domingo, 2 de agosto de 2015

ORÍGENES: Capítulo 37: Irene



CAPÍTULO 37: IRENE


—Dios… —murmuró Marisol cubriéndose la cara con las manos en un gesto de dolor.
Apenas estaba amaneciendo cuando nos pusimos en marcha de nuevo, y subidos todos en los camiones, continuamos carretera adelante nuestro trayecto. Sin embargo, media hora más tarde tuvimos que detenernos cuando nos topamos con el escenario de una auténtica masacre.
Una pequeña agrupación de casas construidas junto al cauce de una acequia había sido el refugio elegido por un grupo de personas para alojarse, tal vez confiando en que la distancia con los núcleos urbanos y la robustez de las viviendas sirvieran de escondite en el que mantenerse alejados de los muertos vivientes… pero no les había servido para nada a la hora de la verdad. Los cadáveres de al menos diez personas yacían tirados de cualquier manera sobre el suelo, desangrados hasta el punto de que la tierra a su alrededor se había teñido de rojo.
Observé la escena desde el camión con cierta aprensión… quien provocara eso no había tenido piedad ni de las mujeres ni de los niños, que habían sido sometidos a toda clase de mutilaciones y desfiguraciones.
—¡Putos reanimados! —gruñó Koldo después de abatir a un muerto viviente que roía el brazo de uno de los cuerpos—. Mira lo que han hecho.
—Esto no lo han hecho los reanimados —le corrigió Fidel dándole una patadita a un cadáver para darle la vuelta—. Esos cortes los han hecho cuchillos y machetes… han sido los espectros.
—Tiene que haber sido muy reciente si un reanimado aún estaba mordisqueándoles —opinó Bruno agachándose junto al mismo cuerpo—. Apostaría a que ocurrió esta misma noche, es cuando suelen atacar esos cabrones.
—¿Cuántos cuerpos hay? —preguntó Aldo, que con gesto adusto se paseó entre aquel campo lleno de muerte. Un par de cuervos llegaron volando y se posaron en el tejado de una de las casas… esos dos se iban a dar un buen banquete cuando nos hubiéramos ido.
—Once. —contestó Fidel después de contarlos.
—Menos de la mitad —afirmó pensativo—. Los demás debieron llevárselos para comérselos.
—Estamos muy cerca —exclamó Oriol—. Estos hijos de puta se están volviendo demasiado osados.
—Acamparemos aquí —declaró Aldo en voz alta, para que pudiéramos escucharlo todos—. Hay que dar sepultura a esta gente.
Como era de esperar, quienes tuvieron que dar sepultura a los muertos acabamos siendo nosotros. Pudiendo disponer a su antojo de todos, no iban a mover un dedo cuando tenían quien lo hiciera por ellos, y pronto nos vimos cargados con picos y palas que tenían en uno de los camiones y cavando tumbas para los once muertos.
No me importaba hacerlo… ya no me importaba nada en realidad. Tras lo que había ocurrido la noche anterior, lo único que tenía en la cabeza era la idea de la venganza, y mientras cavaba con una pala, mis únicos pensamientos eran acerca de encontrar la forma de matar a los soldados, en especial a Aldo, que había conseguido arrebatarme los últimos despojos de dignidad que me quedaba.
—Lo siento mucho —se disculpó conmigo Fátima a primera hora de la mañana, cuando nos subieron al camión para salir del motel. Había pasado una noche horrible, no sólo por haber sido ultrajada de aquella manera, sino también por el dolor. Tuve que realizar todo el trayecto de pie porque no podía ni sentarme, y eso sirvió para que todos allí confirmaran lo que hasta entonces únicamente habían sido rumores, formados por el escándalo que se organizó en plena noche a raíz de ello—. Lo siento, de verdad… siento haber dicho todas esas cosas. Jamás pensé que fueran capaces de algo así.
Como única respuesta, le lancé una mirada asesina que la obligó a volver a sentarse de nuevo en el camión. Sus disculpas me daban completamente igual, no eran más que palabras de alguien que no me importaba una mierda.
Acabada la primera tumba, arrojaron el cadáver de una mujer en él. Vestía un sencillo pantalón azul convertido en jirones, pero de cintura para arriba iba desnuda. Los espectros se habían entretenido en mutilarla tanto de pechos como de brazos, y también le habían destrozado la cara a cuchilladas… esperaba que todo aquello ocurriera cuando ya estuvo muerta, aunque si lo que te gustaba era el sadismo extremo, no sabía qué podía tener de divertido hacerle eso a un cadáver cuando no te costaba mucho más hacérselo mientras vivía.
La que yació en esa tumba podría haber sido yo, de no ser porque había decidido acceder al chantaje de Aldo a cambio de mi seguridad y la de Guille. Por más vueltas que le daba a mi estúpido comportamiento de los últimos meses, ese punto estaba claro; mi único defecto fue ablandarme, dejarme engañar por supuestas catarsis personales y no haber dejado atrás esa moralidad absurda que sólo me había traído desgracias. De haberlo hecho antes, habría soportado mucho mejor los encuentros sexuales con el militar.
Librarme del peso de la conciencia era revitalizador, aunque sólo fuera porque volvía a tener un objetivo, una razón de ser, y había dejado de comportarme como una estúpida que no aceptaba la verdad: que la única forma de sobrevivir en el mundo de los muertos vivientes era aplicar la mano dura.
Disponía de una ventaja para la venganza que planificaba, y ésta era que aquellos imbéciles me consideraban una pusilánime, alguien que probablemente no se atreviera a nada después de lo que había sufrido la noche anterior, tras su pequeño un arrebato de rebeldía… no tenían forma de saber lo equivocados que estaban.
Nos pasamos trabajando el resto de la mañana, y cuando terminamos de enterrar el último cadáver, para decepción del grupo de cuervos que se había formado ya, estaba agotada. Guille, que por su edad no podía ni levantar una pala tan pesada como las que usábamos, se quedó en el camión junto con Marisol y otro hombre mayor que se encontraba en las mismas, así que al menos él estaba bien.
—Lo que pasa en el camino, se queda en el camino, ¿verdad? —le pregunté a Fátima cuando nos acercamos a la acequia a lavarnos un poco de tierra y sudor.
—¿Cómo? —replicó ella sin comprender.
—Teméis a Dávila, pero las comunidades que dirige son lugares civilizados, ¿no es cierto? —insistí.
—Bueno, sí, todo lo civilizados que cabe esperar, tal y como están las cosas. —respondió mirándome con preocupación.
—No querrán un escándalo de abusos sexuales a su espalda… lo que pasa en el camino, en el camino se queda —reflexioné en voz alta—. Eso significa que no voy a pisar esa comunidad. Se librarán de mí, que no soy nadie, ni siquiera una de los vuestros, para librarse de una potencial molestia.
Fátima me miró boquiabierta, pero no supo qué decirme, algo que ya esperaba… ella sólo era una pobre idiota más a merced de los acontecimientos.
Cuando sentí la presencia de Aldo a mi espalda no pude evitar sonreír, aunque eliminé ese gesto de mi cara antes de incorporarme y darme la vuelta. Fátima se apresuró a regresar con los demás, y ni siquiera miró atrás mientras se alejaba.
—Vamos. —me dijo el militar agarrándome del brazo y tirando de mí en dirección a una de las casas.
Oriol, que vigilaba al resto de prisioneros, se quedó mirándonos mientras nos metíamos en el interior de la vivienda más cercana, un pequeño chalecito que en otro tiempo debió tener su encanto, pero donde la marca de los espectros también había llegado. Las manchas de sangre del suelo indicaban que las depravadas criaturas lograron entrar allí y causar estragos, aunque no se encontró ningún cuerpo dentro.
—¡Por favor, no me hagas daño! —fingí suplicarle cuando, una vez en el salón, me arrojó al suelo con brusquedad. El motivo por el que me llevaba aparte era evidente—. Lo de ayer fue… un error, juro que no volveré a hacerlo.
—Teníamos un trato —me espetó descolgándose el fusil de la espalda y apuntándome con él, cosa que por un instante me hizo temer por mi integridad, porque no me esperaba que fuera a querer sacrificarme allí mismo, como si fuera un caballo cojo—. Tu vida y la del niño, ¿recuerdas?
Lo recordaba muy bien… no podría olvidarlo jamás.
—¡Por favor, no lo hagas! —insistí llenando mis ojos de lágrimas y arrastrándome hasta agarrarme a sus piernas. No sabía cuándo, pero al fin había aprendido a fingir que lloraba—. Haré lo que quieras que haga, las veces que quieras… lo juro… déjame demostrártelo.
Si algo me convenció de que había vuelto a ser yo misma fue verme psicológicamente capaz de hacer aquello otra vez, más después de lo que ocurriera la noche anterior. Pero era necesario, y volvía a no tener escrúpulo alguno que me lo impidiera.
Desabrocharle el pantalón y bajárselo hasta las rodillas fue sencillo, lo difícil llegó cuando me vi en la tesitura de volver a tener que vérmelas con su miembro viril… sin embargo, toda esa rabia que sentía a raíz de ello sirvió para aumentar mi determinación, y pronto el fin justificó cualquier medio.
Aldo se dejó hacer por mí, y creyendo que me tenía en sus manos de nuevo, se relajó y comenzó a disfrutar del placer que le brindaba la que pensaba era una pobre estúpida desesperada por protección. En ningún momento pensó que esa muchacha idiota, cuando le vio más vulnerable, apretaría los dientes como si fuera un tiburón agarrando a su presa.
Todo sucedió en una décima de segundo. Aldo gritó como jamás había visto gritar a un hombre, y yo, con los dientes bien clavados, eché la cabeza hacia atrás para desgarrar antes de abalanzarme contra sus piernas y derribarle en el suelo. Aturdido por el dolor, el militar no fue capaz de reaccionar a tiempo, y para cuando quiso darse cuenta se encontraba sobre el parqué, desarmado, dando gritos y con las manos sujetándose la sangrante entrepierna, mientras que yo sólo tuve que estirar una mano hacia el fusil y agarrarlo antes de escupir en el suelo el trozo de carne sanguinolenta que le había arrancado.
Su cabeza estalló como un melón maduro cuando le disparé a bocajarro, y pese a lo horripilante de la escena, no pude sino congratularme cuando vi sus sesos desparramados por todas partes.
No fui verdaderamente consciente de lo que había hecho hasta que oí la puerta del chalet abrirse de golpe. Matar para sobrevivir, esa era la clave, y de nuevo la había cagado, me había dejado llevar por la posibilidad de obtener una venganza en caliente en lugar de ser lo fría y despiadada que la situación requería.
“No aprendí la lección en Colmenar Viejo, y parece que ya no la voy a aprender nunca” pensé al escuchar el trote de los soldados recorriendo el pasillo. No tenía sentido intentar plantarles cara con el fusil, ellos eran seis y habían recibido entrenamiento, mientras que yo era prácticamente la primera vez que tocaba un arma semejante, así que la tiré al suelo, donde ya me encontraba de rodillas, y esperé a que hicieran lo que tuvieran que hacer.
Oriol entro el primero, y en cuanto echó un vistazo a los restos de Aldo apartó el fusil de mi alcance de una patada. Cuando me miró, había un odio desmesurado en sus ojos, y me extrañó que no me volara la cabeza allí mismo… pero él sí había aprendido la lección de la paciencia.
—¡Te vas a arrepentir de esto, puta! —me dijo agarrándome del pelo y obligándome a ponerme en pie. El resto de soldados también estaba allí, contemplando con aprensión los trozos de cerebro de su cabecilla esparcidos por todas partes.
Como no sabía qué más hacer, me lancé contra Oriol para intentar golpearle, arañarle o lo que fuera. Él me rechazó con facilidad dándome un puñetazo en el estómago, puñetazo que me dejó sin respiración durante un segundo. Doblándome sobre mí misma, luché por recuperar el aliento e intentar reaccionar, pero con un sencillo golpe con el fusil me hizo caer de nuevo al suelo.
—Vas a desear no haber nacido… —masculló.
El culatazo que lanzó fue directo a mi cara, dejándome inconsciente al instante.

Sentí como si flotara sobre un vacío inmenso y oscuro, un lugar de paz y tranquilidad, pero también de desesperanza y de ausencia. Vagué por él casi sin ser consciente de ello durante lo que se me antojó una eternidad, al menos hasta que me invadió una intensa sensación de estar siendo observada, como la que sentí cuando me encontraba perdida en la sierra. De repente estuve allí otra vez, vigilada por la montaña y con el frío recorriéndome todo el cuerpo, un frío que sólo había sufrido una vez en la vida…
Desperté incorporándome con brusquedad y dando un grito. Tenía la sensación de que todavía me encontraba perdida en el bosque, pero en realidad hasta un segundo antes había estado tumbada en una cama, y por un momento todo fue confusión mientras mi mente intentaba comprender qué había pasado desde que perdí el conocimiento.
—¡Ey! Tranquila, hermana —exclamó una mujer recostada sobre otra cama tan sólo a un par de metros de la mía. Era una mujer corpulenta, con unos brazos enormes llenos de arriba abajo con tatuajes de motivos celtas, y un cabello largo y negro peinado en una gruesa trenza… aunque sin duda lo más llamativo de ella era que vestía un extraño conjunto que parecía estar hecho de retazos de distintas prendas de cuero cosidas entre sí de cualquier manera. También llevaba una mano enrollada en una venda—. Nena, ve a avisar al doctor de que ya está despierta.
—Sí, voy —respondió inmediatamente otra chica que se encontraba sentada sobre la misma cama que ella. Vestía de manera muy parecida, incluso con tatuajes similares, aunque era mucho más delgada, y las prendas ajustadas y cortas dejaban muy poco a la imaginación. Lucía un negro y corto cabello peinado hacia atrás, y se había pintado símbolos tribales por toda la cara.
—¿Dónde estoy? —pregunté sintiéndome muy mareada cuando la chica se marchó por la puerta de la habitación.
Aquello parecía el dormitorio de una casa, incluso había una mesita de noche entre las dos camas, y por la ventana entraba la luz del sol. Debía ser de día todavía, aunque no sabía cuánto tiempo había pasado desde que me dejaron inconsciente.
—¿Tú dónde crees? —replicó ella—. En la enfermería, claro.
—¿La enfermería de dónde? —inquirí sin saber todavía si debía preocuparme o no. Me dolía la frente a horrores por culpa del golpe, y me habían vestido con un pantalón blanco y una camiseta de manga corta verde quirófano.
—Vaya, te han debido dar fuerte en la cabeza, ¿eh? —exclamó ella mirándome casi divertida.
No supe qué decirle, aunque no hizo falta porque en ese momento la puerta se abrió, y por ella entró un hombre delgado de mediana edad y con una calva incipiente, seguido de la otra mujer, que inmediatamente volvió a sentarse a los pies de la cama de mi compañera de habitación.
—Así que has despertado por fin —dijo el hombre acercándose a mí—. ¿Cómo te encuentras?
—He estado peor —tuve que admitir—. ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?
—Mi nombre es Lorenzo, y soy el médico de esta comunidad —respondió—. Te encuentras en un pequeño pueblo junto al río Cea, conocido anteriormente como Galleguillos de Campos, a mitad de camino entre León y Palencia, más o menos.
—¿Anteriormente? —repliqué alzando una ceja. Eso de cambiar el nombre de los sitios ya lo había visto en cierta basílica, y la cosa no acabó muy bien—. ¿Cómo lo llamáis ahora?
—Lo llamamos hogar. —contestó la chica cogiendo la mano sana de la otra mujer entre las suyas.
—¿Y qué vais a hacer conmigo? —quise saber todavía desconfiada. Seguía sin tener ni idea de en qué clase de lugar me encontraba, y mucho menos de cómo había llegado hasta allí.
—Yo asegurarme de que estás sana, que es mi trabajo. —respondió el doctor.
—¿Y tenerme aquí perdiendo el tiempo es también parte de ese trabajo, Loren? —protestó la robusta mujer desde su cama.
—Lo siento, Rosana, pero te han hecho un buen corte con un cuchillo oxidado, no te vas a ir hasta que esté seguro de que no has cogido el tétanos. —respondió él con dureza.
—¡Cómo no pueda salir mañana a dar caza a esos espectros con los demás, vamos a tener más que palabras tú y yo! —exclamó ella señalándole con un dedo.
—Si no te importa, tengo otra paciente que atender —replicó Lorenzo con indiferencia—. Pero podéis salir a la sala de estar las dos si os cansáis de estar aquí, no necesitas guardar reposo y hay algunos libros para leer… si las vuestras recordáis todavía cómo se hace eso.
—Muy gracioso, Loren. Muy gracioso —farfulló Rosana levantándose de la cama—. Vamos, nena… dejemos al señor profesional tranquilo.
—¡Qué paciencia hay que tener con ellas! —exclamó el doctor poniendo los ojos en blanco cuando las dos se marcharon cogidas de la mano, detalle que no me pasó por alto. Debían ser pareja o algo—. Perdona por tantas distracciones, Irene. Acuéstate y deja que vea cómo va ese golpe.
—¿Cómo sabe mi nombre? —le pregunté sorprendida mientras él me palpaba la cara. Me dolió un poco cuando lo hizo, pero lo soporté estoicamente.
—Se lo preguntaron a la gente que traían contigo… menos mal que ellas llegaron a tiempo, de lo contrario, esos bestias no sé lo que habrían hecho —contestó—. No tiene mal aspecto, y tampoco parece que haya nada roto, así que debería curar bien. ¿Te duele… algo más?
—No, ya no. —respondí un poco avergonzada. Si le habían contado algo más que mi nombre, era evidente a qué se refería.
—Dávila querrá hablar contigo ante que nadie, pero luego, si quieres, Ingrid es psicóloga… —me ofreció.
—No hará falta —le aseguré. Ver explotar la cabeza de Aldo fue lo suficientemente terapéutico para mí… al menos hasta que pudiera hacérselo pagar al resto también, y no les iba a salir barata su participación en todo aquello—. ¿Dónde está el niño que iba conmigo, Guille?
—No sé nada de ningún niño —respondió él—. Pero no te preocupes, probablemente lo tendrán ellas.
—¿Ellas? —inquirí antes de decidir si preocuparme o no.
—Las guerreras salvajes —me aclaró… o al menos lo intentó—. Es una larga historia, pero si lo tienen ellas puedes estar tranquila, sólo odian a los hombres que han pasado la pubertad.
No sabía si quería entender lo que me estaba diciendo sobre “guerreras salvajes”. Tras mi nueva epifanía, Guille era lo único que todavía me inspiraba un poco de ternura y compasión, y no quería perderlo… sin embargo, lo único que me preocupaba tanto como su suerte era tener que vérmelas con el famoso Dávila. Por lo que había oído de él, y el miedo que algunos le tenían, no parecía el tipo de persona misericordiosa, y yo me acababa de cargar al líder de sus militares.
—¿Quién es Dávila? —aproveché para preguntarle. Por lo poco que le conocía al doctor, parecía un hombre honrado, y la opinión que pudiera tener de él podía ser muy esclarecedora.
—Dávila es el hombre que nos dirige —me explicó—. Es quien está al mando de todas las comunidades establecidas en la región y que forman la red. También quien gobierna ésta en concreto.
—¿Y qué quiere d…?
La pregunta se quedó a medio plantear en mis labios porque la puerta se abrió de repente, y por ella entró un hombre armado con un fusil de asalto. Por un instante quise cubrirme con las sábanas de la cama al creer que era uno de los militares, pero tras fijarme en sus rasgos concluí que no podía ser ninguno de ellos… les conocía demasiado bien a todos como para confundirlos.
—Rosana me ha dicho que ya se ha despertado, y veo que es cierto —afirmó lanzándome una mirada que sólo duró un segundo, y que luego dirigió hacia Lorenzo. Era un muchacho joven, sólo un crío en realidad, y por algún motivo, al verle con ese fusil en las manos me recordó un poco a Aitor—. Tenías órdenes de informarme en cuando estuviera consciente.
—Tenía órdenes de informarte en cuanto estuviera bien, y eso estaba comprobando —replicó el doctor sin dejarse amilanar—. Después de lo que hicieron tus amigos, no te extrañará que quiera estar seguro.
—No son mis amigos, y lo sabes —afirmó el chico torciendo el gesto—. Tengo que llevarla con Dávila, son órdenes.
—Es igual —intervine yo incorporándome de nuevo. No era necesario que el médico se la jugara por mí, de todas formas no iba a servir para nada—. Es mejor acabar con esto cuanto antes. Llévame con Dávila.
—Muy bien, esperaré fuera a que estés vestida. —asintió el muchacho antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras él.
—No se lo tengas muy en cuenta, Emilio tiene muy dura la mollera, y es fiel a Dávila pase lo que pase —me confió Lorenzo—. Dejaré que te vistas tranquila.
Cuando me quedé sola en la habitación me sentí tentada de escapar saltando por la ventana, pero valoré más acertado obedecer y conocer a ese Dávila. No sabía cuáles eran las intenciones de aquella gente para conmigo, pero si me habían rescatado de los militares, curado las heridas e incluso vestido, éstas no podían ser muy hostiles, y si en esa comunidad tenían gente armada y médicos merecía la pena al menos conocerla.
Completé mi atuendo con unas zapatillas de deporte también blancas y una sobrecamisa azul claro que dejaron al pie de la cama, y cuando estuve lista abrí la puerta y salí fuera. Allí, tanto Lorenzo como Emilio me esperaban. El doctor se quejaba de que Rosana y su amiga se habían marchado sin su permiso, pero ambos giraron la cabeza hacia mí al verme salir.
—Estoy lista. —dije.
—Entonces ven conmigo. —exclamó Emilio, y sin resistirme en lo más mínimo le seguí fuera de la enfermería. No me pasó por alto el gesto de aprensión de Lorenzo al verme marchar… confiaba en que sólo estuviera preocupado por mi salud.
Cuando puse un pie en la calle, no pude evitar quedarme boquiabierta. Aquello, como habían dicho, era una comunidad en toda regla. Al menos una docena de personas caminaba por sus calles, algunos cargando pesados sacos al hombro, otros llevando tierra en carretillas, y unos críos incluso cargaban cubos de agua. Todos tenían aspecto de estar un poco cansados, pero por lo demás parecían sanos y limpios; tal y como estaban las cosas, eso era muchísimo.
—Estamos levantando un muro alrededor del pueblo —me explicó Emilio mientras me escoltaba en dirección desconocida. Pese a que al principio intentara hacerse el duro, en el fondo no era tan estricto como quería aparentar, así que tal vez Lorenzo tuviera razón y su actitud inicial se debiera únicamente a su lealtad por Dávila—. Cuando esté acabado, habrá que hacer menos guardias… aunque después de que mañana aniquilemos a esos malditos espectros el peligro será mucho menor, los muertos vivientes normales no suelen venir de fuera.
—¿Habéis limpiado todo el pueblo de muertos? —inquirí asombrada al ver que doblábamos la esquina y la comunidad seguía calle arriba. Había incluso gente asomada en las ventanas de las casas, así que buena parte de ellas debían estar ocupadas; aunque en realidad, al tratarse de un pequeño pueblo más bien tirando a sencillo, todas eran unifamiliares.
—No es un pueblo muy grande. —respondió con modestia.
No lo era, pero desde luego eso era mejor que lo que había organizado Santa Mónica al instalarse en el centro de uno rodeado de resucitados. Aunque allí todo el mundo parecía temer más a los espectros esos que a los muertos vivientes.
Un hombre pasó tirando de una vaca, seguido de un par de críos que correteaban sin zapatos por el suelo embarrado. Sentí un poco de aprensión al pensar en Guille, pero me guardé ese sentimiento hasta que alguien me dijera qué había sido de él; no quería parecer débil.
Al doblar otra esquina nos topamos con una curiosa aparición. Apoyada en una pared, una mujer alta y delgada daba mordiscos a una manzana mientras contemplaba a la gente trabajar. Esa imagen no habría tenido nada de particular de no ser porque la mujer vestía unos pantalones cortos hechos con retazos de piel, al estilo de las dos de la enfermería, y sobre la cintura sólo llevaba un top negro que únicamente le cubría los pechos. En el cinturón de aquel curioso pantalón portaba dos cuchillos en vainas de cuero y la funda de una pistola… y colgada a la espalda nada menos que una espada de más de un metro de largo. Por lo demás, se había peinado con dos trenzas que le caían hasta la cintura, y tenía todo el cuerpo y la cara cargados de tatuajes celtas.
“La feria medieval ha llegado al pueblo” fue lo primero que pensé al verla. Las ganas de reír, sin embargo, se me quitaron cuando vi que Emilio se frenaba en el momento en que ella dio un paso adelante y se interpuso en nuestro camino.
—A partir de ahora vendrá conmigo, si no te importa. —dijo lanzándole una mirada desafiante. Era difícil adivinar su edad bajo aquel disfraz, pero si no había cumplido ya los treinta años, debía estar a punto.
—Dávila me ha ordenado que la lleve con él. —replicó Emilio intentando aparentar que esa mujer no le intimidaba.
—¿Y a dónde te crees que quiero llevarla? —insistió ella acercándosele todavía más—. Tan sólo que ahora la custodio yo, no tú.
—Me he responsabilizado… —trató de defenderse, aunque la mujer imponía demasiado para un muchacho como él—. Rhia…
—¿Rhia? —exclamó molesta empujándole contra la pared. En un abrir y cerrar de ojos el fusil de asalto acabó en el suelo, y uno de sus cuchillos apoyado contra el cuello del chaval—. Doña Rhiannon, si no te importa, ¿o te crees que porque te desvirgara puedes tratarme con esa familiaridad?
—Perdón —se disculpó Emilio—. No pretendía faltarle al respeto, doña Rhiannon.
—Mucho mejor —asintió ella apartando el cuchillo—. Ahora coge tu arma y vete a vigilar el muro, ¿o quieres que suframos otro ataque mientras tú estás aquí con los huevos por corbata?
El chico se llevó una mano al cuello para comprobar que no le había cortado antes de recoger el fusil y marcharse asustado al trote.
—A veces hay que ponerles en su sitio o se te suben a la espalda —dijo negando con la cabeza—. No le juzgues mal, es un buen chico, pero ha sido educado para creer que si le follas tiene algún derecho sobre ti.
—¿Quién eres tú? —no pude evitar preguntarle. Empezaba a pensar que el golpe en la cabeza me había afectado.
—Mi nombre es Rhiannon —se presentó—. Bueno, no es mi verdadero nombre, pero es como me llaman aquí, y soy la líder de las guerreras salvajes.
—Sí, ya he conocido a un par de ellas en la enfermería. —murmuré.
—Rosana y Cecilia… buenas guerreras, se portaron de maravilla con el ataque de los espectros del otro día —asintió ella—. ¿Te dijo ese medicucho del tres al cuarto lo que pasó?
—Al parecer me rescatasteis —resumí—. Parece que os debo una bien grande.
—No nos debes nada, entre nosotras debemos ayudarnos —replicó ella—. Mira, no nos vestimos así porque nos guste el cosplay o nos vaya el rollo postapocalíptico. En los últimos tiempos el mundo se ha llenado de hijos de puta, como lamentablemente has podido comprobar, y parece que la han tomado con nosotras. ¿Sabes cuántas violaciones han sucedido desde que todo esto empezó? ¿Cuántas han tenido que ofrecer sexo, lo único que tenían, a cambio de protección y comida? Las mujeres tenemos que estar más unidas que nunca en estos tiempos oscuros, demostrar que con nosotras no se juega.
—¿Por eso os vestís de guerreras celtas? —inquirí.
—Las guerreras celtas tenían tanta consideración, o incluso más, que los hombres —me aseguró—. Son un símbolo para todas, además de una señal de identidad y la prueba de que, como dice la canción, las chicas somos guerreras.
Viendo cómo me habían ido las cosas, no podía más que darle la razón en todo lo que decía
—¿Y Dávila? —le pregunté.
—Dávila es un hijo de puta y un cabrón —afirmó—. Pero la vida es dura, y hacen falta hijos de puta cabrones… no te preocupes por él, después de lo que esos militares sarnosos te hicieron pasar, cuentas con nuestra protección. Hiciste lo correcto volándole la cabeza a ese cabrón misógino, así que no se atreverá a tomar represalia alguna contra ti… y por cierto, deberíamos ir yendo a verle.
—Vamos pues. —asentí sintiéndome un poco más tranquila. Todo apuntaba a que iba a escaparme de rositas, y eso estaba bien; hasta parecía que había acertado matando a ese imbécil… desde luego eso era mejor que seguir siendo su puta o ser yo la muerta.
—¿Qué hay de Guille? —le pregunté cuando reemprendimos el camino—. El doctor dijo que lo teníais vosotras.
—¿El niño? Sí, está en nuestra casa capitular a salvo con nosotras, tranquila —me aseguró—. ¿Se llama Guille? No es muy hablador.
—Vio cómo toda su familia moría no hace ni una semana. —le expliqué.
—Bueno, aquí estará bien —dijo ella—. Hay otros niños de su edad, y en cuanto acabemos con los espectros, la comunidad será completamente segura.
—Entonces es verdad que vais a atacar a los espectros. —comenté.
—Vamos a ir prácticamente todos —asintió con entusiasmo—. Nosotras, la milicia, hasta los militares de mierda… bueno, ahora que no está Aldo no sé, igual nos hacen un favor y se largan. ¡Joder! Me encantaría que Dávila nos enviara a darles caza por desertores. Sería la hostia de irónico.
Me recorrió un escalofrío cuando mencionó el nombre de Aldo. Era lo bastante fuerte como para poder vivir con lo que me habían hecho, estaba segura, pero eso no significaba que fuera a olvidar tan fácilmente lo que ese hijo de puta me hizo pasar.
—Ya hemos llegado —anunció deteniéndose frente a una casa un poco más grande que las demás, aunque tampoco de mucha mayor calidad. Por el asta de bandera sobre la puerta principal, deduje que se trataba de algún tipo de casa oficial, tal vez incluso el ayuntamiento de ese pequeño pueblo, si es que disponía de uno—. Pasa, Dávila te estará esperando ya. Yo aguardaré aquí a que termines.
Me quedé mirando con aprensión la entrada durante un par de segundos antes de atreverme a dar un paso hacia ella. La puerta se encontraba abierta, o al menos se podía abrir sin ningún problema, así que hice de tripas corazón y entré.
El interior de aquel lugar parecía algo así como la casa del terrateniente del lugar, bien amueblada y decorada, aunque con un estilo un tanto rústico y pasado de moda.
—¿Hola? —llamé al ver que en la entrada no había nadie. Se escuchaba un ruido como de agua cayendo que me costó identificar debido al tiempo que hacía que no oía algo parecido: alguien se estaba duchando… esa casa debía tener agua corriente—. ¿Señor Dávila?
La entrada daba directamente a unas escaleras que llevaba al piso superior, de donde provenía el ruido de la ducha, pero por un lado se entraba a un comedor muy amplio, adornado con un par de estanterías llenas de libros y algunos cuadros de motivos de caza muy acordes con el estilo de la casa. Junto a un ventanal había una pequeña mesita con una botella de vino a medio beber encima, además de un vaso todavía lleno y un cenicero con un cigarro encendido.
Un hombre que se encontraba sentado en una silla junto a mesa cogió el cigarro y le dio una calada. No aparentaba tener más de cuarenta años, y su rostro triangular, figura delgada y pelo corto y bien peinado le habrían conferido cierto atractivo de no ser por los ojos… aquellos ojos eran tan inquietantes y estremecedores que habrían detenido la carga de un rinoceronte con una mirada amenazante, y en esos instantes estaban fijos en mí.
—¿Es usted el señor Dávila? —me atreví a preguntarle.
—Eso me temo —respondió él sin mutar el gesto, soltando el humo del cigarro muy lentamente—. Y tú debes ser la famosa Irene, ¿no es cierto?
—Eso me temo. —contesté.
—Pasa, siéntate —me ofreció señalando una silla frente a la suya—. ¿Quieres un cigarrillo, o un vaso de vino? Es crianza, de lo mejorcito que hemos encontrado por aquí.
—No fumo, pero voy a aceptar ese vaso. —le dije. Sentía la boca muy seca, y hacía meses que no cataba un buen vino.
Solícito, se levantó al tiempo que yo me sentaba y se dirigió supuse que a la cocina, de donde volvió un instante más tarde con un vaso en el que sirvió el vino. Le di un trago para probarlo y descubrí que no mentía, era un buen crianza.
—Ojalá el resto de las cosas se conservaran tan bien con el paso del tiempo como el vino o los cigarrillos —afirmó volviéndose a sentar—. Eso nos habría ahorrado algunas dificultades en el pasado.
—Aun así, este lugar es impresionante —me pareció oportuno decirle, por mostrarme yo también amable y suavizar un poco la tensión que sentía—. ¿Cuánta gente vive en esta comunidad?
—Antes de que los zombis aparecieran, este pueblo tenía tan sólo uno cien habitantes, ahora somos la mitad… bueno, la mitad menos uno, gracias a ti —respondió consiguiendo que se me atragantara el vino. Sabía que estaba allí para responder por la muerte de Aldo, pero no esperaba que fuera a sacar el tema de forma tan desenfadada—. Has tenido mucha suerte, ¿sabes? No permito lo que te hicieron dentro de mis fronteras, pero mis fronteras son muy pequeñas.
—No esperaba que nadie fuera a ser castigado por unas cuantas violaciones —exclamé torciendo el gesto y entendiendo lo que quería decir—. Esas cosas pertenecen a otros tiempos.
—Cuando alguien decide abandonarnos, deja de estar bajo mi protección, y por lo tanto su suerte ya no es asunto mío —argumentó con cierta indiferencia—. Envié a Aldo y los suyos a por esa gente, no tenían que hacerles ningún daño, demasiados están muriendo ya por culpa de los espectros y tengo la intención de recolocarlos por separado para cubrir las bajas, pero al parecer te viste en medio cuando no tenías ninguna relación con esto y se aprovecharon de la situación.
—A veces la suerte no acompaña. —repliqué con desdén.
—Es impresionante que te lo tomes tan bien. —afirmó alzando una ceja.
—No soy muy de quejarme…
—No, eres más de volar cabezas —señaló permitiéndose mostrar media sonrisa—. Esto es interesante, por lo que me han contado los chicos de Aldo, te dejaste hacer prácticamente de todo a cambio de tu vida y la del niño.
—¿Qué tiene de interesante? —inquirí frunciendo el ceño.
—No es de tu familia —dijo—. De lo contrario estarías preguntándome por él y no bebiendo vino… y no le habrías volado la cabeza a Aldo. He visto a madres hacer de todo por sus hijos, y si fueras la suya, no te habrías rebelado de esa manera ni aunque se hubieran montado una orgía a tu costa.
—Su tío y yo fuimos pareja durante unos meses —resumí antes de que siguiera pinchándome con esos comentarios—. Ahora están todos muertos, y yo me hice cargo de él.
—Interesante, ¿lo ves? —señaló—. ¿Sabes? Si algo he aprendido en estos tiempos es que la única forma sensata de sobrevivir en este jodido mundo es que todo te importe una mierda, así que dime, ¿qué hace que cometas la insensatez de que un niño con el que apenas tienes vínculos te importe como para dejarte follar por un ser tan despreciable como el capitán Aldo Valverde?
La agresividad de su vocabulario me dejó muda durante un segundo. Sólo de pensar en esos acontecimientos que nombraba tan a la ligera se me hacía un nudo en la garganta… pero respondí.
—Cuando le reventé la cabeza con su propio fusil volví a un camino que ya sé por dónde te acaba llevando, porque lo he recorrido antes —le expliqué—. Ese niño es el último vínculo que me queda con mi conciencia.
Ante esa respuesta, Dávila guardó silencio y se limitó a mirare como si me estuviera evaluando. Por un segundo sentí unas ganas tan repentinas como inexplicables de echarme a llorar, y de no ser porque pude controlarme a tiempo, le habría acabado suplicando que acabara con aquella entrevista y me dejara ir a ver a Guille de una vez.
El sonido de la ducha se interrumpió en ese mismo momento, e instintivamente miré hacia arriba con curiosidad.
—¿Tenéis agua corriente? —aproveché para preguntarle.
—De momento hemos logrado llevar agua del río a algunas casas, pero nos faltan fontaneros —respondió dirigiendo también su mirada hacia el techo—. Creo que ya ha terminado… ¡¿Puedes bajar un momento?! —añadió dando un grito para quien estuviera arriba pudiera escucharle.
Me giré y esperé a que esa persona apareciera, y cuando terminó de bajar las escaleras, lo hizo enrollada en una corta toalla y secándose el pelo con una más pequeña. Era una mujer más o menos de mi edad, morena y delgada, y efectivamente se acababa de duchar, algo más que insólito.
—¿Qué ocurre? —preguntó mirándome con curiosidad.
—Loreto, te presento a Irene. Irene, Loreto —hizo las presentaciones Dávila—. Ella es la administradora, se encarga de que todo aquí esté organizado.
“Sí, y de más cosas” pensé yo, que sabía que una no se duchaba en la casa del jefe y luego se paseaba en toalla frente a él a menos que antes lo hubiera tenido metido entre las piernas.
—Mucho gusto —dijo ella con desparpajo lanzándome una sonrisa amistosa—. ¿Me necesitas para algo, Víctor?
—Sí, pero mejor que te vistas primero. —le sugirió Dávila.
Loreto asintió y regresó al piso superior, él se entretuvo en apagar el cigarro en el cenicero, y yo aproveché para dar otro sorbo al vaso de vino.
—Hablemos de tu estatus —exclamó acomodándose en la silla—. Una comunidad como ésta necesita mucha gente útil, pero ninguna inútil. Las bocas extra que alimentar son un incordio que no nos podemos permitir.
—No soy ninguna inútil, he sobrevivido prácticamente sola desde que todo esto comenzó —me defendí—. Tal vez no sepa… pintarme la cara u ordeñar vacas, pero devuélvame mi pistola y verá lo que puedo hacer.
—Este lugar, así como todas las comunidades bajo mi mando, se asemejan mucho a hormigueros —afirmó—. Tenemos trabajadores y tenemos soldados, todo el que quiere recibir su parte tiene que hacer también su parte, ¿estás diciendo que quieres ser una soldado?
—Eso estoy diciendo. —asentí. No me veía cargando cubos o paseando animales, eso habría servido para la Irene blandengue de los últimos meses, no para mí.
—Tengo varios soldados ya, gente capaz que ha sido entrenada y algunos profesionales… no me pareces ninguna de las dos cosas —repuso para nada convencido—. No puedo dar una oportunidad y un arma a cualquiera que diga que quiere ser soldado para no tener que ordeñar vacas o labrar la tierra.
—Pues yo creo que le puedo hacer falta, sobre todo teniendo en cuenta que sus soldados reales planean traicionarle. —Dejé caer la bomba casi con indiferencia, como si no fuera nada importante, y aunque esperé que el efecto en él fuera mucho mayor, en su terrible mirada pude ver leves destellos de curiosidad. —Lo escuché de sus propias bocas. Con el ataque que planeáis contra los espectros, y las muertes que eso puede causar en la gente de este lugar, pensaban ponerles en su contra y acabar usurpando el poder… me parece que no le sienta bien eso de que les de órdenes alguien que no es un militar.
Dávila frunció el ceño, y ese gesto en su cara se me antojó tan peligroso que me alegró que no fuera dirigido hacia mí.
—Detesto a los militares —confesó—. No les soporto, sencillamente no les soporto. Esos aires de grandeza que se dan al creerse más capaces que los demás sólo ocultan el hecho de que, si estamos en esta situación, es únicamente por su fracaso a la hora de luchar contra los zombis. Hasta ahora les he necesitado porque son buenos pegando tiros, pero como comprenderás, la mera idea de que esos inútiles descerebrados puedan volver a coger las riendas del mundo civilizado no me atrae demasiado.
—Eso puedo entenderlo, yo tampoco les he cogido cariño precisamente. —afirmé.
—Me estaba oliendo algo así desde hacía tiempo, no me cuentas nada nuevo, salvo confirmar mis temores —masculló enfadado—. Últimamente Aldo estaba demasiado rebelde, se creía intocable por la importancia que se daba, igual que sus hombres, que no hacen más que crear problemas con la gente de Rhiannon.
—Se podría decir entonces que matando a ese hijo de puta le hice un favor —simplifiqué—. A lo mejor podemos llegar a un acuerdo donde los dos salgamos beneficiados.
—¿Un acuerdo? —replicó levantando una ceja con interés—. ¿De qué tipo?
—Usted me da un arma y me envía mañana con los demás a acabar con los espectros, y yo me encargo de que ninguno de esos capullos uniformados regrese de la batalla —respondí—. Yo me vengo de ellos y al mismo tiempo le demuestro que no soy ninguna inútil, y usted se libra de la amenaza que suponen para su liderazgo. Todos ganamos.
—En la batalla contra los espectros estarán ellos, y no creo que hayan olvidado lo que le hiciste a su cabecilla —me advirtió—. Puede que seas tú la que no vuelva… las guerreras salvajes no pueden protegerte siempre.
—Usted sigue sin perder nada si es así —le dije encogiéndome de hombros—. ¿Tenemos un trato?
—Lo tenemos. —asintió dando su conformidad, y yo me sentí satisfecha con ello.
No me importaba meterme en una guerra con unos seres que ni tan siquiera comprendía, tampoco la posibilidad de que los soldados tomaran represalias contra mí… yo sólo quería encontrar un refugio y vengarme. Si el universo era incapaz de impartir justicia, lo haría yo a mi manera, que sería despiadada y cruel, y además con ello me ganaría un lugar en una comunidad próspera cuyo líder me debería una. No podía pedir nada mejor, salvo quizá darme yo también una ducha.
Loreto bajó las escaleras ya completamente vestida. Llevaba un conjunto vaquero que le favorecía bastante con unas botas de montaña a juego.
—Loreto, lleva a nuestra nueva compañera a la que será su casa a partir de ahora. —le indicó Dávila.
—Muy bien, señor —asintió ella, que volvía a tratarle de usted… supuse que la diferencia entre eso y tutearle debía ser la cantidad de ropa que llevara puesta.
Salí de la casa acompañando a aquella chica. Fuera me esperaba también Rhiannon, que en cuanto me vio aparecer se acercó a nosotras.
—¿Y bien? —inquirió.
—Al parecer, ahora soy una más de la comunidad. —respondí.
La mujer sonrió, asintió satisfecha y me abrazó con fuerza. Ante tal gesto de camaradería no pude sino devolverle el abrazo… yo también me sentía muy satisfecha.
—Deberíamos ponernos en marcha —dijo Loreto—. Todavía tengo que alojarte en una casa.
—Primero preferiría ver a Guille, si no es mucha molestia. —objeté yo cuando me vi libre los fuertes brazos de la guerrera.
—¡Por supuesto que no! —exclamó ella—. Seguro que el chiquillo está deseando verte también.
Rápidamente nos pusimos las tres en marcha rumbo al lugar donde tenían a Guille. Loreto y Rhiannon caminaba rápido, pero también se paraba a saludar a todo el mundo. Supuse que, como administradora y como líder de las guerreras salvajes respectivamente, debían tener trato con todos ellos, pero a base de retrasos llegué a pensar que se detenían a propósito para ponerme más nerviosa.
Cuando caminábamos de nuevo por el camino de barro donde los dos críos jugaban, tuvimos que echarnos a un lado porque un furgón militar pasó a toda prisa a través de la carretera. Sobre él iban montados los seis militares restantes, y me estremecí por tener que volver a verles tan pronto… aún no estaba preparada para ese reencuentro.
La mirada de Oriol se quedó clavada en mí antes de que el vehículo se detuviera cortándonos el paso, aunque por suerte Rhiannon se interpuso entre los soldados y yo.
—Debí cortarte el cuello cuando pude, zorra. —me espetó por encima de la mujer conteniendo las ganas que sentía de bajar y cumplir su amenaza allí mismo.
—Tú mucho cuidado con lo que dices. —le amenazó la guerrera desenfundando un cuchillo.
—Ah, ¿ahora te protegen las guarras salvajes? —se mofó—. Tú no te metas, bollera, esto no va contigo.
—Si nos tocas a una, nos tocas a todas —le espetó ella, que parecía a punto de saltarle al cuello—. ¿Quieres que me haga un collar con tus diminutos huevos?
—Haya paz, chicos —pidió Loreto al percatarse del potencial conflicto que podía organizarse allí—. Dejadnos pasar o tendré que informar a Dávila.
—Nos veremos mañana en la batalla. —se despidió Oriol dejando la amenaza latente en el aire cuando la furgoneta se puso en marcha de nuevo.
“Ya lo creo que nos veremos” pensé yo contenta por la oportunidad que iba a tener para ajustar cuentas con todos ellos.
—Una castración a tiempo evita estas cosas. —opinó Rhiannon negando con la cabeza y volviendo a enfundar su cuchillo mientras ellos se perdían de vista.
—No te preocupes, a esos se les va la fuerza por la boca. —me dijo Loreto.
—No estaba preocupada en absoluto —respondí con total sinceridad—. Vayamos con Guille, por favor.
—Pues aquí estamos. —anunció Rhiannon cuando por fin llegamos la famosa casa capitular de las guerreras salvajes, que no era más que una casa cualquiera de las muchas que había por allí, salvo que tenía dos pisos. La puerta de entrada daba directamente a un amplio comedor, y en él, seis mujeres vestidas de forma parecida a la guerrera, con sus tatuajes, trenzas y ligeras ropas de cuero, pasaban el rato muy entretenidas en sus quehaceres.
 A Rosana y Cecilia ya las conocía, las dos se encontraban sentadas en un sofá compartiendo el contenido de una lata de comida; en el fondo, sentada en una rueda de afilador, una tercera mujer trataba con esmero de sacar más filo de un hacha de mano; junto a la mesa, un hombre grueso, tatuado de cabeza a piernas y con algunos piercings en la cara le realizaba un tatuaje en la espalda a otra de ellas; y las dos restantes estaban sentadas en la mesa, dibujando sobre unos folios con Guille y otra niña a la que habían vestido como si fuera una guerrera más.
Pese a tener sólo seis años, el chiquillo parecía muy contento sobre las rodillas de una mujer despampanante y escasa de ropa que prodigaba atenciones hacia él, sin embargo, en cuanto me vio aparecer saltó del sofá y se lanzó a abrazarme como si no nos hubiéramos visto en años.
—Hola, cariño —le dije agachándome hasta su altura para poder abrazarle en condiciones yo también—. ¿Estás bien? ¿Te han tratado bien?
El chiquillo asintió y me abrazó con más fuerza, y al final tuve que cargármelo a hombros para poder incorporarme de nuevo.
—Irene, te presento al resto de las guerreras. A Rosana y Cecilia ya las conoces, la de la rueda de afilar es Ariadna, la que se está haciendo otro tatuaje, Carola, y las dos de la mesa, Tania y Lidia. La pequeña es Arancha, la hija de Lidia… ¡Ah, sí! Y él es Gorka, nuestro tatuador oficial —fue presentándome Rhiannon. Sólo el tatuador, concentrado como estaba en su labor, no me saludó de alguna manera, ya fuera con un gesto o levantando una mano—. Hermanas, os presento a Irene, una nueva compañera en la comunidad.
—Mucho gusto —dije yo—. Gracias por cuidar de Guille, de verdad.
—Ha sido un placer —respondió Tania, la guerrera sobre la que había estado el niño sentado hasta mi llegada, que se levantó de la mesa y se acercó a nosotros. Era una mujer alta, de curvas pronunciadas y, al igual que casi todas las demás, lucía una elaborada trenza en su cabello oscuro como peinado y tatuajes de motivos celtas por todas partes—. ¿Os lo lleváis ya entonces?
—Sí, a su nueva casa —confirmó Loreto—. Y será mejor que nos pongamos en marcha, tengo la tarde muy ocupada y aún hay que encargarse de la comida, el agua, la ropa y esas cosas.
—Oh, qué pena —lamentó ella haciéndole una caricia en la cara a Guille antes de volverse hacia mí—. Que sepas que para mí es un honor conocer a la persona que le voló la cabeza a ese mamonazo de Aldo. Se me revuelven las tripas sólo de pensar en tener que ver a su gente mañana en la batalla.
—No será a los únicos que veáis, yo también estaré en ella. —les aseguré.
La de Aldo no era la única cabeza que tenía pensado volar.


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