado—. ¿No era esto lo que querías?
—Te ha mordido. —exclamé mirándole a los ojos, ¿cómo podía no darse cuenta de lo que eso significaba? Yo todavía no podía creerlo.
—Ya te he dicho que no es nada, apenas sangra —insistió ignorando la gravedad de la situación—. ¿Por qué no seguimos dónde lo dejamos?
—¡Aparta! —le espeté rechazándole cuando se aproximó a mí. Ahora estaba infectado, todo él era contagioso, no iba a dejar que me tocara, y mucho menos lo que él quería hacerme.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó frunciendo el ceño, enfadado por mi negativa.
—¡Dios! Te han mordido… no… ¿no te das cuenta de que te vas a morir? —dije sintiendo cómo los ojos se me llenaban de lágrimas. Aquello era horrible, y que no se diera cuenta de ello todavía peor. No sabía si era negación o inconsciencia, pero de todas formas retrocedí para alejarme de él.
—¿Por qué me rehúyes? —quiso saber empezando a molestarse—. ¿Es por Héctor otra vez?
—Déjame en paz… ni se te ocurra acercarte. —le pedí, y sin pararme a pensarlo me dio por echarme a correr en dirección al parador.
—¡Irene, espera! —me llamó, pero no le hice caso, tan sólo seguí corriendo.
No pensaba con claridad, que le hubieran mordido me había afectado, y sólo se me ocurrió reaccionar así, huyendo del problema. Él, por supuesto, no se rindió, y echó a correr tras de mí, pero no le dejé alcanzarme… no quería que se me acercara por miedo a que me contagiara, y no quería mirarle a la cara porque me sentía culpable de su suerte.
Llegué al parador minutos más tarde, con él todavía tras de mí, llamándome a voz en grito de tal forma que alertó a los que se habían quedado en el parador. Durante ese tiempo sólo pude correr, y cuando me encontraba ya en el aparcamiento, César logró darme alcance por fin. Héctor se encontraba allí, con un cuchillo en las manos preparado para reaccionar ante cualquier problema, igual que Marga, que seguía con mala cara. Guille jugaba en un lado y Angelines nos miraba desde la ventana de su habitación.
—¡Irene! —me llamó una vez más César cuando me agarró del brazo, pero yo me desembaracé de él con facilidad.
—¡No me toques! —le espeté.
—¿Qué está pasando aquí? —inquirió Héctor aproximándose a nosotros preocupado.
—¡Un resucitado le ha mordido! —exclamé señalando su brazo sangrante y dando un par de pasos hacia atrás.
—¡Oh, Dios! —gimió su hermana abriendo mucho los ojos.
—¿Cómo ha pasado? —se preocupó Héctor haciendo un intento de cogerle del brazo, pero César lo rechazó igual que había hecho yo con él.
—¡Tú déjame en paz! —estalló—. Irene, por favor, no me rechaces de nuevo… yo te quiero.
Aquellas palabras cayeron como una bomba sobre todos nosotros, incluida yo misma, que no podía creer que hubiera dicho eso delante de sus hermanos.
—¿Cómo? —replicó Héctor anonadado—. ¿Qué cojones has dicho?
—¡Te he dicho que no te metas en esto! —bramó César presa de la ira—. ¡Todo esto es tu culpa, siempre ha sido tu culpa! Tenías que ser siempre el señor perfecto, el favorito de todos, ¿verdad? ¡Pues llevo un mes follándome a tu novia delante de tus putas narices, y ella me prefiere a mí!
Me cubrí la cara con las manos, abochornada ante las miradas de sorpresa tanto de Héctor como de Marga, y por el espectáculo que se estaba montando con todo aquello.
—Chicos, por favor… —trató de mediar ella con poco éxito, ambos hermanos estaban deseando partirse la cara, y no se dejaron convencer con palabras.
—¡Pero tú eres un cabrón! —le espetó Héctor a César loco de ira, arrojándose contra él con el cuchillo aún en las manos.
Antes de que su hermano pudiera apartarse, lanzo un puñetazo que alcanzó en la boca a César y le hizo retroceder varios pasos hacia atrás, pero eso no quebró su determinación, y éste se abalanzó sobre él para devolverle el golpe. Viendo que la cosa se podía poner muy fea, y con el mordisco de César la cosa ya estaba jodidamente mal, me vi obligada a intervenir para separarles.
—¡Ya vale! —les exigí tratando de detenerles, pero ambos eran fuertes, demasiado para mí, y los dos se tenían muchas ganas, así que sólo conseguí llevarme un codazo en la mandíbula de uno de ellos, no supe exactamente de quién.
Me aparté dolorida y me llevé una mano a la boca, convencida de que si no me habían roto algo era sólo de milagro. Marga tuvo que sustituirme, y sin dudarlo se interpuso entre ambos antes de que acabaran matándose.
—¿Es que os habéis vuelto locos? —gritó tratando de meterse entre ellos—. ¡Al final vais a conseguir que…!
Se interrumpió abriendo mucho los ojos, y por un instante la pelea se congeló. Horrorizada, vi cómo la mano de Héctor sujetaba un cuchillo que Marga tenía clavado en el estómago hasta la empuñadura, y durante un momento ninguno de los dos hermanos supo cómo reaccionar.
Al final, Héctor soltó el cuchillo, y Marga cayó de rodillas con él todavía incrustado en el abdomen.
—¡Dios! —exclamé lanzándome hacia ella para evitar que cayera de bruces al suelo. Le arranqué el cuchillo, provocando que soltara un gemido de dolor, y en un segundo la herida se convirtió en un auténtico manantial de sangre—. ¡Joder!
—¡¿Qué cojones has hecho?! —rugió César agarrando a su angustiado hermano de la pechera—. ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
Sin mediar palabra, le derribó en el suelo y comenzó a golpearle de nuevo.
—¡Ayuda, por favor! —les supliqué mientras trataba de contener la hemorragia. Marga estaba en shock, las manos le temblaban y respiraba muy agitada.
—¿Mamá? —dijo Guille, apareciendo en el momento más inoportuno.
—¡No te acerques, vuelve dentro! —le grité haciéndole un gesto con la mano, mano que tenía cubierta de la sangre de su madre. Impactado, retrocedió y acabó marchándose corriendo hacia la entrada del parador. Mientras tanto, sus tíos seguían peleándose, dándose golpes como salvajes—. ¡Dejad de hacer el imbécil y ayudadme!
César logró tirar a Héctor al suelo, y una vez allí le castigó la cara sin piedad, pero yo no les presté atención porque Marga me agarró la manga de la chaqueta con una mano temblorosa, al tiempo que la boca comenzó a llenársele de sangre.
—Aguanta, ¿vale? —le supliqué—. Todo se arreglará, te pondrás bien, te…
Pero cuando aligeró la presión del agarre y la cabeza le cayó hacia atrás supe que estaba muerta, y las lágrimas me saltaron a los ojos sin que pudiera evitarlo.
Levanté la vista hacia los dos gilipollas que habían dejado morir a su hermana, y me encontré con una imagen igual de horrible. Fuera de sí, César golpeaba la cabeza de su hermano inconsciente contra el asfalto. No necesité ser médico para saber que también estaba muerto cuando después de cada golpe dejaba incrustada en el suelo una mancha de sangre.
—¿Qué has hecho? —murmuré poniéndome en pie sin poder creer que todo aquello estuviera pasando de verdad… tenía que ser una pesadilla, una maldita pesadilla producto de mi culpabilidad por estar liada con los dos hermanos al mismo tiempo, una ilusión de mi cerebro que tan sólo me mostraba lo que podría pasar si seguía por ese camino, y no algo que efectivamente había ocurrido.
—Vámonos, Irene —me suplicó presa de la locura incorporándose también, con la sangre del mordisco cubriéndole el brazo y la cara llena de los golpes que le había propinado su hermano, cuyo cuerpo yacía en el suelo completamente inmóvil—. Cojamos la caravana y larguémonos los dos lejos de aquí.
Después de lo que había pasado, con dos hermanos convertidos en cadáveres y uno que pronto lo sería también, no tuve fuerzas para responderle siquiera, y su mirada fue de genuina incomprensión cuando le apunté con la pistola y le volé la cabeza de un disparo.
Cuando su cuerpo se precipitó al suelo dejé caer la pistola, y luego lo hice yo misma sobre mis rodillas. Tenía lágrimas corriéndome por la cara, aunque no era tristeza lo que sentía, sino otra cosa que no habría sabido definir, pero que recordaba haber sentido también después de matar a los niños del colegio.
Levanté la cabeza y grité de pura rabia. ¿Cómo podía estropearse la situación de esa manera en un abrir y cerrar de ojos? Todo iba bien, todo iba perfectamente, y de repente…
Volví la vista hacia el parador y vi cómo Angelines se apartaba de la ventana y se dirigía hacia el interior de la habitación, aunque eso no me importó una mierda cuando vi la cara de miedo del hijo de Marga.
—Guille. —murmuré. El pobre chiquillo acababa de ver morir a su madre y a sus dos tíos, la única familia que le quedaba era una abuela que nunca le apreció y yo, la tita Irene por partida doble, que había propiciado esas muertes.
Su cara me rompió el corazón, pero lo que de verdad me aterrorizó fue el duro rostro que se encontraba grabado en la montaña sobre el parador. Era un rostro de reproche, de decepción, y no pude evitar estremecerme cuando sentí cómo me fulminaba con la mirada… iba a pagar por lo que acababa de ocurrir, de eso no me cabía ninguna duda.


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