domingo, 16 de agosto de 2015

ORÍGENES: Capítulo 40: Maite


CAPÍTULO 40: MAITE


Luis rompió de un tirón la camiseta cubierta de sangre que cubría a Isabel, que había caído al suelo abatida después del disparo de Irene. Sólo ese gesto bastó para que acabara con las manos empapadas en sangre, y no fue difícil darse cuenta de que la cosa no tenía buena pinta. Su hija se arrodilló a su lado para ayudar con los ojos anegados en lágrimas, mientras que Diana, Eduardo y Ramón, con sus armas al hombro, saltaron sobre los cadáveres de los hombres muertos y se aproximaron con precaución a la puerta por la que Irene y el resto de su gente habían salido huyendo, por si se les ocurría volver con refuerzos.
Pero todo eso me daba igual, lo único que me importaba era que Clara estaba conmigo, en mis brazos, viva y a salvo por fin… o tan a salvo como estábamos los demás al menos. Todo el miedo y la angustia que había sentido hasta llegado ese momento explotaron en forma de lágrimas que me corrieron por las mejillas. Me daba igual que eso no fuera propio de la líder fuerte que tenía que demostrar ser frente a los demás, era mi hija, joder, tenía derecho a un momento de debilidad por ella.
—¡Hay que darse prisa! —urgió Ramón desde la entrada—. Estos tipos pueden volver en cualquier momento.
—¡No consigo detener la hemorragia! —replicó Luis, que permanecía concentrado en ayudar a Isabel, quien temblaba como si estuviera sufriendo convulsiones y sólo era capaz de abrir y cerrar la boca como un pez que intentara respirar fuera del agua—. ¡Sujétala con fuerza! —le ordenó a su hija, que se apresuró a obedecer al tiempo que luchaba por contener las lágrimas.
Gonzalo no había perdido el tiempo, y en cuanto Irene y los militares huyeron, se lanzó hacia el cubículo para liberar al resto del grupo secuestrado. Salió de allí seguido de Sarai, con Javier apoyado a su hombro, cojeando por una herida muy fea en un gemelo de la pierna derecha, y con Judit al lado, que solo mostraba un golpe en la cabeza y aspecto de estar aturdida.
Me sentí mucho mejor al saber que estaba bien. La culpabilidad me habría matado si le hubiera pasado algo más grave siguiendo una orden mía, aunque fuera una que nunca pretendí dar.
Clara se sorbió los mocos contra mi chaqueta, pero no hizo ademán de querer soltarse… y menos mal, porque no tenía intención alguna de hacerlo aún. Había pasado demasiado miedo por ella, en especial cuando Irene volvió a aparecer, como para eso. Quería concentrarme en ese sentimiento de alivio porque, si me dejaba llevar, acabaría estallando de nuevo, y tal vez la locura me impulsara a perseguir a esa maldita zorra hasta darle la muerte que merecía de una puñetera vez.
—¡Maldita sea! —gruñó Luis, ensangrentado hasta los codos, trabajando sobre Isabel, que dejó de convulsionarse de repente. Su cabeza cayó hacia atrás como un peso muerto permitiéndome ver su rostro, pálido como el de un muerto.
—¡Mamá! —la llamó su hija al ver que perdía la consciencia—. ¡Mamá, aguanta!
Javier se apoyó en la puerta del cubículo junto a Judit, que se palpaba insistentemente la herida para ver si todavía sangraba. Sarai, muy despeinada y manchada de un fango mezcla de tierra y sangre, se dejó caer sobre el suelo y se cubrió la cara con las manos. Una vez todos a salvo, Gonzalo se acercó y se agachó a mi lado, desde donde se detuvo a observar por un instante la nada favorable evolución médica de Isabel.
—¡La gente! —le recordé yo al caer en la cuenta de que los otros prisioneros que los espectros tenían encerrados allí continuaban atrapados—. Hay que liberarles y sacarles de aquí, Gon.
Asintió y se apresuró a obedecer mi orden. Yo, sintiendo que debía hacer algo más por Isabel después de lo que ella había hecho por mi hija, todavía cargando con Clara en brazos me aproximé para interesarme más activamente por su estado. Realmente tenía mal aspecto, el flujo de sangre que Luis intentaba contener no estaba remitiendo, y a la pobre no parecía quedarle prácticamente nada de vida dentro.
—Ha entrado en parada —murmuró el doctor, que se apresuró a dejar la herida y comenzó la reanimación cardiopulmonar—. ¡Mierda, mierda… mierda!
—¡Mamá! —gimió Isabel rompiendo a llorar.
Unos disparos, cinco exactamente, se escucharon muy cerca, y los tres vigilantes se prepararon para repeler cualquier ataque que pudiera llegar.
—¡Hay que marcharse ya! —exclamó Ramón—. ¡Esto se puede poner caliente en cualquier momento, y aún tenemos que salir!
—Ya casi estoy. —respondió Gonzalo, que se apresuraba a liberar al resto de prisioneros. Éstos, aterrados y traumatizados tras días a merced de los espectros, se mantenían recelosos también de nosotros, y algunos no se atrevieron siquiera a salir de sus cubículos… pero ese era un problema menor comparado con el que tenía el doctor entre manos.
—¡Luis! —le llamé al verle obsesivamente concentrado en la reanimación cardiopulmonar de Isabel. No la iba a despertar así, no se le había parado el corazón por el disparo, sino porque el suelo bajo su cuerpo había acabado empapado en litros de su sangre, y eso no había forma de arreglarlo—. ¡Luis, ha muerto!
—¡No! —gimió María agachándose junto a su madre, hecha un mar de lágrimas—. ¡Mamá!
Pero Luis entró en razón y, agotado por el esfuerzo, abandonó la maniobra. Me miró con gesto compungido cuando María abrazó el cuerpo de su madre igual que yo abrazaba a mi hija.
Sarai salió de su propio estado de shock el tiempo suficiente para alcanzar a agacharse al lado de su amiga e intentar consolarla… sin embargo, un cadáver era un peligro, no sabíamos lo que podía tardar en reanimarse, y no teníamos más tiempo que perder allí dentro.
—Clara, cariño, necesito que me sueltes un momento. —le pedí a mi hija, que accedió en silencio y me liberó de su abrazo al tiempo que yo hacía lo propio.
Me costó soltarla después de lo mal que lo había pasado por su causa las últimas horas, pero seguía teniendo una responsabilidad que cumplir. Salvo por algunos rasguños, ella estaba bien en general, ni siquiera parecía tan asustada como otras víctimas de los espectros.
—Ramón, nos vamos —le indiqué al cabo, y con un leve asentimiento de cabeza, los dos militares y el cazador retrocedieron hasta nuestra altura, donde María seguía rota de dolor sobre el cadáver de su madre—. Id sacándolos a todos. Luis, ayuda a Javier y a Judit, Sarai, por favor…
—Mari, vamos —le dijo ésta a su amiga tirándole del brazo para ponerla en pie, pero ella se negaba a soltar el cuerpo de su madre—. ¡Mari, por favor! ¡Quiero irme de este sitio!
Viendo que era inútil, le hice un gesto para que se marchara con Ramón y los demás, que se encargaban de ir sacando a los prisioneros, incluso a los más reticentes, de aquel horrible matadero, y me agaché yo misma a su lado.
—Tenemos que irnos —le dije cogiéndola de una mano que estaba llena de sangre todavía fresca—. Sé lo que estás sintiendo, créeme, pero tenemos que marcharnos ya. Si te quedas aquí, estarás poniéndote en peligro, y tu madre no querría eso.
—No… no podemos dejarla así. —murmuró ella secándose las lágrimas con el antebrazo para no mancharse la cara.
—¡Maite, nos vamos! —me llamó Ramón, que ya casi había sacado a todos y aguardaba junto a la puerta. El último en salir fue Javier, y lo hizo cojeando apoyado en el hombro de Judit.
—Id yendo, ahora vamos nosotros. —respondí. María tenía razón, dejar el cuerpo de su madre abandonado en ese lugar no habría sido digno. De no ser por ella, en ese momento podría ser mi hija la que estuviera allí, muerta en el suelo, y sabía que aquello no habría sido capaz de soportarlo. Si hacía todo lo que hacía era por Clara, ¿qué importancia podía tener mi vida si no? Isabel sacrificó la suya para salvarla, seguramente en pago por haber salido en su defensa cuando trataron de violarla, y eso pese a que yo le había robado el novio… se lo debía—. ¡Gon! ¡Échanos una mano!
Ayudadas por Gonzalo, entre las dos cargamos con el cuerpo y nos apresuramos en salir de allí seguidos por Clara. Corrimos todo lo que pudimos para dejar atrás cuanto antes aquel infecto matadero y reunirnos con los demás, que habían tomado la delantera.
El camino estuvo despejado la mayor parte del tiempo. Los disparos todavía se escuchaban, tal vez incluso más cercanos que antes, pero nadie nos abordó para intentar detener nuestra huida. Ramón y Diana, que ahora cargaban con un fusil y dos rifles extras después de arrebatárselos a los dos hombres caídos, abrían la marcha, y por un instante nos pareció que tendrían que hacer uso de alguna de sus armas cuando nos topamos con un pequeño grupo de espectros.
Eran cuatro, todos hombres, y con ropas harapientas y cubiertos de hollín corrían en nuestra misma dirección. Ramón les encañonó con su fusil dispuesto a abrir fuego, pero Eduardo le hizo una señal para que desistiera.
—No va a ser necesario —dijo. Y tenía razón, los espectros nos ignorarnos por completo y siguieron corriendo sin ni siquiera dedicarnos una mirada—. Huyen… han perdido la guerra y huyen por sus vidas.
—Eso tampoco es una buena noticia —mascullé yo, que si me veía obligada a elegir como enemigo entre ellos y la gente armada con la que iba Irene, elegía sin duda a los espectros—. Marchémonos de aquí antes de que nos alcancen. Tenemos que estar bien lejos de la ciudad cuando caiga la noche.
Sólo pudimos permitirnos una pequeña parada cuando cruzamos la carretera que marcaba el límite de la ciudad, momento en que nos sentimos oficialmente fuera de los restos de Palencia. Javier cojeaba tanto que más parecía estar andando a la pata coja apoyado en Judit que caminando con dos piernas, y Luis no perdió el tiempo y se acercó a ellos para echarles un vistazo a sus heridas.
Los otros rescatados eran seis, cuatro hombres y dos mujeres, y todavía nos miraban con algunas dudas. Aunque el hecho de que hubieran huido con nosotros era señal de que no nos consideraban más peligrosos que los espectros, después del miedo que habían pasado tampoco podía culparles por esa actitud recelosa.
Aproveché el parón para dejar el cuerpo de Isabel en el suelo, y en cuanto lo hice, Sarai se acercó a María y ambas se abrazaron para llorar juntas y consolarse por los horrores que acababan de sufrir.
—No podemos cargar con ella. —afirmé con todo el pesar de mi corazón. Podríamos sacarla de la ciudad, pero llevarla hasta la Hermida se me antojaba imposible… ese viaje nos iba a llevar varios días, y el cuerpo no iba a aguantar tanto.
—No quiero que… vuelva —dijo María—. No quiero que se convierta en uno de esos monstruos.
—Yo me encargo. —le prometí.
—Puedo hacerlo yo. —se ofreció Gonzalo.
—No, lo haré yo —insistí… se lo debía.
Desenfundé el cuchillo que siempre llevaba conmigo y me agaché junto al cuerpo. Durante un segundo no fui capaz de dejar de mirar su rostro… su pérdida me dolía, pero iba a doler más en el resto de la comunidad. Era una persona muy querida entre ellos.
Una puñalada en la nuca fue más que suficiente para eliminar cualquier posibilidad de reanimación. Su hija lloró con más fuerza todavía cuando me incorporé con el cuchillo ensangrentado y fue consciente de que ya estaba hecho, de que todo había terminado. Deseé haber tenido algunas palabras para decirle, pero no me atrevía a intentar consolarla; tenía miedo de que acabase llegando a la conclusión de que su madre murió para intentar salvar a mi hija y me culpara por ello.
—¿Todo bien? —inquirió Diana volviéndose hacia Ramón, que observaba los restos de la ciudad con preocupación.
—No —respondió—. Como es lógico pensar, si los espectros están perdiendo la guerra, es que ese otro grupo la está ganando, y eso no me gusta.
—En ese caso deberíamos darnos prisa, no queremos que nos atrapen aquí. —sugirió Gonzalo.
—¡Yo no puedo andar más deprisa! —protestó Javier, que en realidad apenas podía apoyar el pie de la pierna herida en el suelo—. En serio, no puedo…
—Tiene una herida bastante fea ahí —aseveró Luis, que en ese momento le colocaba a Judit una tirita en la frente—. No sangra, pero está sucia, se va a infectar.
—Nos encargaremos de eso cuando estemos en un lugar lejos de aquí, por el momento, que se apoye en alguien para caminar —resolví—. Todavía tenemos que ver cómo vamos a alcanzar a los demás.
Y sin más preámbulos, cargando con cuerpos y con heridos, nos pusimos en marcha con la intención de dejar atrás Palencia de la misma forma en que en el pasado dejamos atrás Madrid o Colmenar Viejo, sabiendo que abandonábamos una tierra quemada por la mano del hombre o del muerto viviente. Eduardo dijo tener una idea de a dónde dirigirnos para poder tomarnos un descanso, atender mejor las heridas y llorar las pérdidas, y en esa dirección caminamos.
Como el peligro ya era menor, Ramón me relevó cargando con Isabel, y aprovechando que Javier se apoyaba en Luis para caminar mientras él le echaba un vistazo superficial a la herida, me aproximé a Judit con Clara de la mano. Junto a ella se encontraba Diana, que no tardó en lanzase sobre mi hija y levantarla en brazos.
—¡Gorrioncillo! —exclamó con alegría antes de que ambas se abrazaran. —Vaya susto nos has dado, pequeñaja.
Con Clara distraída, me volví hacia Judit, que todavía iba palpándose el lugar donde la habían herido, gesto que me preocupó.
—¿Va todo bien? —le pregunté.
—¿Eh? —replicó volviéndose hacia mí—. Sí… es que no soporto las heridas. Como todos, supongo, pero me saca de quicio no poder evitar pensar que está ahí, que puede infectarse y eso, ya sabes.
—Eh… sí, claro —respondí por no querer quitarle la razón—. Aun así, me alegro que eso sea todo lo que te ha pasado. Pudo ser mucho peor, esos espectros eran muy peligrosos.
—Sí, que lo son —asintió—. Pero descubrí que sólo eran personas normales… o tan normales como puede ser una persona que se revuelca sobre hollín y se cubre con carne podrida para cazar a otras personas y comérselas. No soy una experta en costumbres sociales, pero creo que no debían abundar de ese tipo antes.
—No, más bien no. —coincidí con ella.
—Esto… ¿se va a poner Javier bien? —me preguntó titubeante tras unos segundos de silencio entre ambas.
—¿Javier? Tendrá que examinarle Luis, pero aunque su herida es grave, no me parece fatal —contesté—. Luego tendré una charla con él, ¿cómo se le pudo ocurrir dejar que los dos os metierais en la boca del lobo de esa manera?
—En realidad, tuve que insistirle para convencerle de hacerlo —dijo ella sonrojándose de manera muy sospechosa—. Insistirle mucho.
—¿Insistirle mucho? —inquirí. Clara, como si oliera de qué iba la cosa, levantó la vista hacia nosotras con mucho interés desde los brazos de Diana, que tampoco se perdía detalle.
—Bueno, no me enorgullece decirlo, pero tuve que besarle —confesó finalmente, dejándome con los ojos como platos por la sorpresa. Clara, sin embargo, soltó una carcajada.
—¡Judit tiene novio, Judit tiene novio…! —canturreó.
—¡No es mi novio! —se defendió ella enrojeciendo todavía más—. Hubo cierto malentendido entre los dos. Es decir, creo que no me expresé bien y no le quedó del todo claro para qué quería que nos quedáramos solos después de que el resto del grupo se fuera… luego ya no hubo otra forma de convencerle, yo tenía una misión que realizar, y fue la única forma.
Clara se rio tan sonoramente que los seis secuestrados por los espectros, poco habituados a escuchar la risa de una niña, volvieron la vista hacia nosotras inquietos. Yo, por mi parte, apenas podía creer lo que escuchaba. Imaginar a Judit besando a un hombre, y más a uno como Javier, con su aspecto de macarrilla de poca monta, era como imaginar a un resucitado celebrando la ceremonia del té japonesa, y una malsana ansia de saber más me invadió por esa causa.
—Pero, ¿sólo fue un beso? —le pregunté.
—Bueno, en realidad fueron tres. —admitió.
—¿Y qué tal fue? —fisgoneé muerta de curiosidad.
—No… no fue desagradable. —confesó ella, dejándome completamente muerta. ¿Quién iba a pensar que, después de todo, Judit tenía instinto sexual?
—¿Qué os dije? Homo sapiens y neandertales conviviendo juntos, al final acaban como acaban. —sentenció Diana sin poder disimular una amplia sonrisa.
Tardamos unas horas en llegar hasta el lugar al que Eduardo había decidido guiarlos. Había depositado por completo esa carga en él, y temí haber cometido un grave error cuando vi que nos llevaba a la linde de un pequeño pueblecito que no parecía ni mucho menos seguro. Sin embargo, cuando le miré, el cazador tenía una sonrisa de suficiencia en la cara, y cuando Gonzalo se le acercó no pudo evitar sonreír también al tiempo que negaba con la cabeza.
—Husillos, ¿eh? —dijo.
—Por mis cojones que vamos a pasar una noche tranquila en esta casa —replicó él, que no perdió un instante y se dirigió hacia la entrada de la verja exterior de un amplio chalet de las afueras del pueblo—. Entremos… tranquilos, está limpia por dentro.
No sabía si estaba limpia, pero hubo que apartar un armario de la puerta para poder entrar, y cuando lo hicimos, me encontré con una casa con todas las persianas bajadas y en completa oscuridad.
—Pasamos una noche aquí en nuestro viaje —me explicó Gonzalo—. No sé si tendremos dormitorios para todos, pero había muchas mantas, algo se podrá improvisar.
No obstante, aquello tuvo que esperar. Queríamos aprovechar las horas de luz para darle el entierro digno que Isabel merecía, aunque sólo fuera para reconfortar a su hija, de modo que nos apresuramos en conseguir unas palas del interior de la casa y cavamos una tumba en el jardín.
Como Diana y Eduardo tuvieron que quedarse montando guardia, entre Gonzalo, Ramón, María y yo nos las apañamos para conseguir un agujero decente en el que cupiera el cuerpo. Clara estaba cansada tras el camino, pero aunque era muy pequeña para colaborar, me pareció adecuado que estuviera allí, presenciando todo aquello. La mujer que enterrábamos le había salvado la vida, y el gesto le costó la suya propia, era importante que le presentara sus respetos del mismo modo que lo hacía yo participando en el excavado de su tumba.
Nadie pronunció palabra cuando depositamos por fin el cuerpo de Isabel, enrollado en unas sábanas, en el interior del agujero que acabábamos de abrir, ni tampoco cuando lo tapamos. Lo único que se escuchó fue el llanto de su hija al darle el último adiós.
Tras un par de minutos de duelo, decidimos que ya no tenía más sentido seguir mirando una tumba que sólo nos recordaba lo frágil que era la vida, por lo que nos retiramos y dejamos que María se quedara sola despidiéndose de su madre.
—¿Estás bien, cariño? —le pregunté a Clara cuando nos dirigíamos de vuelta a la casa. Parecía algo alicaída, aunque bien podía ser solo producto del cansancio… sin embargo, tras todo lo que había pasado aquel día, prefería asegurarme—. ¿Quieres que comamos algo?
—Estoy bien —respondió, y en ese momento me recordó tanto a mí misma que no pude evitar sonreír, aunque no era el mejor momento para aquello—. Mamá, ¿hemos vuelto a quedarnos solos?
—¿Solos? ¿Qué quieres decir? —repliqué confundida.
—Como estamos aquí todos, pero la mayoría de los otros, los que conocimos en la comunidad, no están… ¿vamos a seguir otra vez sólo nosotros?
—No, cariño —le contesté—. Vamos a ir al pueblecito en la montaña del que te hablé, ¿te acuerdas? Seguramente cuando lleguemos ya estarán los demás allí, esperándonos.
—¿Y vamos a vivir allí? —quiso saber—. ¿Ya no se va a morir más gente, como cuando vivimos en el otro lugar?
Durante un segundo me quedé mirándola sin saber qué responderle, hasta que creí comprender lo que rondaba en esa cabecita suya.
—Clara, no te puedo prometer que no vaya a morir nadie, y yo no sabía que Isabel iba a hacerlo… pero nos dirigimos a un lugar donde hay muchos menos peligro de que eso pase, ¿entiendes? Que a veces alguien se muera no significa que todo el mundo vaya a morirse.
—Ya sé que no todo el mundo va a morirse. —contestó muy convencida agarrándome la mano.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo has sabido eso? —le pregunté sorprendida por lo rápido que la había convencido.
—Porque tú irás a salvarlos —resolvió—. ¿A que sí? Para eso eres la que manda, ¿no?
—Sí, cariño, para eso soy la que manda. —respondí consolándome con que al menos ahora tenía un pensamiento más positivo con respecto a la vida que su anterior “todo el mundo se muere”. No podía pedir más por el momento.
Las dos regresamos al interior de la casa para ayudar a reforzarla en vistas de pasar allí la noche. Los prisioneros rescatados de los espectros se habían instalado ya en el comedor y luchaban por recuperarse de la dura experiencia sufrida, mientras que Luis, que se había perdido el funeral para poder atender las graves heridas de Javier, todavía se encontraba con él en una de las habitaciones. Cuando dejé a Clara comiendo algo para que recuperara fuerzas me acerqué al dormitorio donde se había instalado para ver si alguno de los dos necesitaba algo.
—¿Qué tal ha ido la cosa? —me preguntó el doctor al verme entrar.
—Todo lo bien que puede ir algo así. —le contesté. Había tenido que abrir las persianas para tener algo de luz con la que poder tratar las heridas, algo que no me gustó, pero que era necesario.
—Ya casi he terminado, si esperas, puedo echar un vistazo a lo tuyo. —me indicó. Durante la breve pelea, Irene sólo logró arañarme un poco y ponerme el ojo morado, pero éste era el mismo ojo que ya me habían herido, y quería que Luis se asegurase de que la cosa no era más que un moretón, así que acepté la oferta y me senté a esperar mi turno.
—¿Cómo está el herido? —quise saber. En realidad quería saber la salud de todos de cara a planificar una marcha hacia la Hermida sin vehículos y con pocas provisiones.
—Mal. —protestó Javier dolorido. Su pierna aún permanecía cubierta de sangre seca, pero el doctor le había desinfectado la herida, cosido y cubierto con una venda, así que presentaba mucho mejor aspecto que antes.
—Tardará en curarse —diagnosticó Luis—. Le costará caminar una temporada… pero curará, te lo aseguro.
—Eso me deja más tranquilo —suspiró él antes de volver la vista hacia mí—. Yo… siento mucho lo que ha pasado, señora. No quería causar más problemas, de verdad. No tenía ni idea de que ella pretendiera vérselas con esos espectros cuando nos separamos, lo juro.
—Vuélveme a llamar “señora” y tendrás problemas de verdad —repliqué, sacándole a Luis una sonrisa en el proceso—. No te preocupes, no estás en apuros. Judit me ha contado cómo la protegiste… aunque no fuera esa tu intención en un principio, al parecer.
—Yo… eh… —balbuceó sonrojándose visiblemente. La amenaza que le susurré al oído después de matar a sus antiguos compañeros seguía muy viva en su cerebro, como había sido mi intención al pronunciarla. Era bueno saber que no la había olvidado—. De verdad que no pretendía… pero es que me gustaba, y cuando me dijo que… bueno, eso.
—No importa, eres un hombre y ella, aunque sea la única cosa que se le olvide en la vida, es una mujer, es natural que pueda surgir cierta… atracción entre ambos —le tranquilicé—. Sin embargo, como ya te habrás dado cuenta, Judit es un tanto especial, y si algo me podría enfadar es que jugaras con sus sentimientos. Ella no es mi hija, pero como si lo fuera, lleva con nosotros desde que todo esto empezó y le tengo mucho cariño. Así que ojito.
—Sí, señ… sí. —murmuró corrigiéndose a tiempo. Tuve que luchar porque una carcajada no arruinase el efecto de la advertencia al ver que a Luis le costaba contenerse también.
Cuando la cura hubo terminado, el muchacho salió de la habitación cojeando rumbo al sofá más cercano para descansar la pierna. Inmediatamente Luis comenzó a inspeccionarme el ojo en busca de posibles daños.
—Me alegra ver que te has quitado el parche del todo. —comentó.
—Supongo que ya tocaba —suspiré—. ¿Ves algo malo?
—No parece que el golpe afectara al ojo en lo más mínimo —observó—. Eso sí, el moratón durante una temporada no te lo quita nadie. Pero no es grave.
—Debe ser la primera vez que Irene no hace algo que sea grave —gruñí—. Creo que sólo tú y yo comprendemos lo problemático que es que esa hija de puta haya vuelto a dar señales de vida.
—Yo no diría que es problemático —replico él torciendo el gesto—. Desafortunado, sí… desde luego es un encuentro no deseado, y tampoco me complace saber que sobrevivió a Colmenar Viejo después de todas las muertes que causó entre los nuestros. Pero no es un problema, al menos no lo es nuestro, no cuando nos vamos muy lejos de aquí.
—Espero que tengas razón —deseé—. Pero también estamos muy lejos de donde nos vimos con ella la última vez… sé que hemos tenido muchas diferencias últimamente, Luis, pero he tratado de mantener la cabeza fría y tomar decisiones racionales como líder de esta comunidad. Sin embargo, si Irene vuelve a aparecer, me va a costar mucho mantener esa línea.
—Si vuelve a aparecer, seré el primero que apruebe que le vueles la cabeza de un disparo sin mediar palabra antes —me aseguró el doctor—. Pero mi consejo que es que ahora te olvides de ella, tenemos otros problemas más acuciantes que estos viejos resentimientos.
—Eso es cierto —tuve que admitir—. Todavía tenemos que conocer a nuestros nuevos amigos…
Los prisioneros rescatados nos habían seguido hasta allí durante horas de camino tal vez por pura inercia, porque no tenían otro lugar a donde ir, pero todavía desconfiaban de nosotros, como si estuviéramos esperando el momento propicio para atacarles o maltratarles.
Armándome de buena voluntad, me senté con ellos en el comedor que habían ocupado y les ofrecí comida de la poca que habíamos traído con nosotros para intentar ganármelos… y lo cierto fue que funcionó, sobre todo cuando le pedí a Gonzalo y los demás que nos dejaran a solas, y los hombres armados y uniformados desaparecieron de escena.
 Algunos sólo eran parte de grupos errantes que tuvieron la desgracia de caer en manos de los espectros, quienes dieron cuenta de los demás miembros sin ningún reparo. Pero un par de ellos, un hombre de unos cuarenta años llamado Domingo y una mujer de treinta llamada Anabel, resultaron ser parte de la gente a la que también pertenecía ahora Irene.
Por razones obvias, estaba muy interesada en todo lo que pudieran contarnos sobre ese grupo, de modo que inquirí más en el tema, y lo que tenían que contarnos de ellos acabó siendo de lo más preocupante.
—No son sólo una comunidad —se explicó Domingo, que al mismo tiempo engullía la ración que le había tocado de comida. Alimentarles nos daría problemas con los suministros antes de lo que me hubiera gustado, pero al parecer los espectros no se caracterizaban por tener bien nutridas a sus víctimas—. Son toda una red de comunidades dirigidas por un hombre llamado Dávila.
—Nuestro grupo fue parte de ellas —intervino Anabel, que más afectada que su compañero apenas atinaba a pinchar de su plato con el tenedor por el temblor de manos que sufría—. Al principio fue una bendición, ese hombre llegó con su gente, limpió el pueblecito del que nos surtíamos y nos dio un hogar y cierta seguridad… pero muy pronto comenzaron los abusos.
—Nos pidieron cosas a cambio de todo eso —asintió Domingo—. Comenzaron con parte de la comida que lográbamos saquear del pueblo, agua, armas… todo lo que tuviéramos era suyo en la práctica. No nos pareció mal, comprendíamos que había que pagar un precio y que ellos lo necesitaban para ayudar a otras personas también. Pero entonces comenzaron a reclamar gente. Quería soldados para continuar la reconquista del mundo, y cuando no podíamos darle lo que quería, o si lo que teníamos no era suficiente, su gente se lo cobraba de todas formas.
—Al final, una comunidad se rebeló —dijo Anabel—. Uno de sus hombres intentó reclutar a unos muchachos que no eran más que unos críos para combatir a los espectros, y dijeron que ya estaba bien, que ellos podían valerse por sí mismos y no respondían ante nadie… pero Dávila los masacró. No perdonó ni a los niños.
—Cuando escuchamos esa historia lo tuvimos muy claro: teníamos que escapar de Dávila y sus hombres —continuó Domingo—. Pero no queríamos acabar igual, de modo que, en lugar de abandonarle a él, abandonamos el pueblo. Desgraciadamente los espectros nos encontraron, aunque no creo que hubiéramos durado mucho de todas formas, porque envió a hombres a por nosotros sólo Dios sabe para qué… probablemente para hacernos lo que a esa otra comunidad.
—Con nosotros estáis a salvo —les aseguré—. Los seis, si así lo queréis. De lo contrario, os daremos algo de comer y dejaremos que os marchéis. Nosotros nos dirigimos al norte, allí deberíamos ser más de cincuenta personas en total a nuestra llegada, y estaremos resguardados de vivos y muertos vivientes gracias a las montañas.
—Aceptamos vuestra oferta porque no tenemos otro lugar a dónde ir —replicó Domingo tras pensárselo unos instantes—. Pero no creo que allí estemos a salvo… si Dávila pone su ojo en ese sitio, cuenta con decenas de hombres sólo entre gente capaz de empuñar un arma para someteros o destruiros. No quiero ofenderos, pero no creo que seáis capaces de luchar contra algo así.
No podía decir que no tuviera razón. Parecía como si nunca hubiera suficiente gente para defender un lugar, pero siempre hubiera de más a la hora de dar de comer a sus habitantes… era frustrante. No obstante, Dávila se estaba extendiendo por los diminutos pueblos de León, y esos eran pueblos pequeños, con tan sólo unos pocos muertos vivientes en ellos y fáciles de limpiar para un grupo bien armado. Por esa razón, tal vez la incursión contra los espectros le hubiera salido cara y necesitara recuperarse antes de intentar algo más grande. Si decidía acercarse por las montañas, seguramente todavía nos daría un tiempo suficiente para estar preparados, si es que eso era posible.
Lo cierto era que no me preocupaba demasiado en ese momento aquel tema. Entendía el miedo que Domingo y Anabel pudieran sentir tras lo que habían pasado, pero después de todo, y siendo realistas, Dávila era un problema para el futuro, si es que llegaba a serlo alguna vez y su gente no acababa sucumbiendo antes, o rebelándose ante sus abusos como ya hicieran dos comunidades.
Y aun así, cuando cayó la noche no pude pegar ojo pensando en ello. Tuve que compartir una cama pequeña con Clara en un dormitorio que tan sólo disponía de una, aunque nosotras fuimos de las que salimos mejor paradas, porque a otros no les quedó más remedio que ocupar el sofá o incluso descansar sobre unas mantas en el suelo.
No era sólo Dávila lo que me quitaba el sueño, eran tantas cosas que hasta me costaba concentrarme en una más de un minuto. Me preocupaba la comida, el transporte para llegar hasta la Hermida, las pocas armas con las que habíamos dejado a los demás mientras tomaban la delantera en el camino… y sobre todo, por encima de lo demás, dos cosas: el miedo que aún tenía en el cuerpo por lo cerca que había estado de perder a Clara y que Irene hubiera regresado a nuestras vidas.
“¿Cómo no va a preocuparme Dávila si Irene está con él?” me dije sintiendo una rabia por dentro que solo esa maldita hija de puta era capaz de despertar en mí. Habría vendido mi alma al diablo por poder volver al fatídico día en que tuve la desgracia de conocerla y haberle volado la cabeza, tal y como merecía ya incluso en esos momentos.
Escuché unos pasos lentos pasar por delante de la puerta de la habitación. Los reconocí como los de Gonzalo… habría sido imposible no hacerlo después de tanto tiempo en Miraflores aguardando a escucharlos para salir de la cama y dirigirme a la suya. Procurando no hacer mucho ruido, se dirigió hacia la puerta trasera de la casa y salió fuera.
De repente me invadieron unas ganas locas de ir con él. Sentía ciertos remordimientos por haberle tenido un poco abandonado a lo largo del día. Con lo preocupada que había estado por Clara, apenas reparé en que también fue capturado por los espectros y había vivido una experiencia terrible, una que además podía traerle a la mente experiencias pasadas similares.
—Clara —llamé a mi hija en un susurro—. Clara, cariño, ¿estás despierta?
No lo estaba. No sólo no respondió, sino que su respiración era tranquila, pausada, propia de alguien que dormía plácidamente.
Aprovechando la oportunidad, me deslicé fuera de la cama y me cubrí con la chaqueta antes de dirigirme yo también fuera. El interior de la casa estaba en silencio, salvo por el sonido de más de una docena de respiraciones distintas que también intentaban dormir, y suponiendo que en esas condiciones nadie me echaría de menos durante un momento, salí a buscar a Gonzalo.
El aire del exterior era fresco, pero no frío… el invierno ya sólo era un amargo recuerdo, la primavera se había hecho fuerte, trayendo consigo nuevas posibilidades de futuro, y antes de que nos diéramos cuenta, ya sería verano.
Encontré a Gonzalo sentado junto a la puerta, mirando las estrellas, que brillaban con fuerza en un firmamento despejado después de un día en el que hubo algunas nubes. La única ventaja que tenía el fin del mundo era que las estrellas podían verse con claridad desde cualquier lugar, sin contaminación lumínica ni de ningún tipo cubriendo el cielo.
—¿Puedo? —le dije antes de sentarme con él—. Bueno, ya da igual.
—¿No puedes dormir? —me preguntó pasándome un brazo por encima del hombro.
—Demasiadas cosas en qué pensar —respondí acurrucándome a su lado—. La primera de ella es que Clara esté durmiendo con total normalidad.
—¿Eso te preocupa? —inquirió sin comprender.
—¿Preocupar? No, pero me sorprende —contesté apoyando la cabeza en su hombro—. Ha pasado por una experiencia terrible, y sin embargo, puede dormir… los primeros días después de que todo esto comenzara tenía pesadillas constantemente, y jamás se separaba de mí. Hoy, sin embargo, parece estar tan bien que me cuesta creerlo. Es como si se hubiera acostumbrado a este tipo de cosas, como si no fuera la que era.
—Ninguno de nosotros es quien era —me aseguró él apoyando su cabeza sobre la mía—. Pero no creo que sea que Clara pueda dormir lo que te lo impide a ti. ¿Qué más te preocupa?
—¿Te hago una lista? —repliqué torciendo el gesto—. Pero ahora mismo me preocupas tú, que has pasado por la misma experiencia que ella y, sin embargo, no puedes dormir.
Durante unos segundos se quedó mirando al frente con gesto impasible. Allí, a unos pocos metros, se encontraba la tumba de Isabel, qua desgraciadamente ya descansaba en paz.
—He estado hablando con su hija —confesó—. Llegué a conocerla un poco cuando viajamos juntos y sé que estaba muy unida a su madre… y está mal, rota por el dolor.
—Es natural —dije yo comprendiendo muy bien su situación—. Y todavía estará mal una temporada larga. Espero que ese lugar al que vamos sirva para que todos curemos un poco esas heridas… pero no tienes que seguir haciéndote el duro conmigo, Gon, dime cómo estás tú.
—Estoy bien, de verdad —me aseguró—. Ya ves, he contemplado cómo sacrificaban a un hombre como si fuera un cerdo en día de matanza y estoy… bien. Supongo que ya me he acostumbrado a todo este tipo de atrocidades, que son el pan nuestro de cada día, por duro que eso resulte. No estoy pensando en dejarme barba ni nada de eso, si es lo que te preocupa.
—Mejor, no me gustas con barba —le dije acariciándole el mentón, que ya raspaba por la falta de afeitado. No obstante, como acababa de sufrir un secuestro se lo perdoné.
—También he pensado mucho sobre los espectros —confesó—. Encontré un relato escrito por un hombre que prefirió suicidarse antes de convertirse del todo en uno, y no pude dejar de ver ciertas similitudes entre su degeneración mental y la que comencé a sufrir yo en la base militar…
—Eso ya pertenece al pasado —repliqué—. Además, tú saliste de aquello.
—No, tú me sacaste de aquello —me corrigió—. ¿Sabes por qué apoyé sin dudar que quisieran hacerte líder cuando lo del grupo de Javier?
—¿Por qué? —inquirí con curiosidad.
—Porque eres fuerte —contestó—. Mucho más que cualquiera de nosotros. Este mundo te consume, mira lo que hizo con los espectros, o lo que casi consiguió hace conmigo, pero tú tienes fuerza de sobra no sólo para mantenerte cuerda, sino para además mantener cuerdos a otros.
La única forma que encontré de corresponder ese elogio fue abrazarme más fuerte a él. Tal vez tuviera razón, y eso fuera lo que veían en mí los que tanto insistían en ponerme al frente de las cosas. Cuando el mundo tiende a volverte loco, lo único racional es seguir la estela de que prodiga cordura. En cierto modo, eso me hizo pensar también en que Luis podía tener razón, y que tal vez, al ejercer mis funciones como líder, mis medios no hubieran sido los más adecuados. La locura no sólo te podía transformar en un ser degenerado como los espectros, también en un asesino sin escrúpulos que arrasaba comunidades que le llevaban la contra, como hacía ese Dávila.
—He estado pensando que, puesto que la vida es tan corta y Clara más fuerte de lo que yo creía, tal vez sí que pueda contarle que tú y yo estamos juntos cuando lleguemos a la Hermida. —le dije a Gonzalo.
—¿En serio? —replicó titubeante.
—¿Qué pasa? —inquirí yo frunciendo el ceño. No me esperaba una reacción tan poco entusiasta—. Me dijiste que lo comprendías, pero está claro que llevarlo en secreto no es algo que te guste… además, la mayoría deben de haberlo deducido ya, y prefiero que se entere por mí que por escuchar a alguien cuchichear sobre ello.
—Es que no sé si estoy preparado para tener una hijastra de diez años —confesó—. ¿Tengo que asegurarme de que sus novios tengan buenas intenciones y esas cosas?
—Si quieres, pero ya le voy cogiendo yo en tranquillo a eso —respondí recordando la conversación con Javier—. Aún es muy pequeña para que el tema novios sea preocupante, aunque no tardará… crecen demasiado rápido.
—Hay más de ciento cincuenta kilómetros desde aquí hasta la Hermida, según el mapa de Eduardo —afirmó cogiéndome de la mano y entrelazando sus dedos entre los míos—. Conociéndote, supongo que esa es otra cosa de las cosas que te quita el sueño.
—Sí —admití—. Pero no la que más.
—Irene. —adivinó con mucho tino.
—No puedo creer que me haya vuelto a cruzar con ella —exclamé negando con la cabeza por pura desesperación—. Después de todo lo que hizo, de todas las muertes que causó, que siga respirando es casi un insulto.
—Mala hierba nunca muere. —recitó él.
Sólo porque el tema hubiera salido a colación sentí ganas de echarme a llorar. Era irritante pensar en todos los que habían caído por culpa de esa zorra… Sebas, Toni, Aitor y Raquel, Katya y Andrei y seguramente también Érica. Y estando con Gonzalo no vi la necesidad de contener el llanto.
—Eran gente buena —dije entre lágrimas—. Tú los conociste a casi todos… sólo buena gente que quería sobrevivir, que no hacía daño a nadie… y ella hizo que los mataran.
—Lo sé —aseveró abrazándome con más fuerza, gesto que agradecí porque de verdad lo necesitaba en ese momento—. Yo también pasé por eso. Pero no dejes que ese pensamiento te consuma o acabarás como acabé yo. Tarde o temprano lo pagará, estoy convencido de que, si hay justicia en el mundo, lo pagará.
“No hay justicia en el mundo” pensé, “de lo contrario, no estaríamos así”.
Pero no le dije nada, si algo había aprendido en todo el tiempo transcurrido desde que los muertos vivientes aparecieron hasta ese instante, era que no había ninguna fuerza cósmica equilibrándolo todo. Si querías obtener algún resultado, tenías que poner todo tu empeño en ello, y la mayoría de veces ni aun así se lograba nada.

Mi cuchillo atravesó la cabeza del resucitado, cortando carne, rompiendo hueso y perforando cerebro, y su cuerpo cayó contra el asfalto completamente muerto.
—Casi me había olvidado de vosotros —susurré al tiempo que limpiaba el cuchillo contra su mugrosa ropa. Ramón, Diana y Eduardo se encargaron del resto de ellos que se movían entre los coches abandonados en mitad de la carretera—. ¡Ya podéis venir! —llamé a los demás.
Con el camino despejado, el resto del grupo se acercó sin temor a que un muerto viviente pudiera atacarles repentinamente. Clara se separó de ellos y corrió hasta llegar a mi lado, aunque no pudo disimular una mueca de asco al verme las manos llenas de sangre y restos podridos de muerto viviente.
—¿Qué habéis conseguido? —les pregunté. Su misión era inspeccionar los coches conforme íbamos limpiando la zona para encontrar cualquier cosa que nos pudiera ser útil, desde comida y agua hasta ropa
—Un botellín de agua, dos bolsas de patatas fritas sin abrir, una maleta llena de ropa de invierno sobre una baca y un bote de toallitas húmedas —resumió Luis, que les encabezaba—. Algo me dice que ya han registrado esta zona antes que nosotros, porque no he visto ni un coche que siguiera cerrado.
—Era de esperar —lamenté—. Tal vez lo haya hecho nuestra propia gente.
—Si estuvieran Montse o Damián, podríamos averiguar cómo hicieron para superar este atasco cuando pasaron por aquí. —comentó Eduardo agarrando el bote de toallitas húmedas y sacando de él unas cuantas para limpiarse las manos de sangre, gesto que me pareció práctico imitar para por lo menos poder darle la mano a mi hija.
—Se desviarían por alguna carretera comarcal, o atravesarían campo a través, aquí el terreno es llano —supuse—. Sólo me preocuparía si alguno de los que acabamos de matar fuera uno de los nuestros. Nos llevaban un día de ventaja como mucho, es posible que en estos momentos estén llegando allí, si no ha habido complicaciones… aunque admito que esperaba haberles alcanzado ya. Creía que seríamos más rápidos que un convoy con un camión enorme.
Gonzalo volvió en ese momento, después de haberse adelantado para inspeccionar qué nos esperaba en adelante. Parecía contento, cosa que me tranquilizó.
—El atasco termina en unos doscientos metros —anunció—. He tanteado algunos de los últimos coches y hay al menos tres que funcionan, tendrán que ser suficientes para llevarnos a todos.
—Iremos un poco apretados, pero está bien —asentí. Sólo un poco más adelante se encontraba el desvío hacia la carretera que nos llevaría directamente a la montaña, y sobre la que recorreríamos cerca de setenta kilómetros de camino tortuoso hasta llegar a la Hermida—. ¿Qué otros lugares tenemos por delante?
—Dehesa de Montejo al pie de la montaña —contestó Eduardo consultando su mapa—. Y Cervera de Pisuerga. Lamentablemente hay que atravesar por en medio del último para seguir la carretera, pero es un lugar pequeño. Luego ya no hay datos, en la montaña sólo hay pequeñas aldeas, aunque habrá que atravesarlas igualmente. No sé si podremos hacerlo en un día, pero no debería llevarnos más de dos, como mucho.
—Que con dos que llevamos, ya son cuatro —reflexioné secándome el sudor de la frente—. Estamos en el ecuador del viaje, nos espera la parte más dura y estamos escasos de comida. Sé que suena mal, pero tenemos que seguir, ya intentaremos saquear algo en esos pueblos. ¡Compañía, vamos!
Retomamos la marcha una vez más en dirección a esos coches que, si teníamos un poco de suerte, nos facilitarían el camino. Clara se quedó enredando con Diana, así que aproveché la oportunidad para caminar al lado de Gonzalo.
—¿Con ganas de llegar ya? —me preguntó.
—No sabes cuánto. —resoplé.
—Tranquila, una vez allí tendrás hasta un balneario para relajarte —me dijo con una sonrisa—. Sólo hay que aguantar un poco más y por fin podremos descansar en paz… en el buen sentido, claro.
—¿Estás de broma? —repliqué sin poder creer que de verdad pensara eso—. Tenemos que hacer funcionar toda una comunidad allí. Hay mucha gente nueva que conocer, casas que distribuir, defensas que levantar, trabajos que organizar… este viaje agotador van a ser unas vacaciones en comparación.
—Vale, es posible que tengas razón —admitió—. Pero sin duda merecerá la pena tener por fin un lugar donde vivir y donde intentar prosperar.
—Eso espero, Gon —asentí cogiéndole de la mano con discreción, para que Clara no nos viera, y volviendo la vista hacia el horizonte. Tras tantos días rodeados de las llanuras castellanas casi había comenzado a echar de menos el paisaje montañoso, y lo que se nos presentaba al frente era la cordillera cantábrica en todo su inmenso esplendor. Pero también, como decía Gonzalo, una oportunidad de prosperar, de vivir después de tanta muerte—. Eso espero…

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