domingo, 5 de julio de 2015

ORÍGENES: Capítulo 33: Irene



CAPÍTULO 33: IRENE


Todavía no podía creer lo que había pasado, me sentía como en shock, como si lo que ocurría a mi alrededor no fuera real, sino una alucinación o un sueño… pero ya no me encontraba perdida en el bosque, con las facultades físicas y psicológicas mermadas, y por tanto vulnerable a los engaños de la mente. Marga, Héctor y César habían muerto, sus cadáveres se encontraban desperdigados por el suelo sobre un mar de sangre, y los dos meses de tranquilidad que había vivido en mitad del fin del mundo se habían acabado para siempre.
A duras penas logré incorporarme. Las piernas me temblaban incontroladas, y sólo sentía ganas de dejarme caer sobre un colchón y llorar. Sin embargo, eso no iba a ser posible todavía, porque yo no era la única a la que esas tres muertes sin sentido le tocaban de cerca.
—Guille… —murmuré limpiándome la sangre en la chaqueta mientras me acercaba a él, que con los ojos abiertos como platos miraba horrorizado la dantesca escena—. Te dije que volvieras dentro.
Me ignoró completamente, incluso cuando me agaché a su lado y traté de que me mirara a los ojos no fue capaz de hacerlo. El dolor que debía estar sufriendo ese pobre niño al ver a toda su familia muerta tenía que ser terrible.
—¿Guille? —le llamé cogiéndole de la cara para obligarle a mirarme—. Vamos dentro, ¿vale?
No respondió, ni siquiera parecía que me estuviera escuchando, pero aun así le cogí en brazos y me lo cargué en el regazo para llevarle al interior del parador. Una vez allí, le senté junto a los restos de la hoguera, cuyos rescoldos aún ardían tras cocinar el desayuno de la mañana.
—Guille, dime algo —le pedí con preocupación. Lo normal ante algo así habría sido que el chiquillo se echara a llorar, intentara huir o incluso que se pusiera violento, pero tan sólo miraba al vacío con un gesto triste, como si la cosa no fuera con él—. ¿Guille?
No me respondió, y no parecía que fuera a hacerlo. Por un momento no supe qué hacer o qué decir, ese niño se había quedado solo en el mundo, lo más parecido que le quedaba a unos familiares eran una abuela que le despreciaba y yo, a quien conocía desde hacía muy poco tiempo en comparación.
—Está bien, no digas nada si no quieres —le dije acariciándole el pelo—. Todo va a ir bien, tú no te preocupes, ¿vale? La tita Irene va a cuidar de ti.
Por suerte, en mi estado alterado no era capaz de pensar o preocuparme a largo plazo, porque de lo contrario esas palabras habrían causado en mí una angustia difícil de superar. Si algo tenía claro era que Guille se había convertido en mi responsabilidad… había aprendido la lección sobre los niños y no iba a tentar al destino otra vez. Todavía no sabía cómo me iba a hacer pagar el fantasma de la montaña las muertes que acababan de producirse, y desde luego no iba a aumentar mis pecados con el acto ruin de abandonar un niño a su suerte.
—Ahora… tengo que salir un momento, ¿de acuerdo? —intenté hacerle entender, y para ello le cogí de las manos y le obligué a mirarme otra vez—. Necesito que te quedes aquí quieto, ¿vale, cariño?
Tardó un par de segundos, pero al final asintió con la cabeza. Dándome por satisfecha con eso, le di un beso en la frente antes de dirigirme de nuevo hacia el aparcamiento.
Los tres cuerpos seguían allí, muertos, y sólo de verlos una vez más tuve que sentarme en la banqueta durante unos segundos para evitar que me diera un telele… la situación en la que me había quedado todavía era muy difícil de asimilar para mí, que si bien sabía que las cosas no iban a ir tan bien eternamente, no esperaba que fueran a venirse abajo de esa manera tan cruel y repentina.
 Sin embargo, no podía perder el tiempo en desmayos de telenovela, dentro había un niño que necesitaría toda la ayuda que pudiera darle, y todavía tenía muchas decisiones que tomar, de modo que era mejor pasar aquel mal trago cuanto antes.
Desenfundando mi cuchillo, me aproximé a los cuerpos dispuestos a evitar que resucitaran. Tenía una pistola, y quizá hubiera sido mejor usarla a tener que tener que agacharme frente a sus caras muertas, pero habría sido desperdiciar balas, y tampoco quería hacer más ruido del que ya se había hecho allí. Con sendas puñaladas me encargué de los cuerpos de Héctor y Marga… por suerte, César recibió el disparo directamente en la cabeza y no fue necesaria mi intervención.
Cuando hube terminado, me sequé las lágrimas con el único trozo de la manga de la chaqueta que no chorreaba sangre. Rematar los cuerpos de los hermanos fue más duro incluso que verles morir, pero era mejor pasar por esa terrible experiencia antes de verles resucitar y convertirse en un insulto a las personas que fueron.
“Y ahora, ¿qué hago?” me pregunté todavía de rodillas en el suelo. Tal vez lo adecuado sería cavarles unas tumbas, pero de nuevo me encontraba yo sola, y tres agujeros eran un esfuerzo considerable. No obstante, habría sido menosprecio dejarles así, una falta de respeto que ya no era propia de mí, y seguramente un funeral sirviera para que Guille pudiera despedirse de su madre en condiciones, algo que le sentaría bien después de haberla perdido de una forma tan repentina.
Por el momento me conformé con llevar los cuerpos hasta la recepción del parador, algo que no fue para nada sencillo por culpa del peso, y tras hacerlo, tuve que secarme el sudor de la frente y apoyarme en la pared para recuperar el aliento durante un par de minutos.
Aprovechando que estaba por allí, eché un vistazo en la sala de estar para comprobar que Guille siguiera en ella. Lo estaba, exactamente en el mismo asiento donde le había dejado, todavía con la mirada perdida y el gesto ausente… empezaba a sentirme preocupada por eso, pero me prometí que luego intentaría hablar con él, a ver si conseguía que se abriera por fin y llorara lo que tuviera que llorar, que no iba a ser poco.
Con un poco de aprensión porque pudiera salir y toparse con los cuerpos, los dejé allí por un momento antes de encaminarme a la lavandería, en el sótano, y coger tres sábanas con las que envolverlos. Cuando las tuve, volví a la recepción y les amortajé como era debido, luego los arrastré detrás del mostrador para que no quedaran a la vista.
Todo aquel esfuerzo físico al menos me sirvió para pensar. La situación había cambiado drásticamente, ya no podía contar con ayuda ni apoyo de nadie, y además tenía una nueva carga sobre mí, por lo tanto, decidí que esa misma tarde nos iríamos del parador para siempre. No habría podido soportar una noche más allí, con los fantasmas de aquella familia rondando, así que cogeríamos la comida que nos quedaba, ropa, cargaríamos algunos recipientes con agua en la caravana y nos iríamos con ella a buscarnos la vida. Quién sabía, a lo mejor el mundo exterior se estaba reorganizando y encontrábamos una comunidad agradable en la que integrarnos.
No es que tuviera muchas esperanzas puestas en eso, pero el buen tiempo había llegado, ya se podía viajar por ahí sin miedo a morir de frío y había que aprovechar para buscar antes de que nos quedáramos sin comida y tuviera que volver a cazar serpientes para sobrevivir.
No obstante, quedaba un cabo suelto que tenía que resolver antes de irnos, y ese era mi suegra. Ignoraba por completo qué había estado haciendo Angelines mientras yo me encargaba de sus hijos y de su nieto, pero como no la vi salir de la habitación, supuse que debía seguir en ella, de modo que unos minutos más tarde subí hasta ella con Guille de la mano.
No llamé a la puerta, tenía la llave de recepción, la que utilizaba Héctor para ir a atender a su madre cuando era necesario, así que entramos sin llamar. Angelines se encontraba sentada en un sillón de la sala de estar que su hijo le subió semanas atrás, y cuando entramos, me dedicó el mismo gesto torvo que siempre guardaba para mí.
—Guille, cariño, despídete de la abuela. —le dije al niño soltándole la mano, y él, obediente, se acercó a la señora.
Ella no le hizo ni caso, ni siquiera facilitó a su nieto que se agachara a darle un beso, y tampoco apartó la vista de mí. Una vez hecho, Guille volvió a mi lado, y yo me acuclillé hasta su altura.
—¿Por qué no bajas a la caravana? Puedes jugar allí si te apetece, pero no revuelvas mucho, ¿vale? —le pedí, a lo que él asintió y se marchó, dejándonos a las dos brujas solas en la habitación.
Durante varios segundos tan sólo hubo un silencio muy tenso entre ambas. Había esperado algún tipo de acusación o reproche por su parte, o, quién sabía, incluso un gesto afligido… después de todo, sus tres hijos habían muerto en un abrir y cerrar de ojos, y por muy bruja que sea una madre, no deja de ser una madre. Pero lo único que hizo fue seguir mirándome acusadoramente con su ojo sano.
—Nos vamos —anuncié finalmente—. Guille y yo, se entiende. Aunque quisiera, aunque me cayera bien y no se hubiera comportado como una auténtica bruja conmigo todo este tiempo, no puedo hacerme cargo de una anciana impedida. Lo siento.
—¿Vas a dejarme aquí llevándote a mi nieto? —me preguntó henchida de orgullo.
“Mira quién se preocupa ahora por su nieto” me dije incrédula ante semejante muestra de cinismo por su parte. Jamás la había visto dirigirse a él directamente, y le llamaba “el bastardo” delante incluso de una desconocida como era yo al principio… me daba hasta asco.
—No, dejarla morir de inanición aquí sería una crueldad. —respondí desenfundando la pistola.
Ella captó el mensaje enseguida, pero ni aun así mutó su gesto altivo.
—Supongo que ya estás satisfecha —me espetó—. Has conseguido que mis hijos se maten entre ellos… supe que eras una puta en cuanto apareciste. Sé reconocer un mal bicho cuando lo veo.
—Sí, lo reconozco —asentí—. Mi comportamiento egoísta ha hecho saltar por los aires todo esto… sin embargo, es posible que yo haya encendido la mecha, pero fue usted, a lo largo de todos estos años, quien llenó los barriles de pólvora, así que quiera admitirlo o no las dos tenemos la misma culpa de lo que ha pasado.
No supo qué replicar a eso, no tenía forma de hacerlo en realidad, y por tanto únicamente apretó los labios con rabia y me fulminó con la mirada. Desde luego ella había perdido más que yo en todo eso, así que se podía decir que la bruja joven había ganado la guerra, pero en realidad no había victoria alguna, las dos habíamos perdido demasiado.
El disparo resonó por toda la habitación, y sin duda debió escucharse también fuera. Sin embargo, cuando llegué a la caravana, Guille se encontraba allí, sentado en uno de los asientos de la mesa del todo impasible. No parecía que hubiera tocado nada, simplemente llegó y se sentó.
—¿Quieres comer algo? —le pregunté agachándome hasta su altura. Me miró y negó con la cabeza casi con desgana—. Muy bien, como quieras, pero si te entra hambre dímelo, ¿vale?
No respondió, y cada vez temí más que no fuera a hacerlo nunca. Era como si el shock hubiera sido demasiado grande para él, un niño que, por otra parte, siempre me pareció bastante alegre y jovial. No sabía si el marcharnos del que había sido su hogar tan pronto podía repercutir negativamente en su estado, si es que eso todavía era posible, pero sería algo que tendría que comprobar.
—Después de comer, por la tarde, nos vamos a ir —le dije para que fuera haciéndose a la idea—. Vamos a coger la caravana y nos iremos de la montaña, del bosque y del parador. Buscaremos otro sitio, con gente nueva.
Me lanzó una mirada tensa, pero no supe interpretar lo que intentaba decirme con ella, y tampoco pronunció palabra al respecto. Me sentí muy desanimada por ello, para mí era muy difícil también la situación, y no me estaba ayudando nada que se lo hubiera tomado así…
Yo sí piqué algo, aunque no mucho porque tenía el estómago encogido después de lo que había pasado. Me forcé a comer sólo porque necesitaba fuerzas para el duro trabajo que tuve más tarde, que consistió en cavar las tres tumbas.
Fue cuando ya me encontraba dándole a la pala el momento en que recordé que había un cuarto muerto entre nosotros, Angelines, y que por tanto tenía más trabajo todavía por delante, pero me resigné a realizarlo. Quería pensar que, de haber muerto yo, ellos lo habrían hecho por mí… a diferencia del resto de seres humanos con los que me había cruzado desde que los muertos vivientes aparecieron, ellos no tenían ningún motivo para odiarme, más allá de las infidelidades.
Las tumbas no fueron hondas, pero terminé completamente agotada después de cavarlas. Aunque se me estaba haciendo tarde, todavía quería marcharme ese mismo día. Seguía sin soportar la idea de volver a dormir allí, por más cómodo y espacioso que pudiera ser comparado con una caravana.
Quería irme del parador y, sobre todo, alejarme de la montaña. Sabía que el rollo que me traía con ella no era más que un delirio, un trauma causado por lo mal que lo pasé estando perdida; una locura, en resumen… pero era una locura que me mantenía cuerda, si es que eso tenía algún sentido. Me perdonó la vida cuando prometí que me portaría bien, y fue tan generosa que me dio un lugar donde vivir, comida e incluso una pareja para no sentirme sola, y yo me lo había cargado todo prendiendo la mecha del polvorín.
Si aquello había sido una prueba, la fallé miserablemente. No obstante, todavía tenía una opción de redención, una que pasaba por Guille… la montaña no se cobraría mi vida cuando la de un niño inocente dependía de ella. Además, los crímenes pasionales existían mucho antes de que los resucitados aparecieran, y yo no había sido parte activa de él. A Marga la mató por accidente Héctor, a él le mató César en un ataque de ira, y César fue mordido por un muerto viviente, y por tanto cuando le disparé ya estaba muerto en realidad. Eso tenía que contar algo.
Llevé a Guille a las tumbas una vez estuvieron presentables para que se despidiera de su madre, sus tíos y su abuela. Durante varios minutos los dos permanecimos allí de pie, mirándolas compungidos y cogidos de la mano, y al final el chiquillo acabó abrazándose a mí, que le cogí en brazos y le abracé también.
—No te preocupes, cariño, yo voy a cuidar de ti. —le prometí.

Nunca había conducido una autocaravana, y tampoco es que fuera la mejor de las conductoras, pero despacito y con buena letra, una hora más tarde fuimos dejando atrás el parador para siempre. Había llenado el vehículo con todo lo que pudiera necesitar en un trayecto que no sabía cuánto tiempo nos iba a llevar. Todavía recordaba que, tras dejar Colmenar Viejo, vagué por ahí perdida en coche intentando buscar cualquier lugar habitable sin mucho éxito… pero en esa ocasión no llevaba mi propio hogar a la espalda, ni disponía de una pistola con la que defenderme de posibles atacantes. Aunque seguía sin tener un destino claro, no iba a cometer los mismos errores que la primera vez.
La caravana tenía asiento de copiloto, así que Guille viajó en silencio a mi lado, con la mirada fija en el horizonte. Ignoraba cuánto tiempo le iba a costar superar la dura experiencia que le había tocado vivir, y tampoco sabía muy bien cómo abordarle, pero era mejor tener un compañero de viaje silencioso y de seis años que no tener ninguno.
No avanzamos demasiado aquel día, y tampoco me lo había propuesto. En cuanto la noche amenazó con caer sobre nosotros, empecé a buscar un lugar donde aparcar que quedara más o menos alejado de la vista. Ya no era posible montar guardias, así que el cerrojo de la puerta era nuestra única defensa, además de la discreción y el sigilo.
Al vehículo le costó llegar por lo desigual del terreno, pero conseguí meterlo tras un grupo de árboles que nos cubría casi por completo. Confiaba en que la oscuridad se encargara del resto.
Seguíamos en mitad de ninguna parte. Quería alejarme de la montaña todo lo posible, no sólo por mis fantasmas personales, sino también porque no estaba dispuesta a perderme en ella de nuevo… nos dirigiríamos al norte, hacia Castilla y León, donde las largas planicies no presentaban peligro alguno en ese sentido.
La autocaravana disponía nada menos que de dos camas distintas: una situada sobre los asientos y otra al fondo, junto al diminuto cuarto de baño. Dentro de lo que cabía, no estaban nada mal ni de tamaño ni de comodidad, así que acosté a Guille en la del fondo y yo me quedé con la otra. La mía era más pequeña, pero sólo tendría que dar un salto para ponerme a los mandos del vehículo si algo nos obligaba a escapar rápidamente de allí.
Sin embargo, cuando ya me había desvestido y acostado, y luchaba por poder dormir después de un día tan difícil, el niño se levantó de su cama y, sin decir ni una palabra, subió hasta la mía para acostarse a mi lado.
Le dejé hacerlo, me parecía normal que no quisiera estar solo, a mí tampoco me gustaba la idea, y lo cierto fue que tenerle ahí conmigo hizo que acabara conciliando el sueño por fin.
Desperté cuando todavía estaba amaneciendo, no por voluntad propia, sino porque Guille me dio una patada. Respirando con agitación, comenzó a moverse violentamente en la cama, y yo, que supuse que debía estar sufriendo una pesadilla, no tuve más remedio que despertarle.
—Ya está, sólo ha sido un mal sueño —le dije cuando, todavía aturdido, levantó la cabeza y me vio tumbada a su lado. Al notarle aún alterado por el mal sueño, le pasé un brazo por encima para intentar reconfortarle, pero en el fondo sabía que para él la pesadilla no había terminado al despertarse, sino que había confirmado su contenido—. Aún es temprano, sigue durmiendo.
Él me hizo caso, pero quien no pudo volver a conciliar el sueño fui yo, que cuando la luz del sol se hizo más intensa me rendí y salí de la cama. Como aún era temprano para empezar a conducir, y ya tendría tiempo de calentar el asiento del conductor el resto del día, me senté junto a la mesa y me quedé mirado el paisaje por la ventana, dándole vueltas a la infinidad de asuntos que se me aglutinaban en la cabeza.
Pasado el impacto inicial por las muertes sucedidas, así como las tareas y preocupaciones que surgieron a raíz de ellas, llegó el momento de la reflexión, y la responsabilidad de mis actos empezaba a caer sobre mí como una pesada losa. Perder a Héctor, que había sido un pilar fundamental en mi redención, y a César, que me había devuelto la pasión, fue duro, pero si tenía una espina clavada por todo aquello era sin duda debido a la muerte de Marga. Ella no tenía nada que ver en el triángulo amoroso que dejé que sucediera, sólo fue una víctima inocente a la que alcanzó la explosión cuando todo saltó por los aires… y para colmo de males, la víctima colateral que más estaba sufriendo por mi culpa se encontraba durmiendo en mi cama.
Todavía era muy de mañana cuando Guille por fin despertó. Tenía cara de haber pasado mala noche, probablemente igual que yo, y después de ir al baño se sentó a mi lado en silencio.
—¿Quieres desayunar? —le pregunté, y él tan sólo asintió con la cabeza. Por lo visto ese día tampoco iba a abrir la boca.
Sintiéndome desanimada y culpable por ello, preparé algo de comer para los dos antes de ponernos de nuevo en marcha en dirección hacia lo desconocido.
Mi intención seguía siendo alejarme de la montaña. Estaba segura que lejos de Madrid nos iría mejor, y sabía que por esos lugares había toda clase de diminutos pueblecitos donde los muertos vivientes no serían un problema demasiado grande. Teníamos aún mucha comida y agua, siendo tan sólo dos podíamos aguantar el tiempo que hiciera falta.
Lo único que falló fue la gasolina. El depósito no era infinito, y aunque hacía frecuentes paradas tanto para descansar como para echar un vistazo en casas solitarias y otros lugares que íbamos encontrando, al final el nivel de combustible comenzó a bajar de manera peligrosa.
—Pararemos en la próxima gasolinera. —le dije a mi copiloto, que como era ya habitual, no respondió.
La gasolinera más próxima no tardó en aparecer. Era una estación de servicio pequeña, como correspondía a una carretera secundaria como por la que nos movíamos, sin embargo, me llamó la atención que se encontrara rodeada por una muralla formada por unos cinco o seis coches. A raíz de aquello, reduje la marcha con precaución por si había alguien viviendo allí.
—Tú quédate aquí y ten las puertas cerradas, ¿vale? —le pedí a Guille antes de bajar a investigar. Dejar al niño solo en el vehículo no me parecía buena idea, pero la alternativa era llevarle conmigo, y esa me parecía aún peor—. Si ves algo raro, toca el claxon.
Cuando asintió dándome a entender que me había comprendido, cogí uno de los cuchillos sacados del parador y me aseguré de que la pistola estuviera preparada para disparar antes de guardármela en el cinturón, oculta por debajo de la camisa. Una vez lista, bajé de la caravana y caminé en dirección a la gasolinera procurando no hacer mucho ruido.
Decir que no tenía miedo habría sido mentir, por mi cabeza circulaban mil ideas sobre quién podría esconderse en un lugar así, y ninguna me resultaba alentadora. No obstante, necesitaba la gasolina, y si no podía cogerla gratis, al menos la intercambiaría por algo de comida.
Cuando me encontré frente a la barrera de coches dudé entre colarme allí sigilosamente o intentar llamar la atención de quien pudiera haber dentro. Los intrusos no eran bien recibidos en ninguna parte, pero si los habitantes eran hostiles, les estaba avisando de que me encontraba allí, completamente vulnerable. Al final opté pedir perdón antes que pedir permiso, de modo que salté la barricada y me aproximé a la ventana de la tienda para echar un vistazo dentro.
No pude ver nada porque habían claveteado tablas de madera delante, confirmando que efectivamente alguien se atrincheró tanto como pudo en ese lugar. Todo, desde los surtidores hasta el tejado, tenía un aspecto bastante desvencijado, señal de que no había recibido ningún mantenimiento desde hacía tiempo.
Sin saber todavía qué pensar, fui hasta la puerta e intenté forzarla. Para mi sorpresa, ésta no estaba ni siquiera atrancada, y por tanto pude abrirla de par en par y dejar que el sol entrara para ver qué había dentro.
La cosa no tenía buen aspecto. Todas las ventanas habían sido cubiertas por tablas, las estanterías con los productos en venta saqueadas y colocadas alrededor de las paredes, y en el suelo seguían tiradas un montón de mantas que formaban un nido, donde cabían al menos seis personas. Olfateé el aire en busca de olor a humanidad, señal de que alguien había estado allí recientemente, pero quien montara aquel tinglado lo había abandonado tiempo atrás. La capa de polvo que lo cubría todo era buena prueba de ello.
Justo al lado de la entrada había diseminados por el suelo varios mapas de carreteras. Me agaché a recoger uno porque creía que podía serme útil, pero ni me molesté en adentrarme más. Allí no había nada aprovechable, ni siquiera las mantas cuando ya estábamos en Abril, así que me concentré en la gasolina.
Seguía sin tener ni idea de cómo hacer funcionar los surtidores sin electricidad, por lo que no me quedó más remedio que saquear el depósito de los coches que formaban la barricada. Como aquello iba a llevarme un buen rato, y el lugar parecía seguro, saqué a Guille fuera a que tomara un poco el fresco mientras yo trataba de meter unos cuantos litros en una de las garrafas.
—Lo siento, cariño, pero no he encontrado ni una mísera chocolatina ahí dentro —le dije cuando le vi mirando la tienda con curiosidad—. ¿Por qué no buscamos en el mapa algún lugar a dónde ir?
La idea pareció gustarle, porque cuando lo extendí se quedó estudiándolo con mucho interés.
—Debemos estar más o menos por aquí —afirmé señalando un punto pasada la sierra del norte de Madrid—. Todavía se ve mucha montaña, así que vamos a acercarnos al centro de Castilla y León. Mis padres eran de Valladolid, pero no podemos ir a una ciudad. Creo que buscaremos algo entre Valladolid y Palencia, allí hay un río, granjas… y mira, esto es un camping, ¿ves la señal? Seguro que es un buen lugar para detenernos una temporada.
Guille, por supuesto, no me respondió. Ni tan siquiera se molestó en asentir o negar con la cabeza para expresar su opinión sobre el plan… tampoco podía pedirle que lo hiciera, sólo tenía seis años.
La idea de detenernos entre esas dos ciudades respondía sobre todo a que no quería gastar todo el combustible de la autocaravana vagando sin rumbo fijo. Si lográbamos hospedarnos en ese camping, podría buscar coches con tranquilidad y conseguir una reserva de gasolina en condiciones. Además, la idea de encontrarme en un lugar que no tuviera una montaña a la vista en ninguna dirección me tentaba mucho.
Con el depósito un poco más lleno, nos pusimos en marcha de nuevo rumbo a la aventura. No podía decir que me sintiera muy optimista, pero al menos tenía la satisfacción de estar haciendo lo que creía que era mejor, y también de estar haciéndolo lo mejor que podía. Así me sentí cuando decidí quedarme en el colegio con los niños, antes de convertirme en un monstruo, y recuperar eso era muy importante para mí.
Sin embargo, el mundo se había convertido en un sitio difícil y hostil, en donde las buenas intenciones no siempre eran suficientes para poder seguir adelante, y pronto lo sufrí en mis propias carnes…
Empezó con la extraña sensación de que la caravana avanzaba como a tirones, y luego, durante al menos un par de kilómetros, fue como si el aparato no diera más de sí. Temí que el motor pudiera haberse averiado, y como no tenía conocimientos de mecánica, eso podía causarnos un problema muy grave. Para no forzar la maquinaria en ese estado, aparqué en el arcén de la carretera y me bajé del vehículo, dispuesta a por lo menos dejar que se enfriase antes de que acabara reventando.
No obstante, en cuanto puse un pie en la calzada comenzó a salir un humo blanco desde el motor que me hizo temerme lo peor, y cuando levanté la tapa, aquello fue como si hubiera abierto la puerta de una sauna.
—No, no, no… —murmuré temiendo que la caravana se hubiera jodido, ¿qué iba a hacer entonces? Guille me miro con preocupación desde el asiento del copiloto, lo que sólo sirvió para ponerme más nerviosa.
Al final, una vez disipado el humo, volví dentro e intenté ponerla en marcha de nuevo. No arrancó. El motor hizo un ruido como si lo estuviera intentando, pero no lo consiguió, y me llevé las manos a la cabeza cuando sentí cómo me recorrían unos sudores fríos.
—Mente fría —le dije a Guille, aunque en realidad tan sólo hablaba en voz alta para tratar de no perder los nervios—. A lo mejor no es nada grave, tal vez podamos arreglarlo.
Respirando profundamente para mantener la calma, abrí la guantera y saqué de allí una especie de manual que encontramos semanas atrás, mientras lo limpiábamos. No sabía qué podía encontrar allí que me ayudase, pero era mejor que nada.
Con él en la mano, salí fuera y volví a echarle un vistazo al motor… y contra todo pronóstico, en la primera página encontré cuál era el problema: la caravana funcionaba a diésel, no a gasolina.
—No… —dije antes de caer de rodillas al suelo completamente abatida. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida de no darme cuenta de algo así? Aunque lograra vaciar del todo el depósito, estábamos a kilómetros de distancia de cualquier lugar donde pudiera conseguir más combustible… y eso suponiendo que el motor volviera a arrancar. De un plumazo me había cargado un medio de transporte y una vivienda cojonuda.
“No estoy hecha para esto” me dije con lágrimas en los ojos producto de la frustración.
No era capaz de sobrevivir yo sola. La primera vez casi muero perdida en la sierra, e incluso disponiendo de comida, refugio y un vehículo, me las apañaba para cagarla.
Traté de recomponerme y pensar fríamente qué hacer a continuación, pero eran ya demasiadas cosas acumuladas en muy poco tiempo, y cuando volví al interior de la caravana sólo tenía ganas de morirme de una puta vez y acabar por fin con todo aquello.
Guille se había sentado junto a la mesa, y me miraba con una cara de cordero degollado que acabó sacándome de mis casillas.
—¿Qué? —le espeté pagando mi frustración con él—. ¿Por qué me miras así? ¡Hago lo que puedo! ¿Vale?
No me respondió, como ya era de esperar, ni tan siquiera mutó su gesto, y eso sólo consiguió enfadarme más. ¿Era culpa mía que hubiera dejado de hablar? ¿Tan incapaz era de consolarle en su desgracia…? ¿También lo estaba haciendo mal en eso?
—¿Por qué no hablas? —exclamé acercándome a él y agarrándole por los hombros. Casi sin darme cuenta por culpa del enfado comencé a zarandearle—. ¡Di algo, maldita sea!
Decir no dijo nada, pero unas lágrimas se formaron en sus ojos, y pronto comenzaron a caerle por las mejillas. Dejé de sacudirle en cuanto me di cuenta de lo que estaba haciendo y, horrorizada por mi propio comportamiento, le abracé con fuerza.
—Lo siento —me disculpé al tiempo que yo también comenzaba a llorar—. Lo siento, de verdad… sólo me he puesto nerviosa porque la caravana se ha roto. Tú no tienes la culpa, y no tienes que hablar si no tienes ganas de hacerlo. No te preocupes, la tita Irene sigue cuidando de ti.
No hubo mucho más que hacer el resto del día. Podríamos haber cogido nuestros bártulos para seguir el camino a pie, pero teniendo más comida y agua de la que podíamos cargar preferí esperar y disfrutar un último día tranquilo antes de que tuviéramos que dejarlo todo atrás.
No salimos de la autocaravana en ningún momento, no era necesario, y en más de una ocasión volví a intentar arrancarla, sin ningún éxito. Al final, cuando ya caía la noche, me resigné a preparar nuestro equipaje, guardarlo en mi mochila y prepararnos para salir de allí la mañana siguiente.
Guardé comida, varias botellas de agua y algo de ropa, así como cualquier utensilio que pensara que podía necesitar. El resultado fue que la mochila pesaba bastante, pero no tenía más remedio que aguantarme si no quería que nos quedáramos sin nada en dos días. Como sobró mucha comida y agua, se me ocurrió enterrar junto a un árbol lo que no podíamos llevarnos, y así, en el peor de los casos, si nos iba mal la cosa siempre podíamos volver y abastecernos.
Aquella noche Guille volvió a dormir conmigo, y también volvió a tener unas pesadillas que me obligaron a despertarle para que se tranquilizara. Yo no dormí mucho, seguía culpándome por haber perdido la caravana, aunque conseguí conciliar el sueño tras convencerme de que tal vez a la mañana siguiente el motor hubiera descansado lo suficiente como para arrancar.
No obstante, cuando salió el sol y nos pusimos en pie, el vehículo seguía sin ponerse en marcha, así que no tuve más remedio que rendirme, cargar nuestras cosas, coger a Guille de la mano y comenzar a caminar.
Por lo menos teníamos el clima a nuestro favor. El cielo estaba despejado y hacía un poco de fresco, así que andar era incluso agradable… salvo por la pesada carga que llevaba a la espalda.
—Vamos a seguir la misma ruta —anuncié cuando nos topamos con un cruce. Un cadáver convertido ya prácticamente en huesos yacía apoyado bajo la señal de tráfico que indicaba las direcciones, creando una imagen que habría sido hasta bonita de no ser a su vez también terrible—. Si en algún sitio puede haber otra autocaravana como la nuestra es en un camping, ¿verdad?
Guille no dijo ni sí ni no, como era de esperar, pero no me desanimé por ello. Pese al bajón del día anterior, no podía permitirme que el ánimo decayera, eso era lo único que nos mantenía vivos.
Caminamos durante buena parte del día, realizando sólo paradas para comer y tomarnos pequeños descansos en los que reponer fuerzas. No me gustaba nada la idea de dormir una noche a la intemperie, no lo había hecho desde que me perdí en la sierra, pero no nos iba a quedar más remedio. Todavía teníamos camino hasta llegar a las proximidades de Palencia, al dichoso camping que esperaba fuera nuestra salvación.
Cuando ya caía la tarde, nos acercamos un poco a un diminuto pueblo que teníamos cerca en busca de un refugio, y encontramos una pequeña casa que era perfecta para tal cometido en las afueras. Sin embargo, después de romper un cristal para poder colarnos, descubrí que por dentro era un auténtico estercolero infestado de suciedad y porquería. Dormir allí habría sido peor que hacerlo fuera, y como no me atrevía a adentrarme más por miedo a toparme con algún muerto viviente, al final tuvimos que recurrir a un coche abandonado en la cuneta con el que nos cruzamos.
—Ojalá supiera cómo hacerle un puente. —lamenté mientras trataba de acomodarme en el asiento del conductor.
Guille lo tuvo más fácil porque, al ser tan pequeño, cabía en el trasero con las piernas estiradas, pero yo tuve que conformarme con reclinarme un poco. Sólo porque estaba cansada de tanta caminata, y de no haber dormido casi la noche anterior, logré conciliar el sueño, aunque a la mañana no había músculo en mi cuerpo que no sintiera agarrotado.
El camino se hizo un poco más escabroso en adelante. Para acortar distancias, nos metimos por una carretera más amplia que se encontraba abarrotada de coches abandonados. Por más que lo intenté, no hubo manera de encontrar uno que, además de tener las llaves puestas, no se hubiera quedado sin batería o estuviera atascado entre otros y fuera imposible moverlo del sitio. En un par de ocasiones tuve que hacerme cargo de sendos muertos vivientes que pululaban entre los restos, pero al menos conseguí encontrar algo de ropa limpia y una bolsa de patatas fritas para Guille que habían caducado no hacía demasiado tiempo.
Como ese camino nos iba a llevar hasta las proximidades de la ciudad, cuando sólo faltaban unos kilómetros para llegar a ella lo abandonamos y seguimos campo a través, al menos hasta que encontramos una carretera secundaria que seguía más o menos la dirección en la que queríamos movernos.
Cuando nos entró el hambre, nos sentamos a comer junto a un mojón del camino. Los dos compartimos una lata de habichuelas que, todo había que decirlo, no estaban nada mal después de aliñarlas un poco.
—Mira cómo te has puesto. —le dije a Guille quitándole una habichuela de la barbilla después de que se pusiera el bote en la boca para intentar hacer bajar las últimas que se habían quedado pegadas en el fondo.
Verle sonreír, aunque sólo fuera una sonrisa tímida después de llenar el estómago, me hizo tener esperanzas para con él. Tal vez, si lograba hacer que se sintiera mejor, acabaría abandonando aquel mutismo en el que estaba sumido.
Interrumpí mis pensamientos cuando me pareció escuchar algo que se movía entre la hierba. No estaba segura de que fuera algo humano, pero si lo era, estuviera provocado por vivos o por muertos vivientes, no era una buena noticia, así que me incorporé y me quedé escuchando atentamente por si volvía a oírlo.
Cuando lo hice de nuevo, no me sonó como alguien que se estuviera moviendo por los alrededores, sino más bien como si un grupo lo hiciera en la distancia.
—Quédate aquí y no hagas ruido. —le susurré a Guille antes de desenfundar mi cuchillo y acercarme sigilosamente al origen de aquel ruido tan extraño.
No tuve que alejarme mucho, y tampoco pretendía hacerlo en realidad. Un poco más adelante el terreno se convertía en un desnivel, y al fondo había otra carretera secundaria. Caminando sobre ella, me topé con un grupo de casi treinta personas, todos con una pinta más bien tirando a patética entre ropa muy usada, suciedad y aspecto de estar agotados. De no haber sido porque comprendía su drama a la perfección, me habrían parecido los refugiados de una guerra que huían de una zona de conflicto… y en cierto modo se podía decir que lo eran.
Había personas de todas las edades entre ellos, desde maduros que peinaban canas a jóvenes, aunque ningún niño, y por la dirección que seguían, opuesta a la nuestra, parecía como si estuvieran alejándose de Palencia, la ciudad más cercana según el mapa. El sonido que había llamado mi atención lo habían provocado varios de ellos, que se metieron entre la hierba para hacer sus necesidades antes de continuar la marcha.
Sin pensármelo dos veces, volví rápidamente a por Guille. Un grupo de supervivientes, aunque fuera uno tan agotado y hecho polvo como aquél, era justo lo que necesitábamos. El número hacía la fuerza, esa lección nos la habían enseñado los resucitados demasiado bien, y ya me había demostrado a mí misma dos veces que no era capaz de sobrevivir sola.
—¡Eh! ¡Esperad! —llamé a aquel grupo cuando, con el niño por fin conmigo de la mano, regresé al lugar donde me los encontré. No habían detenido su marcha, y por eso ya se encontraban alejándose en el momento en que les volví a localizar.
Varios de ellos se giraron casi con desgana al escucharme. Alcé una mano para hacerles una señal sin dejar de trotar hacia ellos, pero sin prestarme la menor atención, volvieron la vista al frente de nuevo y siguieron su camino.
“Qué raro” pensé. Al encontrarte con una persona viva se podía sentir alegría o miedo, según quien fueras y según qué persona vieras llegar, pero jamás indiferencia… no desde que los muertos vivientes habían puesto a cada ser humano al límite.
En mi caso, y dado que no parecían el tipo de persona hostil, lo que sentí fue alegría, y por eso pasé por alto esa indiferencia inicial y me apresuré en darles alcance. Cuando lo logré, me acerqué a alguno de los que parecían menos agotados.
—Perdona —le dije a un hombre barbudo envuelto en una chaqueta amarilla y azul que cargaba una pesada mochila a la espalda. Con un gesto perezoso se giró hacia mí, me dedicó una mirada cansada y luego otra a Guille—. Hola… ¿me puedes decir quién os dirige? Llevamos un tiempo vagando solos y nos gustaría acompañaros a… bueno, a donde os dirijáis.
—Quien nos dirige está muerto… haced lo que queráis. —respondió antes de darse la vuelta y seguir con su camino.
Desde luego había esperado muchas respuestas, pero no esa. Aquella gente estaba quemadísima, tanto que no les importaba que nos uniéramos a ellos sin más… era raro de cojones.
No obstante, seguía siendo mejor que caminar solos, y pese a que iban en dirección opuesta a donde yo quería dirigirme, la posibilidad de estar acompañada no era algo que fuera a rechazar así como así. Si la cosa no me terminaba de convencer, siempre podía marcharme igual que había llegado, no parecía que allí eso fuera a importarle a nadie.
Durante las siguientes horas nos limitamos a caminar sin descanso, hasta el punto que me vi obligada a subirme a Guille a los hombros cuando estuvo agotado. A lo largo del trayecto intenté entablar conversación con alguien más, pero esa gente no parecía muy habladora. Se notaba que lo habían pasado mal, podía percibirlo en sus caras tristes y cansadas, y por lo que pude sacarles, todos hablaban algo sobre huir de unos monstruos.
Suponiendo que se referían a los muertos vivientes, traté de averiguar si eran los supervivientes de alguna zona segura que hubiera caído recientemente. Encajaban bien con el perfil de gente que acabara de pasar por una experiencia así de terrible; sin embargo, no logré que nadie me diera una explicación concreta, la mayor parte de ellos directamente me ignoraban cuando les dirigía la palabra, y otros tan sólo argumentaban que no querían hablar del tema.
La noche terminó por llegar mientras aún seguíamos en la carretera, y tan sólo nos detuvimos porque a alguien se le ocurrió hacerlo, y los demás le imitaron… en cierto modo, aquel grupo se asemejaba mucho a los muertos vivientes.
Todos parecían haber cargado con comida y agua en sus mochilas, así que no tuve ningún problema en sacar la mía y que Guille y yo cenáramos. Aunque había sido un viaje tranquilo, decidí que por la mañana nos separaríamos de ellos y retomaríamos el camino hacia el camping mientras aún tuviera encima provisiones para poder completarlo. Ninguno de ellos supo decirme hacia dónde se dirigían, y ya había perdido casi un día entero siguiendo su estela, de modo que la ilusión de encontrarme con gente se fue disipando hasta quedar en nada.
—¿Tú qué dices? ¿Te gusta esta gente? —le pregunté a Guille, que miró de reojo hacia el grueso del grupo y negó con la cabeza—. Lo suponía… a mí tampoco mucho, la verdad. Pero mañana los habremos dejado.
Ninguno llevaba armas de fuego, algunos ni tan siquiera un mísero palo con el que defenderse… no quería pensar la que se podía organizar si un grupo de resucitados les alcanzaba.
—¿Has oído eso? —dije cuando me pareció escuchar algo moviéndose entre la maleza, aunque enseguida descarté que pudiera tratarse de algo preocupante. Si hubiera sido un muerto viviente habría acabado saliendo, ellos no eran dados a esconderse… seguramente sería alguno del grupo que se había apartado para hacer sus necesidades otra vez—. Da igual. Ahora el problema es que no sé qué hacer con las guardias, Guille. ¿Debería dormir como si nada? ¿Nos podemos fiar de esta gente?
Era una buena pregunta para la que no tenía respuesta, y eso me molestaba. ¿Con qué clase de grupo me había topado? Nada parecía tener sentido, ni su actitud, ni su forma de comportarse. No sólo no hablaban conmigo, es que tampoco hablaban entre ellos, ni siquiera en pequeños grupos. ¿De dónde demonios habían salido? ¿Pretendían sobrevivir así?
—De haberlo sabido, nos habríamos quedado en la caravana. —murmuré para mí misma muy decepcionada.
Al final tuve que dormir. No podía quedarme toda la noche en vela después de una caminata agotadora y pretender repetirla al día siguiente, así que cogí a Guille y todas nuestras cosas y nos dirigimos al pie de un árbol cercano, lejos de las fogatas y hogueras que los demás habían encendido para calentar la comida y entrar en calor. Allí nos cubrí a los dos con una manta para evitar el relente y me dispuse a descansar hasta el día siguiente. Tenía la pistola a mano por si a alguno de aquellos tipos se le ocurría acercarse demasiado. Confié en poder despertarme a tiempo para evitar cualquier tipo de acción hostil.
—Buenas noches, cariño. —le dije a Guille antes de pasarle un brazo por los hombros para que se acurrucara a mi lado y pudiera dormir también.
Agotada como estaba, no tardé en coger el sueño… pero tampoco tardé en despertarme cuando escuché a alguien corriendo a mi lado.
—¿Qué…? —murmuré todavía adormilada abriendo un ojo con pereza. Y el repentino sonido de una mujer gritando histérica me despabiló al instante, y despertó también a Guille, que seguía a mi lado.
Era noche cerrada, y no podía ver muy bien porque ya no había hogueras, pero algo estaba pasando. Veía figuras pasar a mi lado, y un olor a putrefacción llenó mis fosas nasales consiguiendo alarmarme… lo único que olía de esa manera eran los muertos vivientes.
Pero aquellas cosas no podían ser resucitados, corrían a toda velocidad en dirección al grupo de gente, que comenzaba a despertar al ser consciente de que les estaban atacando, y por un reflejo de la luz de la luna hubiera jurado que uno de ellos llevaba un cuchillo en las manos.
Sin saber lo que ocurría, pero muy consciente de que allí se iba a producir una masacre, tapé la boca de Guille con una mano y los dos nos encogimos junto al tronco del árbol. Esos seres parecían no habernos visto, y quería que siguiera siendo así.
El sonido de la matanza no se hizo esperar. Logré entrever a gente corriendo de un lado a otro, unos gritando, otros gimiendo, algunos suplicando ayuda y los menos presentando batalla.
“¿Qué es esto? ¿Qué pasa?” no podía dejar de preguntarme. ¿Quién nos atacaba estaba vivo o muerto? Ningún vivo habría tenido motivos para hacer algo así, pero los muertos no corrían ni utilizaban armas.
No me quedé a buscar las respuestas. En cuanto dejaron de pasar atacantes por nuestro lado, cogí a Guille e intenté alejarme de allí lo más rápido y sigilosamente que pudiera… que aquel grupo se las apañara por su cuenta, yo tenía que pensar en nuestras vidas.
No avancé mucho antes de encontrarme cara a cara con uno de aquellos seres. Era un hombre, su piel oscura no reflejaba la luz de la luna y su rostro parecía hinchado y abotargado, además vestía una ropa que no eran más que jirones, y apestaba a muerto que tiraba de espaldas.
Durante un instante nos quedamos mirando el uno al otro, y fue precisamente al ver sus pupilas cuando supe que aquello, pese a su aspecto, no podía estar muerto. Los ojos de los resucitados no eran tan intensos y llenos de vida como esos… y sin embargo su rostro estaba podrido.
Sin dudarlo un instante, aquella criatura desconocida se abalanzó contra mí, pero yo ya tenía el arma en las manos y pude responderle con un disparo, que le alcanzó en la cabeza y le hizo caer al suelo completamente muerto.
El sonido de la pistola sin duda alertaría a más, así que me apresuré a echar a correr cargándome a Guille en el regazo para tratar de alejarme todo lo posible antes de que llegaran.
Para mi desgracia, no recorrí ni cinco metros antes de que tres más me salieran al frente. Era evidente que no todos habían atacado al grupo, algunos se quedaron rezagados, y me había metido de lleno entre ellos.
Muerta de miedo ante aquellos seres desconocidos que atacaban en mitad de la noche, les amenacé con la pistola tratando de espantarles, pero no pareció que les intimidara demasiado cuando los tres, armados uno con un cuchillo y los otros con palos, se lanzaron a por mí. Alcancé a disparar a uno, que recibió el balazo en el pecho, los otros, sin embargo, no se amedrentaron y siguieron adelante dispuestos a hacer conmigo lo mismo que hacían con la gente del campamento.
Me encogí preparada para recibir los golpes, y con toda probabilidad morir. Sólo lo lamentaba por Guille, que moriría conmigo, y siendo tan pequeño y habiendo sufrido lo que había sufrido no se lo merecía… pero entonces se escuchó una ráfaga de disparos, y las dos criaturas cayeron al suelo abatidas antes de que yo misma me arrojara al suelo para evitar las balas.
No vi de dónde salieron exactamente, sin embargo, un grupo de gente cargada con armamento pesado surgió de la oscuridad y se unió a la batalla que se estaba produciendo a mi espalda.
Alguien me alumbró con una linterna y me encandiló con su luz. Puse una mano frente a mis ojos y logré ver a tres hombres acercándose, aunque en esa ocasión vestidos de uniforme militar y no de despojos. Todos llevaban fusiles en las manos y sobre el pecho una bandolera llena de cartuchos para sus armas… aquellos soldados estaban bien surtidos.
—Coged a ésta —ordenó uno de ellos, un hombre musculoso y con una barba rala que llevaba una gorra en la cabeza, señalándome—. A ella y al crío… ¡y acabad con esos putos espectros de una vez! Necesitamos a los supervivientes.
“¿Espectros?” me pregunté mitad aliviada por haber sido salvada, mitad atemorizada por la brusquedad con la que los dos hombres nos agarraron siguiendo las órdenes de su superior.



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