sábado, 15 de agosto de 2015

ORÍGENES: Capítulo 39: Irene



CAPÍTULO 39: IRENE


—No me gusta nada que vayas a ir a eso. —refunfuñó Ingrid, la hermana de Emilio, cuando nos reunimos a las puertas del muro que rodeaba el pueblo los que íbamos a partir para combatir a los espectros en su propia casa.
Tras una noche tranquila, en la que pude descansar en condiciones en mi nuevo hogar, que para ser una humilde casa de pueblo no estaba nada mal, tuve que dejar a Guille a su cargo hasta que estuviéramos de vuelta. Como en el antiguo mundo había sido psicóloga, ella se hacía cargo de los huérfanos de la comunidad, y Lidia, la guerrera salvaje, también dejo a su hija Arancha a su cuidado durante su ausencia.
—No digas tonterías —replicó Emilio—. Tú también deberías coger un arma y venir con nosotros, ¿verdad Irene?
A primera hora de la mañana comenzaron a repartirnos las armas con las que atacaríamos a esos seres. Oficialmente había pasado a formar parte de la milicia, de modo que recibía órdenes de Eric, el capitán de los milicianos. De sus manos recibí un rifle, una pistola y un machete… nunca había tenido tantas armas encima, y lo cierto fue que me abrumó un poco ver cómo me preparaban para participar en una guerra.
—Alguien tiene que quedarse a cuidar del fuerte. —replicó ella sonriendo con tristeza. Ingrid era una mujer alta, delgada, de rostro alargado y cabello color caoba, y al igual que Emilio, pertenecía al pequeño grupo encabezado por Dávila que originalmente fundó esa comunidad y ayudó a la creación de varias más.
—Tú te lo pierdes… bueno, será mejor que vaya a ver a Eric, por si necesita algo. Adiós, hermana, te veré a la vuelta. —dijo Emilio antes de meterse entre la multitud.
Se había juntado allí gente de las seis comunidades que Dávila controlaba en esos momentos. Ya me habían puesto al día, y sabía que llegaron a ser ocho, pero la de Mansilla de las mulas fue arrasada cuando se rebeló, y la de Villamarco estuvo formada por la gente con la que me encontré en el camino mientras trataba de huir. Los que estaban allí, sin embargo, eran todos hombres y mujeres fuertes y sanos, dispuestos a defender sus tierras duramente conquistadas a los muertos vivientes de los espectros.
Debido a que tenía otras preocupaciones en la cabeza, en ningún momento me paré a pensar en ellos como en aquel momento, cuando estaban a punto de enviarme al frente de batalla con la intención de aniquilarlos, y las dudas sobre su condición fue la propia Ingrid quien me las resolvió después de que Emilio me la presentara. Al parecer, como los espectros sólo atacaban de noche y cuando tenían superioridad, y no tenían problemas a la hora de comerse a sus propios muertos, hasta hacía bien poco no descubrieron su verdadera naturaleza, y en cuanto tuvieron esa información, Dávila se apresuró a lanzar un ataque.
—Están vivos, aunque de eso yo ya estaba convencida cuando vi cómo se comportaban —me aseguró—. No sé por qué actúan de esa manera, eso requeriría un examen psicológico concienzudo, pero ahora que tenemos más o menos controlados a los zombis, se han vuelto un auténtico problema. Atacan a la gente, a los grupos, a los batidores. Son una plaga, aunque…
—¿Aunque qué? —inquirí con curiosidad.
—Bueno, son personas vivas, ¿no? En tal caso, deberíamos ser capaces de razonar con ellos —respondió—. Pero Víctor hace tiempo que no atiende a razones… le ha encontrado el gusto a eso de matar.
Que llamara a Dávila por su nombre de pila me hizo sospechar que, al igual que pasaba con Loreto, tuvieran cierta confianza entre sí, algo que no sería de extrañar si fueron parte del mismo grupo al comienzo. Sin embargo, de ser así, estaba muy claro por la forma en la que hablaba de él que aquella cercanía se terminó tiempo atrás, y quizá no de forma amistosa. En cualquier caso, no me pareció oportuno indagar en esos temas cuando apenas nos conocíamos.
—Francamente, prefiero perdérmelo —murmuró ella mirando con aprensión cómo su hermano se perdía de vista—. La buena vida puede ser terrible. Parece que el muy cabezota no se acuerda de toda la gente que murió en los últimos meses, y ahora se embarca en algo que podría ser mucho más peligroso que todo eso.
No quise decir nada por no asustarla más, pero aquello no es que pudiera ser muy peligroso, es que iba a serlo. Yo me encontraba allí únicamente porque buscaba venganza y porque quería formar parte de esa comunidad que habían montado, que cuanto más lo pensaba, más me gustaba la idea. El futuro de nuestra especie estaba en eso, pequeñas comunidades unidas para prosperar… ya no éramos suficientes para llenar una ciudad, donde además los muertos vivientes todavía se debían contar por miles; las comunidades autosuficientes y bien protegidas eran el único camino.
—Estaremos bien —le dije a Ingrid—. Contamos con profesionales.
Los seis soldados y su furgón se encontraban al frente de la multitud. Con sus armas, y vestidos con sus uniformes, resultaban del todo imponentes, y sin duda eso pretendían para inspirar seguridad en las tropas… esperaba que sus muertes no fueran a minarles mucho la moral.
—No me hables de ellos —replicó Ingrid estremeciéndose—. Esos tipos son peores que Víctor, que ya es decir… pero no debería hablar así de él.
—No, no deberías —afirmó Eric plantándose a nuestro lado. Era un hombre de rostro atractivo y cuerpo atlético que me llamó la atención la primera vez que le vi. Con las muertes de Héctor y César creía que no quedarían chicos guapos en el mudo, pero por suerte no era así—. Ni de ellos, ni de Dávila, en especial tú.
Por algún motivo que desconocía, Ingrid se ruborizó y enmudeció, ocasión que aprovechó el hombre para volverse hacia mí.
—¿Preparada para la lucha? —me preguntó en tono afable.
—Siempre a sus órdenes, capitán —respondí—. Porque estoy bajo tu mando, ¿no? Las guerreras salvajes querían pintarme la cara como a una de ellas.
—Se supone que ellas también están bajo mi mando, pero cualquiera se lo dice… —replicó volviendo la vista hacia el estrafalario grupo de mujeres que, al margen de todos, afilaban sus armas y se pintaban la cara con motivos de guerra. Me habría gustado estar con ellas, pero teniendo en cuenta que Ingrid iba a cuidarme al niño en mi ausencia, me pareció que lo correcto era permanecer a su lado hasta llegado el momento de partir. Con la gente de esa comunidad, que me habían acogido como una más, no tenía ningún motivo para no comportarme de manera adecuada.
—Mi hermano ha ido al frente a buscarte. —dijo ella recuperándose de su silencio.
—Vaya, yo he venido aquí a buscarle a él. En fin, no importa, tiene razón, debería estar allí ya. Si me disculpáis… Irene, nos veremos en la batalla. —se despidió antes de perderse entre el mismo gentío que Emilio unos instantes antes.
La mención a la batalla me hizo sentir un escalofrío. De repente fui consciente del todo de que me dirigía a la guarida de unos individuos que se comportaban como cavernícolas para matarles o morir a sus manos, y esa perspectiva me dio un poco de miedo.
—Ahora me estoy arrepintiendo de esto… —le confesé a Ingrid.
—Por mucho que digan esas pintamonas, la guerra es cosa de hombres —afirmo ella mirando la multitud allí presente con lástima—. Sólo ellos son tan simples como para pensar que aniquilarse mutuamente es la solución a algo… y allí está el más peligroso de todos los hombres.
Dávila salió de una casa cercana seguido de dos tipos armados con fusiles. Se subió a la parte trasera del furgón militar y levantó las manos pidiendo silencio. La multitud enmudeció al ver a su líder frente a ellos, y en ese instante esperé que soltara algún tipo de arenga que nos levantara el ánimo. Sin embargo, lo único que hizo fue bajar las manos y decir una sencilla frase.
—Señoras, caballeros, nos vamos.
Y el gentío estalló ante esas cuatro palabras. Los milicianos agitaron sus armas en el aire clamando por la muerte de los espectros, las guerreras salvajes comenzaron a gritar como si hubieran caído presas de un frenesí rabioso, e incluso los que no iban a la guerra aplaudieron.
—Será mejor que me vaya, a Loreto no se le dan bien los niños y no quiero dejarla sola con ellos… buena suerte, Irene. —me deseó Ingrid, y yo se lo agradecí, porque mi guerra era doble: además de los espectros, tenía que encargarme de seis soldados del ejército, algo que prometía ser de todo menos sencillo.

La cosa no empezó bien porque el camino hacia Palencia, ciudad donde los batidores decían que los espectros tenían su escondite, lo realizamos en camiones, y eso me trajo malos recuerdos. Como si fuéramos ganado, nos tuvimos que subir en aquellos pesados vehículos y aguantar su traqueteo sobre unas carreteras llenas de porquería que no propiciaban la conducción. En mi camión íbamos trece personas, que contando al conductor y copiloto sumaban quince. Teniendo en cuenta que el convoy se componía de cuatro camiones y un par de furgonetas, debíamos ser unos sesenta sin contar a los militares, que se desplazaban en su propio furgón.
—Lo mejor de estas batallas son los saqueos —iba diciendo Isaac, uno de los milicianos de mi comunidad, con la intención de mantener el ánimo alto entre los combatientes, que al igual que yo antes, comenzaban a darse cuenta de que no se dirigían precisamente a cazar perdices al campo—. Ya sabéis cuales son las normas, ¿verdad? Lo que consigues en un saqueo, es tuyo, ya sean armas nuevas, joyas, vehículos, alcohol o lo que se os ocurra y podáis cargar.
No pude evitar preguntarme qué podíamos sacar de valor de unos seres que andaban por ahí prácticamente en taparrabos, pero preferí no decir nada por no minar los ánimos de nadie.
—¡Paramos aquí! —anunció el conductor comenzando a detener el camión unos minutos más tarde.
—¿Tan lejos? —se extrañó Isaac—. Si apenas se ve la ciudad.
—Ya no hay ciudad —respondió él, que bajó de la cabina armado con un rifle—. Los espectros la quemaron hasta los cimientos.
Tenía razón, por supuesto. Sólo había visitado Palencia una vez, cuando fui a visitar a mi novio del instituto que se mudó allí, así que no recordaba del todo cómo era antes, pero lo único que quedaba de ella era una mancha negra llena de ruinas carbonizadas que antaño fueron edificios. El motivo por el que los espectros habían decidido hacer aquello escapaba a mi comprensión.
—Los batidores determinaron que los espectros tienen su base en la zona norte del polígono industrial, la única parte de la ciudad que no se ha quemado. Concretamente en la que fue una zona segura —nos indicó Dávila cuando todos nos reunimos a su alrededor para recibir órdenes—. Nos superan en número por mucho, pero táctica y armamentísticamente son ridículamente inferiores. El plan, por tanto, es sencillo: entraremos desde el sur y realizaremos un barrido que les extermine por completo.
—¡Que nadie se separe de su grupo! —exclamó Fidel, el sargento que, en ausencia de Aldo, dirigía a los militares—. ¡A por ellos!
Me dolió en el alma tener que seguir sus órdenes, pero no me quedaba más remedio que hacerlo. No tuve la oportunidad tampoco de cruzar una mísera mirada con Dávila, y fue mejor así, porque una vez allí no las tenía todas conmigo respecto a si iba a conseguir lo que acordamos… de hecho, ni siquiera sabía si lograría salir viva de aquello.
El terreno despejado de las afueras de la ciudad se convirtió en suelo asfaltado y naves industriales por todas partes antes de que pudiera hacerme a la idea de que la guerra comenzaba… y nuestros enemigos no me lo pusieron más fácil cuando también se apresuraron a dar la cara.
Nunca había visto a un espectro, al menos no a plena luz del sol, y de no haber sabido que eran personas vivas, les habría confundido con algún tipo de muerto viviente, tal y como había estado ocurriendo hasta hacía bien poco. Con sus rostros cubiertos de carne de muerto conseguían que pareciera que las descompuestas eran sus propias caras, y la piel llena de hollín no dejaba ver a simple vista si su piel se había podrido como la de un resucitado normal; además, la ropa hecha jirones que vestían podía ser la de cualquier muerto viviente.
—¡Allí! —exclamó alguien cuando un grupo de unos diez apareció por la calzada, y el estruendo de los disparos inundo toda la calle en un abrir y cerrar de ojos.
Al menos seis de ellos fueron abatidos al instante, y otro más cuando intentaba huir. El resto, sin embargo, alcanzó a meterse por otra calle y escapar. Algunos hicieron un ademán de ir tras ellos, pero se detuvieron cuando aquello resultó ser una emboscada y alrededor de veinte espectros aparecieron sobre los tejados de las naves industriales.
Todo sucedió tan rápido que apenas tuve tiempo para reaccionar, y cuando quise hacerme la idea, aquellos seres comenzaron a lanzarnos cosas desde su posición elevada. Vi cómo a una mujer una piedra del tamaño de un coco le rompía la cabeza, y a un hombre le alcanzaron con un cuchillo en el pecho… no obstante, fueron los espectros quienes se llevaron la peor parte, porque los disparos los diezmaron con la facilidad que Dávila prometió.
—¡Dad un rodeo, subid ahí y liquidad a esos payasos! —ordeno a un grupito de seis personas que se encontraba a mi lado. Cuando vi que Marcos, uno de los soldados, fue quien les encabezó en esa misión, decidí unirme a ellos y separarme del grupo principal… no debía olvidarme de que mi trabajo allí no tenía nada que ver con los espectros, sino con los militares.
Corriendo para escapar de las cosas que esos monstruos arrojaban, retrocedimos hasta poder rodear la nave y llegar a la parte trasera de la misma. Allí también nos esperaban varios de ellos, pero tras abrir fuego y matar a tres, los demás comenzaron a huir.
—¿A qué esperáis? ¡Subid y acabad con esos hijos de puta! —exclamó Marcos señalando unas escaleras de emergencia que llevaban al tejado de la nave.
Los seis se apresuraron a obedecer y se lanzaron hacia la escalera, y yo les seguí también, pero cuando pasé junto al soldado, éste me agarró de un brazo y me obligó a volverme hacia él.
—¿A dónde te crees que vas? —me espetó apretando los dientes con rabia. De un manotazo hizo que mi rifle cayera al suelo, y entonces me agarró de la pechera de la camisa y comenzó a zarandearme—. Debes ser más estúpida de lo que pensaba apartándote de las faldas de esas marimachos.
—A lo mejor es que no te tengo miedo. —le dije sin dejarme amedrentar.
—Pues me parece que deberías —exclamó antes de empotrarme contra la pared, en la mano tenía un puñal, y me lo puso en el mentón—. Nada me complacería más que ajustarte las cuentas por lo que le hiciste a Aldo.
—¿Nada te complacería más? —respondí sonriendo—. ¿Ni siquiera hacer conmigo lo que tu amigo Aldo me hizo?
—¿Qué? —replicó frunciendo el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Es que eres un marica? —le espeté con la intención de provocarle… y lo conseguí, porque me cruzó la cara de un guantazo tan fuerte que por poco me tira al suelo, aunque sirvió para que me soltara de una vez y apartara el cuchillo de mi cuello.
—Encima cachondeo… ahora vas a saber lo que es bueno, zorra —musitó tirando el puñal al suelo y apretando los puños dispuesto a darme una paliza allí mismo, entre disparos y ataques de espectros—. ¡Te vas a reír de tu puta madre!
Se lanzó sobre mí creyendo que yo seguía aturdida por el golpe, pero cuando le tuve encima mi puñal se clavó en su estómago hasta la empuñadura, y en cuanto percibió el frío acero adentrándose en su carne perdió las ganas de golpear a nadie.
—He matado a tipos mucho mejores que tú. —le susurré sacando el arma de sus entrañas y volviéndolo a clavar. Sentía la mano tibia y húmeda por culpa de la sangre que manaba a borbotones de su herida.
Los demás debían encontrarse ya sobre el tejado dando cuenta de los espectros… no tenía ningún testigo, de modo que saqué el cuchillo de nuevo de sus tripas y de un golpe le tumbé en el suelo, luego me eché sobre él, que tenía la boca llena de sangre y trataba de palparse las dos profundas heridas que le había provocado, y se la tapé con una mano para que no me delatara de un grito.
—Esto de parte de Dávila. —dije antes de cortarle el cuello.
Tras deleitarme contemplando su muerte, me aseguré de que no fuera a volver como muerto viviente y luego limpié el cuchillo en su ropa, le quité los cargadores de las armas y me incorporé dispuesta a regresar con el grupo principal. Los demás seguían arriba, no sabía si asegurando la posición desde lo alto, todavía luchando o habiendo sucumbido ante los espectros, pero no me molesté en comprobarlo… todavía tenía trabajo que hacer.
Seguí hacia delante, en dirección al lugar donde escuchaba los disparos, y salí hacia la calle por la que habíamos llegado en el siguiente cruce. El suelo estaba lleno de casquillos de bala, manchas de sangre y cuerpos de espectros, pero también había por lo menos cuatro de los nuestros caídos. El grueso del ejército seguía avanzando lentamente hacia el norte, dejando a su paso un reguero de cadáveres, mientras los compañeros que subieron al techo de la nave mantenían la posición y daban cuenta desde lo alto de los enemigos solitarios que intentaban escapar.
Me apresuré en alcanzar a los demás y regresar a la batalla, y a la altura de la siguiente calle, me encontré con que los espectros habían levantado una barricada con algunos coches volcados, barriles metálicos y neumáticos. No disponían de armas de fuego, pero protegidos de las nuestras tras ella lanzaban piedras y cuchillos contra nosotros con asombrosa destreza.
—¿De dónde vienes tú? —me preguntó Eric, el capitán de los milicianos, desde su posición segura en la parte trasera de un camión, donde me metí yo también para no exponerme.
—De tomar el tejado —le expliqué—. Nos encontramos algunos espectros, pero dimos cuenta de ellos y vine aquí porque parece que necesitáis más ayuda.
—¿Ayuda? No, las guerreras salvajes se encargan de esto —respondió él con una sonrisita. Acto seguido, se escucharon los característicos gritos de guerra de aquel grupo de mujeres, y los espectros detuvieron su ataque—. ¡Ahora! ¡A por ellos!
Todos a una, salieron de los escondites y cargaron contra la barricada, tras la cual se producía un combate cuerpo a cuerpo entre las pintorescas guerreras y los espectros, batalla que éstos perdieron de calle. Cuando llegamos hasta allí, la mayoría o habían muerto o se habían dispersado, y el suelo estaba lleno de miembros cercenados por las grotescas armas que empleaban.
—Demasiado fácil. —exclamó Rhiannon agitando su enorme espada y salpicando sangre por todas partes. A mí, sin embargo, me llamó más la atención seguir escuchando disparos a lo lejos.
—¿Qué es eso? —le pregunté a Eric mientras sus hombres se encargaban de abatir a tiros a los espectros que se batían en retirada.
—Dávila y los demás están luchando al frente —contestó—. Con esto despejado, deberíamos ir con ellos, nos hemos retrasado demasiado ya por culpa de la dichosa barricada.
—¡Ya habéis oído, hermanas, esto está lejos de haber acabado! —rugió Rhiannon a las suyas, que dando gritos y agitando sus armas se lanzaron en dirección a los disparos.
Encontramos a Dávila y el resto del grupo, entre los que estaban también los militares restantes, en una enorme nave industrial, donde la batalla se volvía encarnizada por momentos debido a todos los espectros que entraban por el otro lado, y también a que en un espacio más limitado las armas de fuego perdían eficacia. Tres hombres más habían caído, aunque conté por lo menos diez veces ese número en espectros muertos, y en cuanto llegamos nosotros, comenzaron a acosarnos también desde fuera.
—¡Esos son nuestros! —exclamó Rhiannon liderando una carga de las guerras salvajes contra ellos. Yo, sin embargo, me dirigí con los demás milicianos al interior de la nave, y con mi rifle les apoyé cuando se unieron a la batalla.
Con la potencia de fuego que juntamos entre todos, rechazamos a esas bestias humanas teñidas de negro con suma facilidad… Dávila tenía razón, nos superaban por mucho en número, pero contra un grupo bien armado no tenían nada que hacer.
—¡Cerrad esa entrada! —ordenó cuando la nave quedó despejada, y de inmediato cuatro de sus hombres se apresuraron a obedecer y bajaron una pesada persiana que bloqueó el paso por completo—. Aseguraremos esta zona antes de seguir, que los rezagados comiencen a avanzar desde atrás… y atended a los heridos.
Además de cuatro muertos, el ataque habría provocado algunos heridos, y Bruno, el médico de la unidad militar, y miembro de mi lista también, se encargó de atenderles. Oriol se quedó con él para proteger el lugar mientras él estaba ocupado, y sabiendo que seguramente sus intenciones hacia mí serían tan malas como las de Marcos, salí con el resto de milicianos tratando de no llamar su atención.
Nos cruzamos en la puerta con las guerreras salvajes, que manchadas de sangre de cabeza a pies ayudaban a Rhiannon a llegar a la nave. La mujer había recibido un corte en una pierna y apenas podía caminar.
—¿Qué ha pasado? —les pregunté preocupada.
—Uno de esos monstruos cobardes le atacó con un cuchillo —me explicó Rosana—. Pero no es nada.
—¡Estoy bien! —decía también la propia herida—. No me voy a morir por un corte… tenéis que seguir la lucha, esto no ha acabado todavía.
—¡Ya habéis oído, hermanas! ¡A la batalla! —exclamó Rosana alzando un hacha enorme y lanzándose de vuelta a la refriega.
Con las guerreras salvajes fuera, Bruno se acercó para ayudar a Rhiannon a entrar en la nave y poder tratar su herida.
—Será mejor que vayamos a ayudar a Dávila. —dijo Eric haciéndonos a los milicianos un gesto para que le siguiéramos.
Todos se pusieron en marcha sin dudar, pero cuando apenas me había alejado veinte metros, me dio por pensar que quizá esa era una buena oportunidad para continuar con mi venganza. Tenía a dos militares metidos en un edificio con tan sólo cinco heridos por medio… tal vez no se me presentara una oportunidad mejor nunca.
Me fui retrasando hasta dejar que el resto de milicianos me adelantara, y cuando me vi sola, di la vuelta y regresé rápidamente a la nave. Al entrar, sin embargo, me encontré con tan sólo los cuatro heridos tumbados en el suelo, pero ni rastro de Bruno, Oriol o Rhiannon.
—¿Dónde está el médico? —le pregunté a uno de ellos, un hombre barbudo que había recibido una cuchillada en un brazo.
—Ha salido a ayudar a Rhiannon con nosequé, al parecer está grave. —respondió él sin prestarme mucha atención, pendiente como estaba de que su herida dejara de sangrar.
Tuve un mal presentimiento cuando vi la persiana metálica que los hombres de Dávila habían bajado subida de nuevo, y sin pensármelo un segundo, me dirigí hacia allí corriendo, temiéndome lo peor.
Los encontré a los tres en el suelo, junto a la mismísima entrada. Rhiannon yacía tumbada boca arriba, con Oriol sujetándole las piernas para inmovilizarla mientras Bruno, apoyando las rodillas sobre un brazo y sujetándole el otro, empleaba la mano libre en tratar de asfixiarla agarrándola del cuello.
“Esto debe ser como matar tres pájaros de un tiro” me dije cambiado el rifle por el puñal.
—¿Creías que tú y tu grupo de putillas disfrazadas podíais joder con nosotros? —decía el médico mientras la cara de la mujer se ponía cada vez más roja.
—Debimos follárnosla antes de matarla —exclamó Oriol con entusiasmo—. Eso le habría encantado, ¿verdad?
—¡Nadie nos la juega y sigue con vida! Ni tú, ni la zorra esa a la que protegéis, que es la siguiente en la lista. —le espetó Bruno.
—Discrepo en ambas cosas. —repliqué yo. Concentrados en su intento de asesinato, ni siquiera me vieron acercarme, y para cuando ambos levantaron la cabeza alarmados, yo ya me encontraba tras Bruno, que apenas alcanzó a soltar el cuello de Rhiannon antes de que le agarrara del pelo y le rebanara el pescuezo.
Oriol dio un paso atrás espantado mientras la guerrera salvaje, por fin libre, tomaba aire desesperada. Como en forma física sin duda me ganaba, me lancé contra el soldado antes de que pudiera reaccionar, pero no alcancé a clavarle el puñal porque él interpuso su mano y me agarró de la muñeca.
—Debí matarte en cuanto vi lo que le habías hecho a Aldo. —me dijo comenzando a forcejear conmigo en un intento de arrebatarme el cuchillo.
—Debí matarte en cuanto entraste por la puerta, después de que le volara la cabeza a tu jefe… las dos. —repliqué yo, que tenía que esforzarme al máximo para evitar que ese desgraciado lograra inmovilizarme y las tornas se cambiasen.
—¿Te gustó meterte su polla en la boca una última vez? —preguntó para provocarme… era más fuerte que yo, y poco a poco me estaba ganando la partida. Al final, sin que pudiera evitarlo, el cuchillo acabó saltando de mis manos y quedó en las suyas, que con una sonrisa perversa lo levantó en el aire dispuesto a asestarme una puñalada mortal—. O a lo mejor te gustó más que te la metiera por el culo… cuando le veas en el infierno, dale recuerdos de mi parte.
Indefensa y a su merced, entrecerré los ojos para no ver cómo me mataba, pero en una décima de segundo hubo un destello de luz, y la mano con el puñal aún agarrado voló por los aires en un baño de sangre hasta caer a unos centímetros de mi cabeza.
—Chico, no sabes hasta qué punto la has cagado. —dijo Rhiannon, espada en mano, negando con la cabeza casi con lástima mientras Oriol contemplaba con horror el muñón que había quedado donde antes tenía una mano.
No tardó en comenzar a gritar, y aproveché la ocasión para apartarme de él y recuperar el cuchillo. Cuando hizo un ademán de ir a moverse, la guerrera lanzó un poderoso tajo y su cabeza saltó a un lado, cayendo luego su cuerpo muerto al suelo.
Durante un instante se hizo el silencio. Ella contemplaba satisfecha el resultado de su golpe, Bruno sufría los últimos estertores antes de morir desangrado y yo trataba de recuperarme del susto… había faltado muy poco para que fracasara.
—Creo que te debo una. —afirmó Rhiannon tendiéndome una mano para ayudarme a levantarme.
—No me debes nada, ¿no era así la cosa? —repliqué yo aceptándola y sacudiéndome el polvo de la ropa una vez en pie—.Además, tú acabas de salvarme también. ¿Necesitas ayuda? Deberíamos volver dentro.
La herida que tenía en la pierna no dejaba de sangrar, pero a ella no parecía importarle. No sabía si había más médicos entre los nuestros, aunque imaginé que alguien podría hacerle al menos una cura de urgencia.
—Ve entrando tú, yo tengo algo que hacer antes. —exclamó arrodillándose junto al cadáver decapitado de Oriol y desenfundando su puñal. Yo, por mi parte, enfundé el mío y regresé al interior de la nave, con los heridos.
—¿Viene el médico o qué? —protestó el barbudo, cuyo corte no había dejado de sangrar.
—Ahora está atendiendo a un herido grave, pero le pediré a alguien que venga. —les dije mientras me dirigía hacia la otra entrada, intentando ocultar mi satisfacción. Tres habían muerto ya, sólo faltaban otros tres: Fidel, Koldo y Gabriel.
Muchos disparos todavía se escuchaban a lo lejos. Al parecer, los espectros tenían tan poco aprecio a sus vidas como los muertos vivientes, porque no cesaban en su ataque pese a la masacre que estaban sufriendo.
Un grupo de seis personas se acercó corriendo armas en mano. Entre ellos se encontraba Emilio, pero también los otros tres soldados, y debido a ello agaché la cabeza con la intención de que en un principio pasaran de largo. Sin Rhiannon y sin Dávila no tenía protectores allí, nadie me aseguraba que no iban a llevarme a un lugar apartado y matarme, como habían intentado hacer con ella.
Sin embargo, Emilio sí me reconoció, y en cuanto lo hizo se separó del grupo y se acercó a mí, aunque por suerte nadie le prestó atención.
—Dávila nos ha mandado en una avanzadilla para atacar la zona este, ¿vienes con nosotros? —me preguntó con urgencia.
Dado mi papel secundario en esa guerra, y el peligro de separarme demasiado, mi respuesta habría sido que no… pero mis víctimas estaban allí, las tres juntas, de modo que no podía rechazarlo.
—Te sigo. —le dije descolgándome el rifle de la espalda, y juntos nos apresuramos en alcanzar a los otros cinco, que como parecían tener mucha prisa en llegar hacia dónde demonios estuviéramos yendo, ninguno de los tres soldados se dio cuenta de que la víbora acababa de meterse en su nido.
El objetivo resultó ser un conjunto de tres naves industriales que se encontraban una pegada a la otra a lo largo de una calle. Vimos algunos espectros correr de un lado para otro, pero pudimos rechazarlos a tiros sin mucha dificultad, e incluso maté a uno al acertarle casi por casualidad con un disparo.
—Tomaremos estas naves y les daremos un paso seguro a los demás. —nos indicó Fidel.
Procuré mantener la mirada gacha y no mostrarme mucho para que no me reconocieran. Teniendo en cuenta que ese día me había lavado y cambiado de ropa y de peinado, sin contar con que en el fragor de la batalla en lo último que se fijaba alguien era en esas cosas, tampoco me resultó tan difícil pasar desapercibida.
Los tres soldados se encargaron de abrir la puerta de la primera nave… y lo que encontramos dentro fue una auténtica imagen de pesadilla: por lo menos dos docenas de cuerpos humanos colgaban de ganchos en el techo como si fueran reses en un matadero, y todos habían sido decapitados, despiezados, despellejados y vaciados por dentro.
—¡Joder! —exclamó Emilio con la voz tomada por la impresión y los ojos como platos.
—Listos para llevar a la carnicería. —dijo Fidel con ironía mientras los demás tratábamos de sobreponernos a aquel horror. De todas las cosas que había tenido que presenciar desde que los muertos vivientes llegaron al mundo, aquella debía ser de las peores, y el listón estaba ya muy alto a esas alturas.
Los espectros, como si reaccionan a la invasión de sus reservas de comida, comenzaron a aparecer desde las dos esquinas de la calle con intenciones hostiles.
—¡Seguid adelante! —ordenó Koldo colocando su fusil en modo automático—. Se van a cagar estos cabrones caníbales…
Acto seguido, los tres soldados comenzaron a abrir fuego para rechazarles, y durante un instante me quedé paralizada contemplando la masacre que provocaron.
—¡Venga, sigamos! —exclamó Emilio tirando de mí, que salí de mi ensimismamiento y corrí con él y los otros dos milicianos a abrir camino mientras nuestros enemigos estaban distraídos.
Con los tres soldados juntos y sus armas en mano no vi el modo de terminar mi trabajo en ese momento, así que no me importó perderles de vista por un instante. Ya se me presentaría una oportunidad mejor más adelante, sólo debía tener paciencia.
Emilio, los milicianos y yo atravesamos la nave llena de cuerpos humanos y salimos al otro lado, donde entre los cuatro rechazamos a otro grupo de espectros que acudía al sonido de los disparos. El siguiente edificio tenía únicamente una pequeña puerta como entrada desde nuestro lado, de modo que nos dirigimos a ella, pero antes de lograr forzarla, un nuevo grupo de unos quince espectros apareció doblando la esquina, provocando el comienzo de otro tiroteo.
Para nuestra desgracia, en aquella ocasión ellos no estaban expuestos, sino que disponían de un par de contenedores industriales tras los que cubrirse, de modo que nos obligaron a gastar un tiempo precioso en ellos que no sabía si teníamos. Los disparos seguían escuchándose por todas partes, tanto donde dejamos a los militares como donde quedaron Dávila y los demás.
—¡Abre la puerta y mira qué hay dentro! —me gritó Emilio mientras mantenía a los espectros a raya junto con los otros milicianos—. ¡Como se nos acaben las balas, tendremos que refugiarnos dentro hasta que llegue ayuda!
Tenía razón, de modo que empleé mi siguiente disparo en cargarme la cerradura de la puerta, y con una patada la abrí, adentrándome acto seguido al interior de la nave para asegurarme de que estaba limpio.
Había esperado otra cámara como la anterior, llena de cuerpos humanos listos para cocinar, pero aquella resultó mucho peor si cabía. Con el aspecto de ser una cuadra, o un lugar donde guardar las reses antes de matarlas, en esa nave era donde los espectros guardaban a las personas vivas que querían comerse. Las tenían hacinadas en cubículos, atadas y amordazadas, y al otro lado de la nave había una tabla ensangrentada que debían utilizar para sacrificarlas y despiezarlas… era vomitivo.
Olvidándome por un momento de la guerra que sucedía fuera, me acerqué al cubículo más cercano, donde una mujer pataleaba contra la puerta metálica del mismo, tal vez intentando liberarse.
—Tranquilos, ya voy. —dije cargando mi arma a la espalda antes de abrir de un tirón la portezuela.
En él, los espectros tenían atrapadas a cinco personas, en concreto a tres mujeres, una de ellas boca abajo inconsciente, un hombre con una herida en una pierna y una niña también inconsciente.
—¡Joder! ¡Gracias! —exclamó la mujer que pataleaba, la mayor de las dos a las que había visto la cara, cuando le quité la mordaza y comencé a deshacer los nudos de sus manos—. ¿Qué está pasando ahí fuera?
—Mi gente ataca a los espectros —le expliqué. Una vez liberada de manos, dejé que ella misma se soltara los pies y repetí el proceso con la otra mujer consciente, que tenía lágrimas en los ojos de puro miedo… después de lo que había viso en la otra nave, no era para menos—. Ya estáis a salvo.
En cuanto se liberó los pies, corrió a soltar al hombre herido, un muchacho joven con pinta de macarrilla y que parecía tan asustado como la chica. Después hice lo propio con la mujer restante, la que seguía inconsciente.
—¿Estás bien? —le pregunté antes de girarla por si en realidad estaba despierta… pero en cuanto le vi la cara, me quedé completamente helada.
Ella parpadeó confusa mientras yo no podía hacer otra cosa que mirarla. Era imposible que fuera ella, sencillamente imposible… ¿qué podía estar haciendo Judit entre las víctimas de los espectros? Sintiendo cómo las manos me temblaban, me aparté de ella y me acerqué a la niña, a quien ya habían desatado y que parecía estar recobrando también la consciencia. Tenía el terrible presentimiento de que ese pelo tan rojo lo conocía, y al girarla y arrancarle la mordaza lo confirmé: era la hija de Maite.
Durante un segundo la respiración se me cortó, y cuando la niña me reconoció también y se me quedó mirando con los ojos muy abiertos, sólo se me ocurrió agarrarla y levantarla del suelo para cerrarle la boca y que no me delatara, gesto que me valió una mirada de incomprensión por parte de la primera mujer a la que liberé.
—¡No! —grito una voz que desearía no haber escuchado nunca—. ¡No!
—¡Joder! —gimió alguien cuando volví la vista hacia la entrada principal de la nave, donde un grupo de siete personas, algunas de las cuales conocía de un pasado remoto, apareció… pero yo sólo tenía ojos para la que les encabezaba, porque se trataba de mi mayor fantasma.
—¡Mamá! —exclamó una chica de su grupo, uno de los rostros que la acompañaban y no conocía de nada.
Tan aturdida me sentí al ver de nuevo a Maite que no supe reaccionar. De no haber sido tan estúpida como para confundirla con el fantasma que me atacó en la montaña, tal vez hubiera podido desenfundar mi puñal y acabar con ella en el instante en que, presa de la ira, se lanzó contra mí. No obstante, pese a mi tardía reacción, la forma de compensarla se me presentó cuando por la puerta comenzaron a entrar Emilio y los otros dos milicianos, momento en que lancé a la niña hacia ellos.
Maite cayó sobre mí propinándome un golpe tremendo. La muy hija de puta tenía buen aspecto, no parecía haber pasado demasiadas penurias últimamente, e incluso su ropa estaba limpia… pero tenía algo raro en el ojo, como una marca roja producto de una herida. Sin dudarlo un segundo, y tras haber comprobado después del primer golpe que aquello no era una alucinación, lancé un puñetazo contra su ojo que pareció dolerle. Aquel rifirrafe, sin embargo, no duró demasiado, porque tanto su grupo como el mío se encañonó mutuamente con sus respectivas armas de fuego.
Maite, al ver que un confundido Emilio agarraba a Clara, se recuperó rápidamente del golpe que le acababa de dar y me endiñó uno a mí directo a la mandíbula que me dejó mareada durante un instante. Aprovechó ese momento para pasarme un brazo por el cuello y ponerme la punta de un cuchillo en él. Yo, sabiendo que no podría escapar de eso, y que ella no dudaría en rajarme la garganta si era preciso, dejé de resistirme.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Emilio, que mantenía a la niña bien sujeta pese a que ésta intentaba escaparse, al tiempo que les apuntaba con el rifle.
—Eh, tranquilito, muchacho. —le advirtió un hombretón robusto del grupo de Maite que portaba un fusil de asalto militar. La mujer que le acompañaba también tenía uno, igual que otro hombre que me sonaba vagamente, pero que no supe identificar.
—Devolvedme a mi hija y os devolveré a esta zorra. —les ofreció Maite.
Emilio fue a decir algo, pero en ese momento los tres soldados de mi grupo llegaron también, y al ver lo que estaba ocurriendo se unieron a las amenazas sumando sus armas a nuestro bando. Eso, por supuesto, provocó que la gente de Maite les encañonara con mayor ímpetu.
—¿De qué diablos va todo esto? —preguntó Fidel.
—No va de nada —respondió Maite con dureza—. Tenemos a una de los vuestros y vosotros tenéis a una de los nuestros. Los intercambiaremos y cada uno se marchará por su camino.
—¿Esa puta de los nuestros? —replicó Gabriel lanzándome una mirada desdeñosa. Al final me habían reconocido—. Cárgatela si quieres, de lo contrario, tendremos que hacerlo nosotros… la niña seguro que nos es más útil.
—¿Pero qué coño estás diciendo? —exclamó Emilio anonadado.
—De aquí no se va a mover nadie hasta que hagamos el intercambio, hijo —afirmó el tipo musculoso del grupo de Maite. La gente que yo había rescatado, y que debían ser de los suyos también, tan sólo se quedó mirando desde el cubículo con cierta aprensión. Desarmados como estaban no podían hacer otra cosa—. De lo contrario, esto podría acabar en un tiroteo que nadie quiere, ¿no es cierto?
El tiempo jugaba en nuestro favor. Dávila y los demás no tardarían en llegar, y esos cuatro capullos estarían acabados entonces… pero enseguida me di cuenta de que ellos no tenían ningún motivo para querer alargar aquello, había gente muriendo en la guerra con los espectros, y la vida de Clara les importaba una mierda.
—La niña y ella comenzarán a caminar hacia delante al mismo tiempo —determinó Emilio, que parecía haber visto muchas películas de intercambio de rehenes—. No habrá disparos por parte de nadie, y luego todos nos marcharemos por nuestro lado, ¿entendido?
—Entendido —afirmó el hombretón—. ¿Maite?
—Entendido. —dijo ella también tras pensárselo durante un segundo. Tenía ganas de rajarme el cuello, podía sentirlo en su pulso, en su aliento… y de no haber sido porque era el mío, la habría provocado para que lo hiciera. Así, con suerte, alguien la mataría.
—Cómo queráis —rezongó Fidel—. Así me daré el placer de matar yo mismo a esa puta más tarde.
—Parece que se te sigue dando igual de bien hacer amigos —me susurró Maite mientras ambas nos poníamos en pie—. Como se te ocurra hacer un gesto en falso, será tu cabeza la primera en ser atravesada por una bala.
Me abstuve de contestar porque no había nada que pudiera decir a la altura de lo que sentía. Tener a Maite otra vez delante era demasiado para mí, como una broma de muy mal gusto, y encimar escuchar cómo me amenazaba… ¿quién se había creído que era esa hija de puta?
Comencé a caminar hacia mi grupo al mismo tiempo que Clara, que con lágrimas en los ojos contenía bastante bien las ganas que tenía de echar a correr hacia los brazos de su madre. Cuando nos cruzamos, me dirigió tal mirada de temor que no pude evitar sentir un arrebato de ira. ¿Se podía saber qué le había hecho yo a esa niña para que me mirara así? Su madre la había envenenado contra mí, sin duda, y si se lo permitía, lo haría también con Emilio y los demás, que todavía no sabían cómo era en realidad.
Cuando llegué junto a mi grupo, lo hice completamente cegada por la ira. Aquello no podía acabar así, de manera pacífica; había demasiada sangre, demasiado dolor entre Maite y yo, y no soportaba que ella pareciera estar tan bien después de lo que había tenido que pasar yo en el bosque, cuando vi morir a los hermanos, o cuando me capturaron y violaron durante tres días… tenía que equilibrar las cuentas, tenía que hacerle sufrir igual que había sufrido yo por su culpa.
Desenfundé la pistola y me giré hacia ella con el arma en la mano, apuntando a la espalda de Clara, que ya estiraba los brazos hacia su madre para abrazarla. Si mataba a su hija, le causaría más dolor a Maite del que podría sentir jamás, así que, ignorando las miradas de alarma de su gente, y las de sorpresa del mío al verme de repente con un arma, apreté el gatillo.
—¡No! —exclamó la mujer de mayor edad que liberé en el cubículo lanzándose a la desesperada contra la niña.
Logró apartarla de la trayectoria de la bala con un empujón que la lanzó al suelo, pero ésta, en lugar de acertar en la cabeza de Clara, acabó en el estómago de aquella zorra que ni siquiera conocía, y que por tanto su vida o muerte no me importaban nada.
Lo que siguió después fue la locura más absoluta. Vi a uno de los milicianos caer hacia atrás cuando una bala le impactó en la cabeza, a Clara y a Maite lanzarse juntas a un lado para escapar del fuego cruzado, a la mujer suicida caer al suelo con sangre brotándole del estómago y a Gabriel siendo abatido por al menos tres balazos que le acertaron en el pecho.
Viéndome a mí misma en mitad de un tiroteo potencialmente mortal, me lancé a toda prisa hacia la puerta para huir de allí, y no fui la única que lo hizo. Los militares restantes sabían cuándo una batalla no se podía ganar, y después de haber perdido la iniciativa en el tiroteo, su única escapatoria era poner tierra por medio. Emilio salió también tras ellos, pero el otro miliciano fue tiroteado antes de llegar a la puerta.
Corrí para alejarme de la muerte, aunque también para hacerlo de mis fantasmas. Encontrar a Maite allí no había sido una casualidad, sino un castigo, el castigo definitivo que la montaña, incluso ausente, me tenía reservado por haberla ignorado y haber comenzado esa vendetta personal contra los militares. Mi castigo consistente en sufrir las vejaciones que me tenía reservadas Aldo no pudo concluirse, y para empeorarlo todo, yo había respondido matando de nuevo, así que ahora me lo hacía pagar devolviendo a Maite a mi vida.
Pero yo ya no aceptaba esa justicia. No desde que me arrebató la paz matando a Héctor, César y Marga, no cuando me había hecho pagar de forma terrible esas muertes, incluso después de comprometerme a cuidar de Guille… y mucho menos si Maite volvía a entrar en la ecuación.
—¡Eh! —me llamó en voz en grito Fidel cuando nos alejamos lo suficiente de la nave industrial como para considerar que estábamos a salvo—. ¡Eh, tú! ¿Qué coño te crees que estás haciendo? ¡Has hecho que maten a Gabi!
No tenía fuerzas para soportar a ese imbécil, no después de lo que acababa de ocurrir…
—¡Hablo contigo, pedazo de zorra! —me espetó agarrándome del brazo y girándome para tenerme cara a cara, pero con lo que se encontró fue con mi pistola encañonándole—. ¿Qué…?
Fueron dos disparos a quemarropa, y su cuerpo aún estaba cayendo al suelo cuando yo ya tenía en la mira a Koldo, el último soldado, que alarmado intentó apuntarme con su fusil.
El disparo que le atravesó la cabeza le hizo caer hacia atrás y soltar el arma de las manos.
—¿Qué has hecho? —exclamó Emilio consternado mirando los cuerpos caídos de los dos militares con los ojos como platos… mi trabajo estaba completado.
—Sobrevivir —contesté apuntándole también con el arma—. Lo siento, no puedo dejar testigos de esto.
No tenía ninguna oportunidad, pero aun así, tardó demasiado en reaccionar, y antes de que pudiera sujetar su rifle de la forma correcta ya le había disparado dos veces en el pecho.
Después de matarle me quedé allí, contemplando los cuerpos sin vida de los tres hombres mientras de fondo escuchaba el sonido de las armas de fuego que la gente de Dávila, en adelante mi gente, empleaba contra los dichosos espectros. Nada de eso me importaba lo más mínimo, mi mente estaba ocupada por completo en mí, en mi venganza cumplida y en qué posición me dejaba eso.
No me sentía mejor con respecto a la humillación y las vejaciones sufridas por haber acabado con las vidas de todos los que las presenciaron, cabía la posibilidad de que jamás lo hiciera, pero yo no era una víctima en el asqueroso mundo que los muertos viviente habían dejado tras su paso… yo era fuerte, y superaría esos sentimientos igual que había superado todas las pruebas que hasta entonces se me habían presentado.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Eric unos minutos más tarde, cuando las tropas de Dávila llegaron por fin hasta mi posición y el cabecilla de los milicianos se encontró con los cuerpos en el suelo. Junto a él venían como diez hombres más, acompañados de Rhiannon y tres guerreras salvajes. Ella llevaba en el cuello un sangriento collar que, o mucho me equivocaba, o eran dos testículos recién cortados lo que colgaban de él.
Al ver el cuerpo de Emilio, Rhiannon se agachó a su lado a comprobar si seguía vivo, y cuando vio que no era así, le cerró los ojos.
—A Ingrid esto la va a destrozar… —murmuró Eric afectado antes de volverse hacia mí—. Pero, ¿qué ha pasado?
—Había otra gente —respondí para que todos pudieran escucharme—. Ellos nos dispararon y les mataron, mataron también a tres más dentro de la nave.
—¿Gente? —inquirió el capitán de los milicianos—. ¿Gente armada? ¿De alguna comunidad?
—De alguna comunidad, sin duda. —Iban todos demasiado limpios como para pensar que seguían viviendo de manera nómada. Maite debía haber encontrado el refugio que tanto ansiaba… ojalá los dientes de un resucitado la hubieran encontrado a ella antes—. Y armados. Todos iban bien armados.
—Dávila debe saber esto —afirmó Rhiannon poniendo una mano sobre la frente del cadáver de Emilio—. Si hay otra comunidad por aquí cerca, sin duda querrá conocerla.
“Eso espero” pensé, “eso espero…”


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